Encontrar al culpable 

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Esta quiltra se siente mal. Está quiltra está depresiva. Han vuelto los viejos demonios y lo han hecho con nuevos amigos. Me están haciendo añicos. Estoy siendo despedazada pedacito por pedacito.

Princesa de Disney no pudiendo dormir
Fuente de Fotografía: Pinterest.

No sirvo. Soy rechazo. Para todo el sistema social, el tejido con el que funciona el mundo. Nunca he sido aceptada. Siempre he recibido un rotundo NO. ¿Dónde está mi estrella y por qué no está brillando?

No me quiero hacer la tonta. Hace rato vengo poniendo en práctica la tontera y no me ha servido de mucho. Lo único que he hecho es esconder la mierda bajo la alfombra cada vez que la huelo. La semana pasada pasaron varias cosas y todas hablan de lo mismo: No soy suficiente. Valgo nada cuando se trata de crecimiento y transacción económica.

Soy una joven mujer trabajadora intentando que alguien reconozca mi valor. Soy jefa, organizadora de eventos, compradora, contratante y persona que decide presupuestos. Tengo, en mayor o menor medida, poder económico sobre el trabajo de otras personas, pero cuando se trata de mí, no tengo poder alguno. La misoginia, la falta de respecto en ello, el papelón.

Lo más duro, lo más doloroso, es estar obligada a secarme los mocos y hablar de empoderamiento femenino, y actuar con empoderamiento femenino. Lo más vergonzoso es que creo que lloro por performance, es un cosplay que quiero y tengo que hacer. Actuar y hablar para animarme, para creer en mí misma cuando no creo o me canso de creer. No quiero creer porque creo que el problema es justamente que creo muchísimo en mí misma, y que simplemente el mundo es el polotudo, el chuchesumadre.

Quiero más, por más que intento querer menos. Quiero validarme públicamente, no basta con las cuatro paredes de mi casa. No acepto, me rehúso, a promesas rotas, incumplidas, vendidas por el feminismo.

Y la desmesura, tampoco aguanto la desmesura sin recompensa. ¿Qué pasó con la promesa? La promesa cultural y económica que, si obtengo un cartón y me saco la cresta trabajando, tendré reputación, dinero, trabajo, independencia y tranquilidad financiera. No pasa nada porque la economía, este sistema, me entrega a mí, y a miles de mujeres, un folleto con una economía que ya no existe.

Hay crisis de las mujeres, y la hay desde una categoría social y económica. La presión de ser mejor que la madre, y que yo, por supuesto, la tengo. La tengo teniendo más que ella según los parámetros del sistema. No, según los parámetros del feminismo. Tengo estudios universitarios, tengo un sueldo que me pertenece 100% a mí y estoy cursando un diplomado. Para el feminismo estoy ganando, pero en la ecuación algo falla. En la ecuación interna y externa, mi madre, solo siendo mujer, esposa y madre, sin estudios superiores, es mejor. O al menos, yo siento que es mejor.

Empiezo a comprender que la fantasía de una economía siempre ascendente se rompió hace rato. Esa idea de que trabajar más o menos bien garantiza terminar un escalón por encima de tus padres ya no funciona como antes, y, sin embargo, me mido con esa vara. Soy una estúpida y quiero encontrar al culpable de todo esto. Tal vez solo sea Dios. A Dios le gusta hacerse el chistosito.

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