No sé muy bien cómo comenzar. Ya he pasado por esta situación antes. Todo comienza con síntomas que sabemos que son señales claras, pero preferimos ignorar. Luego es la visita a un veterinario, toqueteo, chequeo de ojos, lengua, el estetoscopio navegando por el pelaje y la cara de un doctor que está pensando cómo darte la noticia de que una vida se acerca a su fin, mientras sabe que tus ojos se ponen llorosos, y que tu rostro no quiere escuchar esas palabras, esas que informan que las cuatro patas que amas ya no sonarán más en el piso flotante de tu casa.

Cuando Elvis murió tuve que ser muy valiente. Estábamos pasando por un momento familiar complejo y no había espacio para más lágrimas. De algún modo también estaba preparada. Elvis tenía casi catorce años, se contentaba con solo dormir y su cara estaba teñida de blanco. Todos sabíamos que le quedaban pocos respiros. Que sus inhalaciones ya estaban contadas y que las Nornas estaban en la cuenta regresiva para cortar con sus tijeras oxidadas, el hilo de su vida.
Una vida bien vivida. Elvis gozó con gusto, ya lo he escrito antes, y lo amo, pero este espacio no es para él. Estas lágrimas y esta pena son de Aurelio.
Eres mi soldado y no quiero dejarte ir. No quiero dejarte ir porque aún eres muy joven. No me puedes dejar dándome solo nueve años.
***
El estetoscopio rozando tu pelaje blanco. Yo te miro con pena y resistencia como si mis ojos pudieran sacarte todo mal que llevas dentro. Tú observas sin observar porque tu mirada está perdida. Estás muy tranquilo, resignado, pienso, a que ya no hay nada que se pueda hacer.
Siempre eres inquieto. Subirte a un auto es imposible porque tu respiración se acelera, tu cara se asusta y despeluchas el pelaje que no tienes. Hace unos años tuve que llevarte a la clínica con mi mamá porque tenías una gastritis, y en el camino no paraste de aullar como si te estuvieran haciendo la peor tortura del mundo.
Hoy estás tranquilo. Te sentaste en el asiento junto a mí y no tuviste tensión por los virajes exagerados de mamá. No despeluchaste, y tu postura era la de un león que observa como el día avanza y el calor se desvanece, bajo la sombra de un árbol en la sabana.
Siempre he amado esa postura tuya, así como amo y me causa gracia cuando te pones como un soldado a mi lado como si estuvieras esperando esa foto protocolar. Si yo hubiera sido presidente, tu hubieras sido el perro de Estado, persiguiéndome en cada paso, comportándote en cada situación. Totalmente preparado para las formalidades.
Pienso en todo esto mientras te revisan. Pienso en todo esto mientras me entra el miedo de que me dejes.
***
La doctora me dice que vuelva a tomar asiento. Que puedo dejarte en el suelo. Yo prefiero mantenerte en mis piernas. Comienza a teclear, ahora que escribo esto, creo que lo hizo para ganar tiempo y preparar la noticia.
«Un perrito se puede ver bien por fuera, pero cuando empiezas a revisar y tocar, te das cuenta de que no lo está por dentro».
Primera estocada. El nudo en mi garganta me empieza a ahogar.
Comienza diciéndome que tienes un soplo en el corazón, que tu aliento, del cual le comenté que huele a podredumbre, se llama aliento urémico y delata una insuficiencia renal crónica en los perros, significando que los riñones pierdan gran parte de su capacidad para depurar la sangre.
Me dice que te duele la pansa. Por eso no comes. Olvidé decirlo, te traje aquí, a esta consulta del dolor, porque no estás queriendo comer y has perdido mucho peso.
Me habla sobre algún problema que tienes en el pulmón, pero ya a esa altura no retengo todo. Estoy llorando, y te abrazo contra mi pecho. Y tú estás tranquilo, resignado.
Te aferro y mis lágrimas se secan en tu cabecita. La doctora mantiene su explicación intacta. Me dice que son necesarios más exámenes. Me muestra varios y yo le preguntó cuáles son los principales, me indica dos, y entonces te sacamos la sangre aprovechando que estás en ayuno. Te portas extremadamente educado. Eres un paciente ejemplar.
Los tubos se llenan, te sacan la aguja, yo sostengo el algodón y presiono para que no sigas sangrando. De todos modos, me manchas el jean y las manos. No me importa.
Estoy llorando. No me puedo contener la pena de saber tu diagnóstico. La doctora se va, mi mamá aparece por la ventana y me pregunta qué me han dicho, yo le digo que después le cuento. Insiste, y le vuelvo a decir que después le cuento. Tengo un nudo en la garganta. Lo único que quiero es que podamos irnos. Protegerte de una enfermedad que te ha atacado sin aviso. Llevarte a un lugar seguro, no sé cuál ni dónde y mucho menos, si te va a mejorar. Evidentemente, no te va a mejorar. Pero quiero sacarte de ahí e ir a hacer un pacto con Dios o con el Diablo, quien me dé el mejor trato. Te quiero sacar. Quiero apapacharte en un lugar donde nadie pueda dañarte.
Pagamos la consulta y te saqué lo más rápido posible. Caminé apretándote a mi pecho. Aferrándote como si con ello pudiera aferrar tu vida. Quitarle las tijeras a las Nornas.
Mi mamá intenta tranquilizarme. Tú sigues renegado con una mirada sabia que acepta el vaticinio inminente. Tu mirada es la de un rey que ve cómo su reino está siendo destruido, y espera apaciblemente a que vengan por él para quitarle la vida. Tu serenidad me desespera aún más, porque es la confirmación de que te tienes que ir.
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Te he llevado a mi pieza y acostado sobre mi cama en el lugar donde siempre duermes cuando no quieres recostarte en tu camita. Me pongo a trabajar allí. Utilizo mi pieza como si fuera nuestra propia sala de espera. Íntima, nuestra, segura. No quiero que te vayas. Mientras trabajo lloro con la impotencia de no tener el control de las tijeras de las Nornas, de la horrible situación.
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El sábado, día siguiente, te he vuelto a llevar a control. Presentaste leves mejoras, comiste un poco de pollo con arroz, tomaste agua y caminaste por el jardín.
Te dieron un nuevo medicamento, y me piden un examen de orina. Todo pareciera mejorar. Cuando hablo con mi hermano le digo que estás mejor, que no te vas a morir. Lo digo en voz alta, para convencerme, para aclararle a Dios que no quiero que te mueras. Solo tienes nueve años. Emilia necesita a su amigo, yo necesito a mi mariflin.
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El domingo empeoraste y tu debilitamiento fue tal que siento que es un castigo por desafiar las cuestiones de la vida y la muerte. No comes, no te pones de pie, no tomas agua, no deseas caminar. Solo duermes, enrollado como un bollito, como siempre, con tus huesos al aire y tu mirada de espera. Además, mi papá me dice que hay vómitos de tu comida en el jardín.
El sábado tenías tiritones en tu patita derecha y yo pensé que era producto del catete. Pero se intensificaron, y tu cuerpo tirita por completo cuando te pones de pie.
Me imagino lo peor y empiezo a endurecerme como medida de preparación a lo que puede venirse.
Por la noche, viendo tu estado, con mi mamá, quién ha apoyado al 100% en todo esto, decidimos llevarte nuevamente a la clínica veterinaria y tanteamos la posibilidad de dejarte hospitalizado. Estoy tan intranquila y asustada que no puedo dormir. Mato la noche revisando la memoria de la empresa donde trabajo, mientras cada cierto rato muevo mis ojitos a los pies de la cama donde estás tratando de dormir. Tratando, porque, levemente, te quejas y buscas posiciones en las que sentirte más cómodo.
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Son las cinco de la mañana y los pájaros no cantan. Cosa rara porque en esta fecha y a esa hora, siempre comienzan a hacerlo. Inmediatamente, pienso que es un mal augurio.
Cuando subo la persiana veo el día con una densa niebla costera, y un frío que no es de primavera. Un día de luto, pienso, para luego preguntarme: ¿será hoy?
Espero. Te atiende la doctora. Te hace una ecografía que no me cobra y me dice que tus riñones están blanquecinos. Es decir, están seriamente dañados. Necesitamos, de todos modos, el examen de orina y me duele aún más ser quién te pone de espaldas para que te saquen tu orina con una jeringa inyectada en el lugar donde se aloja tu vejiga.
Me culpo por las cosas a las que te estoy sometiendo. Jarabes por la boca que, al no tener fuerzas, no te molestas en rechazar. Catetes, jeringas, hospitalización.
A la tarde voy a visitarte con mis padres. Sin mejoras. No subimos al auto. Hablando esperanza cuando en el interior sabemos que no la hay.
***
Te fui a buscar, nuevamente, junto a mi mamá. El veterinario nos dijo que todo puede ser, pero que nos demos tres días para sacar el riñón adelante. Si aquello no sucede, entonces lo mejor es hacerte dormir.
Un objetivo, una meta, una decisión. Hacerte comer, sacar el riñón adelante, vivir o hacerte dormir.
Mi mamá se esmera en hacerte papillas. La nueva veterinaria que Guillermo dejó a cargo nos dijo que te obligáramos a comer con papillas y cuchara en la boca. Pero fue directa en algo: «No compren el saco de alimento renal, porque luego puede quedar ahí tirado».
Te saqué a dar un leve paseo. Pero tus fuerzas para caminar son mínimas. Pasé otra noche sin dormir dándole vueltas a la decisión, mirándote y pidiéndote perdón.
Siento que te traiciono.
***
Te enterré envuelto en mi polerón gris. Mi hermano hizo el hoyo junto a tu no tan amigo, Elvis. Aún me impacta y no encuentro explicación lógica por lo rápido que te enfermaste. El año pasado, en esos saltos energéticos que dabas alrededor mío, le dije a mi papá que me daría mucha pena cuando estuvieras viejito y no te pudieras mover con la misma energía que entonces tenías. No llegaste a estar viejito. Solo adulto con nueve años.
Te debilitaste de un golpe y ninguna divinidad te dio opción de volverte a recuperar. Hoy es mi primer día sin ti y no ha sido fácil. Desperté y lo primero que vieron mis ojos fueron una cama vacía. No me desvelaste a las tres de la mañana para salir al jardín, y tampoco dejaste tus pelos en mi cubrecama.
Mientras trabajo, ya no estás durmiendo debajo de mi silla y ya no pude hablar en plural: «vamos mis niñitos a jugar». Cuando me recueste en el morro no vas a estar a mi lado tomando el sol y tampoco vas a estar con tu cara de amurrado, pidiéndome entrar mientras que Emilia pide jugar más; o esperándome fuera de la puerta de la cancha mientras camino, y las tórtolas tampoco tendrán quién las ataque mientras toman agua de la piscina y tus garras de velociraptor ya no se apoyarán en el borde de la mesa mientras con cara de hambriento me pides un bocado de lo que sea.
Son infinitos los momentos en lo que ya no estás y con resignación tengo que acostumbrarme. Te pienso y te extraño demasiado, y no es algo con lo que vaya a vivir a solo un día desde que te fuiste. Es algo con lo que viviré siempre, solo que en el futuro sabré vivirlo mejor.
*Aurelio murió el 30 de novimebre de 2022.
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