Me parece regio que celebremos a autoras contemporáneas. Me parece fantástico, la verdad. Pero me preocupa, me causa cierta picazón en la piel la pregunta que tenemos que exigirnos con esas celebraciones: ¿por qué seguimos contando historias como si antes de ellas no hubiera escrito ninguna otra mujer?

Qué manera de aparecer las mujeres. Aparecemos en la literatura, irrumpimos en la política, conquistamos espacios. Estamos, a pasos un poco más grandes, corriendo más la vara de tope. Nos estamos apropiando lugares, cargos, noticias. Estamos, cada vez más, en la quemá. De a poco, pienso, nos estamos sacando la idea de estar esperando detrás de una cortina, listas para salir cuando alguien decida que llegó nuestro momento. El «ahí estamos, por fin. Qué suerte que nos vieron», ya no correo tanto. A punta de codazos avanzamos.
Eso sí, me pasa algo con ese entusiasmo. En la literatura, por ejemplo, me alegra descubrir libros escritos por mujeres, que circulen, que se recomienden. Los termino de leer y quedo satisfecha, orgullosa de mi género. Me interesa lo que están haciendo con el lenguaje, los lugares desde los que escriben, las incomodidades que dejan abiertas. Sobre todo, con autoras Latinoamericanas, hablando sobre Latinoamérica. Una cosa linda, una cosa preciosa, una gran resistencia por conservar nuestra estética. Homenaje, también. He leído unos homenajes que me dejan tambaleando, y para bien. Pero me carga la sorpresa permanente. Esa manera de celebrar nuestra presencia como si acabáramos de aprender a sostener un lápiz. Esa condescendía tan patriarcal.
El ensayo No somos boom, de Lorena Amaro y Fernanda Bustamante, publicado en 2025, pone en discusión las formas de visibilidad de las narradoras latinoamericanas contemporáneas. La controversia llegó este año a las páginas de El País Chile. La pregunta me parece necesaria: ¿qué estamos diciendo cuando reunimos escrituras tan distintas bajo la etiqueta del nuevo boom femenino? ¿Qué historia cabe ahí y cuál dejamos fuera?
Porque las escritoras tienen pasado. Marta Brunet publicó Montaña adentro en 1923. María Luisa Bombal, La última niebla en 1934. Mercedes Valdivieso, La brecha en 1961. A estas alturas, anunciar que las mujeres han llegado a la literatura requiere una capacidad de olvido bastante impresionante.
Pienso en La brecha, una novela que yo misma descubrí a inicios de este año, y que disfruté muchísimo, y corrí a recomendársela a mi mejor amiga. En esta novela, su protagonista se separa y encuentra una vida posible fuera del matrimonio. ¿Se imaginan eso en el 61? Abordar el divorcio y el aborto, y la posibilidad de que una mujer abandone el destino que le prepararon y siga viviendo. Que no termine castigada para que el resto aprenda. Una libertad femenina que alteró el final de una novela, e hizo sonar los nudillos en la puerta.
Ni dudemos de Bombal con esa capacidad tan particular de mostrarnos el deseo y la vida interior de una mujer insatisfecha, con una voz que mezcla lo real con lo fantástico. Su decisión de cómo elije narrar la sensibilidad de una mujer da para desgranar muchas teorías literarias.
Pero lo que me importa, es, en realidad, poner sobre la mesa lo importante de leerlas, de conservarlas, de tenerlas presentes más allá de lo académico, del nicho, o de algún concurso con sus nombres. No basta nombrarlas. Bombal, Brunet, Mistral. Listo, ya cumplimos. Las dejamos bien puestas en la repisa de las grandes mujeres y seguimos adelante. No, así no tiene que ser la cosa.
¿Cuánto leemos de esas autoras? ¿Qué sabemos de sus decisiones literarias, además del escándalo, el marido, la pena amorosa? Me interesa esa distancia entre recordar un nombre y conocer una obra, entender sus contextos.
También me toca revisar mi propia lectura. La facilidad con la que busco una frase que me represente, una mujer que diga algo parecido a lo que siento. Es tentador quedarse ahí, en la comodidad de reconocerme, sobre todo, pensando en la homogeneidad en la que buscan encerrarnos los algoritmos de las redes sociales. Qué bueno que me salí de ahí. Pero quiero poder leer a una autora que me lleve la contra. Que escriba desde un lugar que desconozco y me obligue a hacer el esfuerzo de acercarme. Que me haga mi vida de lectora difícil. Y las he encontrado, por cierto: Daniela Catrileo, Fernanda Tríaz, Fernanda Melchor, Montserrat Martorell, Luciana De Luca, Clyo Mendoza, y tantas otras más (todas contemporáneas, hasta yo misma me fallo en lo que digo)
Mi librero no forma una familia feliz, una larga fila de mujeres tomadas de la mano y caminando hacia el presente. Hay diferencias de clase y de territorio, desacuerdos políticos, maneras incompatibles de entender la escritura. Hay distintas banderas y generaciones. Busco, me esfuerzo por ser diversa, no caer en la injusticia ciega. Me hago cargo de mis propias tensiones y las que se me imponen. Y, sobre todo, con la consciencia plena de que ser mujer no vuelve equivalentes nuestros mundos, aunque al mercado le acomode juntarnos en la misma mesa.
Y claro que quiero que se vendan más y más libros de mujeres. Me cuesta romantizar la falta de plata, sobre todo cuando se trata del trabajo de otras mujeres. Pero, igualmente, me pregunto qué pasa después del entusiasmo editorial. Si esas obras siguen disponibles, si entran a las conversaciones literarias, si tendrán lectoras cuando ya no sirvan para anunciar una tendencia. Me preocupa la facilidad con la que una novedad puede convertirse en una fecha de vencimiento, sobre todo con la exigencia de hoy de publicar una obra inmediatamente después de estar lanzando una. Porque claro, lo no inmediato no vende. Me asquea ese orden material de producir, progresar, doblar siempre la apuesta. Ya no vale la pausa. La pausa no produce, no genera, no sirve. El vacío es pérdida.
Quiero leer a las autoras de ahora con esa historia alrededor. Encontrar sus diferencias con las anteriores, reconocer lo que inventan, discutir lo que hacen, y esperarlas también. Que puedan, que podamos, escribir sin la obligación de ser la primera, la más valiente o la prueba de que las mujeres también podemos. Qué agotador tener que demostrar, además de todo, que una merece estar ahí.
En fin, cortémosla con la novedad. Las escritoras no aparecieron ayer. Dejemos de sorprendernos y abramos sus libros.
Deja una respuesta