Pura pasión 

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Estoy regia, en Bar Nacional, en Isidora Goyonechea. Llevo puesto mi pantalón de terciopelo negro. Lo convino con mi blusa Rapsodia favorita, añado un chalequillo de terciopelo y bordados plateados y me tapo el cuello con un pañuelo de lentejuelas. Uso mis botas negras de cuero de cocodrilo. Siete centímetros de taco. Me veo aún más francesa. Parezco una parisina, aunque rompo esa estética con mis Rayban aviadores de Italia de los 70s. Me creo la muerte. 

Mujer caminando por una calle vestida de parisina
Fuente de Fotografía: Imagen generada con IA inspirada en la estética de la protagonista.

Coqueteo con los garzones, que son unos lachos simpáticos y desvergonzados. Mi amiga, J. se pone cucurucha. Es la primera vez que viene aquí y ha quedado encantada. También está presente una amiga de ella: MJ. Nos llevamos bien a la primera, pedimos una jarra de Sangría, un Terremoto y mi clásico Pisco Sour. Solo unas papas fritas para picar. Enciendo un cigarro, uno tras otro. Los fumo y los sujeto aristocráticamente. Arrogante y elegante.

Hablamos de hombres, cómo no. Hablamos de sexo, de masculinidades. Hablamos de los hombres y el alcohol. Hablamos de mis jefes y el alcohol y sus manos traviesas y alcoholizadas. Hablamos de educación, de la educación en Chile. El árbol chueco que es la educación chilena.

Me voy poniendo borracha. Estoy borracha. Soy una mujer de treinta años que no sabe controlar el alcohol. Marco bien las palabras, pero mis extremidades son pesadas, están drogadas. Voy al baño, lo más digna que puedo y me siento en el inodoro, pasiblemente, cómodamente, y empiezo a orinar. Cierro los ojos. Si quisiera, podría quedarme dormida en esta posición y sería feliz. Pero me obligo a mantenerme despierta. Me limpio y me doy cuenta de que me ha llegado la regla. No traje mi cartera al baño, así que uso un rollo de papel higiénico a modo de toalla higiénica y me olvido de la sangre por el resto de la noche.

No hay hombres en la mesa, excepto los garzones cuando se acercan para cambiarme el cenicero, traerme otro Pisco Sour, y coquetear un poco con las tres. La noche pasa rápido, son las 22:30 y nos anuncian que están por cerrar. Somos la única mesa que queda con vida en el lugar. Pago yo, con fe en que esa nueva amiga se honre a transferirme su parte pidiendo los datos a J.

Me despido de ambas. Les digo que caminaré y tomaré Metro. Ellas se van juntas en un mismo Uber, y cuando veo desaparecer el auto, me digno a caminar hacia la punta de diamante que me conecta con El Bosque Norte. La brisa de la noche es una brisa de primavera. Una brisa tibia que me abraza y acaricia mi cara. Me siento vacía con el silencio de las calles, pero al mismo tiempo, me siento llena de pasión. Soy Pura pasión.

Pienso en él cuando camino, y me excito. Me dan ganas de besar a alguien y tirar con alguien. Un cualquiera en quien destinar esta pasión que siento por ese hombre que no está. Me siento seductora y necesito seducir. Me empieza a arder la piel.

Abro WhatsApp y busco ese chat. Se me ocurren varias frases que podría teclear. Todas de poca dignidad. Está con la otra, aunque la otra soy yo. Valle del Elqui. Yo quería ir a Valle del Elqui, y quería ir con él. ¿Por qué no me enojo como Gea y lo parto en dos? Al menos existiría la noche y el día entre nosotros y no estaría viviendo este crepúsculo constante donde nada es suficientemente claro, para que las cosas estén suficientemente claras. Me pongo ceñuda. Doy la última calada a mi cigarro, lo apago en la suela de mi bota, lo lanzo al basurero, guardo el celular y me encamino de regreso a mi casa que está en alguna de esas calles que atraviesan la Avenida Presidente Errázuriz. Lo del Metro era una mentira. Solo necesitaba pasar por fuera de su oficina, eso era todo.

Avenida Apoquindo se completa por brasileños y brasileñas que aún no pretenden irse a dormir y caminan por una avenida que no tiene nada que ofrecer más que edificios y puertas cerradas.

Yo, con otro cigarro en mano, voy pensando que soy una tonta. Soy presa de mi propia pasión. Este hombre, aquel que está en Valle del Elqui con esa otra que no es la otra, sino que soy yo, me controla. Mi sexo, mi propia sexualidad y pasión son su herramienta de control sobre mí. Soy feminista por acostarme con él sin ningún compromiso. También soy puta, la patas negras, la que apuntan con el dedo. Fallé como mujer. Hay un grupo de amigas que ya no se junta conmigo. Por eso hice estas nuevas amigas. Bueno, solo a J que conocí en Brasil. ¿Por qué fui a Brasil? Está tan rasca, es tan picante ir a Brasil.

J no sabe que soy amante, tampoco sabe que pertenezco a cierto grupo social. O quizás lo sospecha, pero como ella no pertenece, no le queda otra que dudarlo, en caso de que lo dude. Nuestros tejidos sociales son distintos. El mío es una prisión de doble estándar. La pasión se castiga, el sexo se esconde y se castra. Por eso yo, que, desde mis veinte años, cuando perdí la virginidad, soy pura pasión, soy un poco vetada, un poco apartada; la que invitan, pero ojalá no aparezca.

Saco las llaves de mi cartera. No tengo que ser silenciosa, ésta casa es mía, resultado de mi éxito profesional. Me descalzo, y a medida que camino, me voy deshaciendo de la ropa que llevo puesta, hasta llegar en calzón y sostén a la cocina. Busco el cenicero, enciendo otro cigarro y me sirvo una copa de Late Harvest. Frío para calmar este calor. Por la ventana veo mi reflejo y me gusto. Me toco un seno y luego otro y doy una calada insinuada al cigarro. Me auto seduzco. Mi mano izquierda baja hasta mi calzón color lila sin costuras, saco el papel higiénico y siento la humedad de sangre y cándor. Me estimulo, sin dejar de mirarme en el reflejo de la ventana. Me gusto, me gusto mucho. Mierda, que rica que estoy. Mezclo mi reflejo en la ventana con él. Me lo imagino afuera, mirando por la ventana, observando como gozo conmigo misma, como me masturbo burlándome de él. Y no puede entrar, solo puede mirarme y eso me calienta más. Meto dos dedos, lo más profundo que puedo y lanzo un gemido. La erección se hace notoria bajo su pantalón y yo me muerdo el labio y me burlo. No puede tocarse. Prohibido tocar, permitido solo mirar. Me subo en la mesa y le abro las piernas. Mis dedos entran y salen, cada vez con más ritmo, dándome más placer. No dejo de mirarlo, el orgasmo lo mantengo fijo en él.

Llego a mi oficina y en la recepción hay un ramo de flores amarillas para mí. La tarjeta dice: «Te deseo». Está el nombre y la dirección del hotel. Es el inicio de la primavera.

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