Dinero, dinero, dinero

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Dinero, dinero, dinero. El sucio y vil dinero, diría mi abuelita. Y es cierto, el dinero es el problema de todo. El dinero angustia. La falta de dinero que nos limita a consumir como el mundo y las redes sociales nos meten en la cabeza, nos angustia. Nos pone triste, nos hace sentir no suficientes. Perdedoras. Poco exitosas. 

Mamá de Angélica, de Rugrats, meme.
Fuente de Fotografía: @soy_psiquiatra

Los hombres tienen una gran presión encima. Es cierto. Ellos también son víctimas de un sistema que les inculcó que tienen que ser proveedores, y buenos proveedores. No a medias, no poco. Buenos proveedores, primero para sus familias, luego para validarse con el mundo. Mientras más plata, más caro el auto, más éxito, más grande tienen el pene. 

Pero no me quiero enfocar en ellos. No sé cómo es ser hombre, ni menos lo que es sentir como hombre. Puedo tener pequeños sondeos observando a mis hermanos y mi padre, pero no es lo mismo, no llegaría. Otra cosa es estar en la piel. 

Ahora, en este preciso instante, en esta mañana premenstrual, con dinero justo para el mes, me parece más interesante la relación de la mujer con el dinero.  

Carrie Bradshaw no estaba sola. Carrie Bradshaw es un ejemplo brutal en cómo la cultura cuenta nuestra relación con el dinero: ellos, los hombres, son sujetos económicos; nosotras, las mujeres, somos consumidoras. Ellos invierten, hacen negocios, compran propiedades, se equivocan, pierden plata, incluso fracasan en aquello. Pero siguen siendo personas tomando decisiones sobre el capital, y obvio, sobre cómo se debe mover el mundo. 

Las mujeres, en cambio, aparecemos del otro lado de la ecuación. Lo que hacemos es comprar zapatos, carteras, ropa, maquillaje. Nos damos el «gusto». Nos han vuelto infantiles, no sabemos frenar el deseo. Y para potenciar esa infantilidad, inventan a una Carrie Bradshaw como el ícono de aquello y de lo que queremos ser. Somos la mujer que revienta la tarjeta. La que entra a una tienda y pierde la cabeza.  

No nos dieron educación financiera. No les servimos así. No les sirve una Ana Herrera con la plata de las cuentas fijas del mes divididas en sobres, con la responsabilidad de no darse gustitos porque sí.  

El estereotipo es ofensivo, sí. Como muchas cosas lo son respecto a las mujeres. ¿Pero, por qué les servimos así?  

Es la representación cultural. No me cabe duda. Y la repiten, siempre, para meternos en la cabeza que esa es nuestra realidad con el dinero. Locas, impulsivas, hormonales que no saben controlarse financieramente. Hay que quitarles la tarjeta, o, mejor aún, otro debe hacerse cargo del dinero, y ese otro, sabemos, tiene género. Le cuelga algo entre las piernas. 

Papá sabe. El hermano sabe. El marido administra. Él invierte. Él habla con el banco. Él entiende de impuestos. Él se ocupa. 

 En cambio, yo confío. Ella, confía. Tú confías. Dejamos de confiar y les damos la razón. 

La tutela económica de las mujeres no es una metáfora cultural que nos inventamos ahora para releer viejas series. Hasta hace poco, que un hombre tuviera autoridad económica sobre una mujer era, literalmente, parte del orden jurídico. Pero empezamos a trabajar, empezamos a tener nuestro dinero propio para que nadie nos diga qué hacer con nuestro dinero ni cómo gastarlo. Pero nos han inculcado tanto en la cabeza a mujeres íconos que son irresponsables financieramente a nivel de consumo, que, finalmente, estamos endeudadas. 

Nos dejan trabajar, nos dejan ganar nuestro propio dinero, nuestros propios instrumentos financieros y nos meten hasta el hartazgo el consumo, para que gastemos y nos endeudemos, y demos en el gusto con el estereotipo. Nadie nos enseña educación financiera. Con educación financiera nos les servimos al capital.   

Hay que negarse, hacer la pausa. Frenar frente a la automatización que nos lleva a reconocernos inmediatamente en un estereotipo de mujer que le sirva al sistema económico, al hombre que toma la decisión del capital. La política es desigual, y nos hace ver esa desigualdad como una preferencia femenina.  

Hay que, con cariño, jubilar a todos esos personajes creados por la industria para hacernos creer algo que no somos. Sacarlas de nuestra cultura y de nuestras cabezas. Tenemos que aprender a reconocernos por mantener bien nuestro dinero, porque hacerlo, de alguna forma es, una lucha feminista. Ser sensata, informada, con criterio, capaz de construir patrimonio, sin importar que parezca raro, fuera de la norma. Igual es bacán estar fuera de la norma. 

BTW: infinidades de veces me he pillado premenstrual, angustiada, llenado el carrito de compras y metiendo los dígitos de la tarjeta. A la hora me arrepiento, y a la semana me encuentro devolviendo todo en la tienda. Todavía trabajo en sacarme del cuerpo, la lógica de actuar como una loca por culpa de las hormonas.

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