Mi querida amiga,
¿No sientes que a veces, o quizás siempre, estamos a un paso de que lo que anhelamos, deseamos, queremos, proyectamos, salga mal? Espero no te de lata leerme, pienso que en mis cartas he estado un poco catastrófica, pero estoy bien, en serio, es solo que me siento permanentemente en la cuerda floja. Pienso, igualmente, que tiene que ver con ser mujer. Sentirnos siempre bajo la lupa, observadas, con la presión de que se espera que demos el traspié en el próximo paso y podamos ser cuestionadas con fundamento más que visible.

Ser mujer y exponerse públicamente, no es cosa fácil. Y no tiene que ver con las críticas, que son bienvenidas y son parte del juego. Lo que desgasta, lo que me desgasta, es la sensación de estar permanentemente bajo examen, donde cualquier error puede usarse para cuestionar todo lo demás. Y me carga, porque en vez de dar pasos agigantados con toda la personalidad de los hombres, yo los doy a pasos pequeños, camino chiquitito, con pasos cortitos; todo en diminutivo. Me siento diminuta.
Ser perfectas y que la perfección sea parte de la personalidad. Así nos vendieron, así nos enseñaron. Ser perfectas al molde de ellos, según lo que les conviene. Calladitas y bonitas. No ser exigentes. La otra vez, en un bar, en Isidora Goyonechea, escuché decir a un hombre en la mesa de al lado de que él quiere a una esposa tonta. Que no le pregunte nada, que se conforme con usar la tarjeta. ¿Te imaginas?Por suerte era feo, si hubiese sido bonito, medio que se la perdono.
Y una se esfuerza por salir de ese lugar, ese rol que nos impusieron. Entonces siempre hay que demostrar más, pero caminando con mucho cuidado. Demostrar más y equivocarte menos. Nos subimos a la cuerda floja, y hay que apechugar. ¿Quién enseña realmente a ser mujer? ¿Quién enseña a ser la mujer fuera de la norma?
La mediocridad masculina, en cambio, circula bastante más tranquila, casi como la norma. Tú y yo lo sabemos de sobra. Ellos pueden pasar siempre raspando. Nosotras tenemos que ser excepcionales, brillantes en lo que sea que hagamos, para que nadie cuestione nuestro lugar, ni cómo llegamos a ese espacio. ¿No será que habrá verdadera igualdad cuando la mujer mediocre pueda llegar tan lejos como el hombre mediocre? Igual ya pasó, con Mara Sedini, y vimos lo que duró. ¿Y si Mara hubiese sido hombre? ¿Seguiría en el cargo? Lo penca es que somos pencas con nosotras mismas, porque igual nos chaqueteamos entre las mujeres y nos exigimos perfección. Entre ovarios, es bien poco lo que nos perdonamos.
No sé en tu caso, pero mi mamá siempre fue más crítica y exigente conmigo que con mis hermanos hombres. Y es mujer, pudo haberme perdonado. Pero yo, hasta hoy, no le puedo fallar. Ni siquiera puedo demostrar fragilidad. Yo tengo que hacer las cosas bien. Nos hacemos daños pretendiendo cuidarnos. Nos vigilamos, y bajo sororidad, en verdad, nos comemos la cabeza. Es culpa de los hombres, por culpa de ellos no queremos que nos señalen el error ni se lo señalen a otra, y entonces, nos estamos exigiendo, nos ponemos la soga al cuello, no nos permitimos ser mediocres y nos comemos la cabeza, los nervios, el estrés.
Al hombre se le concede, y le concedemos, el derecho a ser mediocre. Nosotras nos exigimos ser impecables y nos convertimos en representantes de algo más grande. Si nos expresamos mal, fallamos, falló la idea, falló el feminismo, falló la causa, fallamos todas.
Siempre que escribo cosas, lo hago con miedo. Siempre pienso en quién se va a ofender, qué va a decir mi familia. Cuando suavizo una frase que quería decir de otra manera, me doy cuenta de que me estoy autovigilando, me autocontrolo, me audito. Me cuesta un montón publicar con las trenzas sueltas. Siempre pienso en el qué dirán. Por más que creo que ocupo el mundo con ligereza, a la hora de lo íntimo, de lo que escribo, me escondo, me limito.
No tengo margen, pocas tienen el margen para hacer las cosas bien, pero no necesariamente perfectas. ¿Qué hacemos, entonces? Yo no sé. Tengo miedo de que se sepan las muchas cosas que escribo bajo mi nombre y apellido. ¿Te das cuenta cómo retrocedo? Quiero que se lean, sí. Pero no quiero que sepa que soy yo quien las escribe. Quiero el anonimato porque la exposición, el qué dirán, el que me manden a la pira, me da terror. No quiero volver a eso. Ya jugué a ser valiente y pagué caro. Ahora soy una cobarde.
PD: Me di cuenta de que en mis últimas cartas no te he recomendado lecturas. Por favor, lee: Bluets de Maggie Nelson.
*Transcripción de una carta enviada a mi mejor amiga, que vive en el viejo mundo.
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