Raíces en el aire  

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Todo lo que quiero es dormir, leer, tomar vino, escribir, y, si cabe la gracia, largarme de este país insano. Hacerlo a destajo, aún con el riesgo de volverme borracha. De perder las huellas táctiles por teclear, e invertir en lentes de lectura y una almohada para el peso de mi cabeza. Sus ataduras, sus arrancadas de moto, el cruce de cables. Una almohada que aguante el peso de mis pensamientos atiborrados y los haga descansar en sus plumas de ganso. En su ceda egipcia que también va a ser el cariño de mis mejillas. 

Casa de campo en la Toscana, Italia.
Fuente de Fotografía: Booking.com

La copita de vino manoseada sobre el velador, llena de nuestras huellas y crasitud. Los trozos de durazno en el fondo, rojos, ebrios de alcohol. La cuchara en modo singlista, lejos, en la mesa de centro. El notebook abierto con párrafos y párrafos escritos en mi propio idioma. El idioma mutante de mi lengua materna. Esa lengua que está por allá, lejos y protegida por una robusta cordillera y un océano. Esa lengua propia que nació en el medio de dos moles de la naturaleza y nos hace tan únicos, tan chilenos.

Mi visión se va a la pared agrietada y a la ventana abierta. Es pasada la media tarde. Abro bien los ojos porque los tenía entrecerrados. Me auto golpeé con la borrachera. La del vino y la tuya, que es la que más me gusta. Despierto como nueva. 

Estoy en cueros. Tu polera que es mi pijama está olvidada en el piso. Mis 501 de Levi’s que tanto están de moda, se ven revueltos en el sofá. Mi ropa interior, bajo las sábanas, se enreda en mis pies cuando me estiro. Todo el vestuario señala la escena de un crimen pasional, intenso, jadeante y dolorosamente excitante. Ese que te agota, te deja exhausta, con ganas de acurrucarte en la agitación y cerrar los ojos. Dormir porque el deseo está concebido. Fui tuya o fuiste mío, como quiera verlo el feminismo. Pero tú y yo sabemos que, en realidad, somos nuestros, somos uno.

Te estoy buscando y me doy cuenta de que tus vaqueros, como dicen acá, no están. Tampoco tus botines acordonados de Pearl Jam. La casona está demasiado silenciosa y tú siempre eres tan ruidoso. Giro y veo la nota que dejaste sobre la almohada. Tan clásico. Tan americano. Lo haces a propósito porque sabes que me carga gringolandia. Por eso me encanta cuando me traes a este continente, tan moderno del pensamiento, pero tan viejo en lo que lo rodea. Eso es lo que tienen las tierras cuya historia es tan antigua que pertenece a un primer mundo. Saben que la clave de la evolución no está en echar abajo muros gruesos como los que me protegen ahora, para construir rascacielos; más bien está en nunca echar abajo y siempre construir el pensamiento.

Sabes que soy feliz cuando el calendario nos mueve por acá. Tienes plena conciencia de que me complace mucho más que me descarnes y me hagas jadear en medio de unos matorrales de algún pueblito de Italia o Francia, antes que en un callejón sucio, húmedo y oscuro en Nueva York ¿Te acuerdas? Estaba helado, pero ya no aguantábamos más. Y parecíamos dos dragones echando vapor por nuestras bocas. 

Me estiro gozosa al recordarlo. Tomo el papel y lo leo. «Fui a comprar manjar, hojarasca y vino. Estás echando de menos tu patria… Te tomaste todo el vino. Te amo».

Suspiro y miro al techo. Me pregunto de dónde cresta sacas la hojarasca y el manjar cada vez que prescientes que extraño. Prefiero no preguntarlo. Me gusta creer que te las ingenias para conseguirla y hacerme sentir en mi tierra. Voy a mantener en secreto que quizás más echo de menos la Torta de Mil Hojas, que mi bandera desgarrada, porque mi tierra eres tú. Mis raíces se aferraron a las tuyas y ambas están en el aire porque aún no nos toca establecernos. Pero no importa.  A donde tú vayas yo voy. ¿No ha sido así desde que nos conocimos? 

Te escucho llegar y yo me complazco maullando como una gata en celo.

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