Expresarte sin que sepas 

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Hace dos noches que soñé contigo. Hace tiempo no ocurría. Quiero pensar que es una coincidencia, que no es fortuito como en ocasiones anteriores. Tal vez es porque mi hermano te trajo a colación. Me contó que estás en Brasil, celebrando el cumpleaños de un amigo. Eso nos llevó a acordarnos de lo bien que corres, la resistencia de tus pulmones.

Buenos Aires, Argentina
Fuente de Fotografía: HotelPalermo.com

Nos conocimos en Buenos Aires, y yo, en mi arrogancia veinteañera, pensé que eras menor. Yo me fijaba en tipos diez años mayor. Los días fueron pasando, yo tenía una estadía de tres semanas en Buenos Aires. Tres semanas para quedar enganchada de ti. No pasó nada. No nos besamos. Solo miradas, indirectas, algún cariño en el brazo, nerviosismo evidente para quienes nos rodeaban.

Y me fui. Y te despediste fríamente. Y no lo sentí tanto en ese momento porque yo coqueteaba con otro. Un rubio alto, de ojos azules y nariz italiana. Pelo ruliento y buena espalda. Pero a la semana, por una amiga que supe que no era mi amiga, me enteré de que te acostaste con una conocida en común. Eso sí me dolió. Porque me lo enrostraron. Dos mujeres me plantaron en la cara que te acostaste con ella y no conmigo.

Han pasado dieciséis años desde que nos conocemos. Hemos tenido nuestras parejas, cada uno por su lado de la cordillera. Nos hemos reído de bromas que los externos nos hacen sobre casarnos, ser pareja, dejar de hacernos los tontos. Y la respuesta tuya de siempre: todavía no.

¿Todavía no a qué?

La última vez que nos vimos fue hace dos años. No pudiste ir a buscarme al aeropuerto, así que tomé un Uber y llegué directo a tu Restaurant. No me hiciste pasar. Me llevaste a tu departamento, a solo una cuadra del lugar, y con distancia, me mostraste el espacio y me dijiste que por la tarde podrías sacarme a algún lugar.

Fuimos al shopping. Me tomé un café sola porque no tenías hambre. Me miraste tomar un café. Mencionaste que salías con una chica y mostraste su foto. Luego fuimos a casa de tus padres, que me hicieron una cena y nos volvieron a molestar con las mismas bromas de siempre. La velada terminó tarde y nos fuimos caminando hasta tu departamento. Te despediste en la entrada y esperaste a que tomara el ascensor.

No pasó nada. No pasó nada porque tú no quisiste que pasara algo. Pudiste dormir conmigo, en tu departamento, pero te fuiste a casa de tus padres. Fuiste en exceso un caballero. Esa noche me quedé picada, y con la espina clavada me desvestí. Me miré desnuda en el espejo de tu baño, me toqué los senos mientras se calentaba el agua. Recorrí mi cuerpo con mis manos queriendo ser recorrida por tus manos. Me metí a la ducha. Use tu champú, tu jabón en barra y me sequé con tu toalla. Caminé descalza hasta tu cama, y me masturbé en tus sábanas. Una masturbación triste, de desquite, porque no quisiste subir.

La última vez que te vi hacer deporte se te notaba el rollo en tu polera, pero me seguías pareciendo un exquisito.

En el sueño llegabas y me tomabas del brazo apretándome a tu cuerpo. Te sentía mi pareja y me sentía feliz y dichosa por eso. Tu calor me calmaba. Se sentía bien, demasiado bien como para querer despertar.

¿Será que seremos algún día? ¿O seremos siempre así? Cada uno en su lado de la cordillera, durmiendo, compartiendo cama con otros cuerpos, entregando la piel a otras pieles. Quise escribirte, contarte mi sueño, y hacer énfasis en lo bien que se sentía. Pretendía, también, exigirte. Pero me dio vergüenza, me autolimité, y entonces, a modo de expresarte sin que sepas, te escribo esto.

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