¿Hasta cuándo? ¿Dónde me posiciono? ¿Dónde pertenezco? ¿Qué bando debo tomar? ¿Cuál es mi posición política? De izquierda, sí. Eso siempre. ¿Responde eso a todo lo demás? El colonialismo, el puto colonialismo. El hombre blanco, siempre el hombre blanco. Siempre el colonialismo y el hombre blanco, de la mano, arrasando con América Latina.

Me agobio, y me doy vergüenza. Soy una mujer blanca llorando por la violencia que ejerce su raza, su posición social. Sé qué es América Latina, pero ¿quién soy yo en América Latina? ¿Quién soy y quién debo ser?
Soy la tierra, soy hija de ella. Habitar como mujer, habitar desde mí hacia la comunidad. Soy conciencia de justicia social ecológica. Soy una mujer que se esfuerza por tener un buen vivir, un buen vivir alejado del pensamiento occidental, del pensamiento de mi raza. Un buen vivir alejado de la acumulación de bienes y riquezas materiales.
Estoy temblando, y en este temblor mío, en este despertar de conciencia, en la profundización de mi conciencia sobre quién soy y quién debo ser, me propongo, con esmero, hacer tambalear las nociones con las que venimos entendiendo y viviendo el mundo en lo social, en lo político, en lo ambiental, en la forma en que tenemos de vivir y habitar nuestros espacios, y, por qué no, nuestros cuerpos.
Tambalear lo que entendemos como democracia, porque la democracia que hoy queremos o que necesitamos, no es la democracia que conocemos. No, no es la que conocemos. Nos venden humo, nos engañan, nos hacen creer. Yo ya no creo, no creo en ellos. No creo en ese masculino.
Y me esfuerzo, me hago presente en que la experiencia humana tiene otras dimensiones que hoy no tenemos. Dimensiones que no tengo. Y soy mugre, soy basura, soy un residuo humano que deja sus residuos a cada paso. No me entrego a la naturaleza, sino le entrego a la naturaleza lo que queda de mí. La vida humana está llena de deshechos, de acumulación. No es natural. No es el ciclo de la naturaleza, que es sabia, perfecta, tanto en su impureza como en su pureza. Soy impura.
Quiero habitar la naturaleza, más no observarla. Quiero hacerla parte de mí.
Y odio más la modernidad. La modernidad me ha separado de lo que me rodea, de las estéticas, del sentido de la estética, que va más allá de lo contemplativo. La modernidad me ha quitado mis sentidos, me ha quitado ser mujer, me ha impuesto la manera en la que le conviene que yo sea mujer. Me ha hecho tomar distancia del daño que se hace, del daño que hago. Y tengo que hacer de ese daño, un daño mío. Hacer del daño socioambiental mi herida y sentir el dolor, hacerlo un dolor común.
Salirme del neutralismo. Se acabó ser neutral. Porque estamos viviendo un desastre, y en este desastre, la naturaleza, mi conciencia, me implica regímenes de sensibilidad y concepción. La tierra es mi espacio. Yo quiero la pausa. Yo rechazo lo material, lo productivo, el progreso, el querer doblar siempre la apuesta. Yo rechazo los desastres socioambientales. Vale la pausa, lo que no produce, lo que no genera, lo que no sirve. El vacío es ganancia. No busco más, yo busco menos. Veo lo que tengo. Me niego a seguir en esta parálisis afectiva de negación.
Estoy parada, aquí, con los pies bien puestos en la tierra, haciéndome tierra, pensando la crisis, situada, para pensarla distinta.
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