Los pájaros cantan y la bruma, como una ligera cortina, cubre los primeros rayos del día. El sonido emitido del gallo anuncia las seis de la mañana de la fría estación; levantándose de la cama, ya no con tantas fuerzas como antaño, de sus jóvenes y más vividos años, tampoco goza ya, al abrir sus ojos, de ver a su mujer a su lado. ¡Esa mujer!, exclama cada vez que abrocha su camisa a cuadros, sentado al borde de la cama, o cuando va a apagar esa lámpara de luz que ella exigió tanto comprar en un mercadito de la plaza del pueblo cuando tan solo llevaban un año de casados. «Es esa flor mi corazón», le decía ella como argumento; «qué extraña forma de representar el corazón», le respondía él. Pero ahí estaba el corazón de su mujer, en esa humilde mesita de madera al costado de la cama, en una habitación tan modesta en su decoración, pero tan amigable para el descanso y ratos de anhelo.

Todo se ve apacible desde esa terracita acogedora y campestre, con las sillas de mimbre y esos cobertores que cubren los cojines tejidos a mano, con figuritas de árboles y animales, tan viejos ya por el paso del tiempo. Ahí se encuentra él, apoyado con el peso de su robusto cuerpo inclinado hacia el lado izquierdo sobre una de las vigas viejas y resquebrajadas que reflejan los cincuenta años de construcción, mirando el extenso y vacío campo que la temporada le puede dar. Por el frente, en la calle, no se presenta ningún auto a esas horas de la mañana; con suerte, uno al mediodía y, luego, nada más hasta el ocaso. Su mirada parece tan perdida en el horizonte, mientras su mano sostiene una taza de té que humea firmemente su vapor por el aire.
Cuando se habla de Miguel o don Miguel, como suelen llamarlo todos, se refleja al frente de cada par de ojos un ser humano de sesenta y siete años, con quince kilos por sobre su peso y con un rostro siempre asoleado por su trabajadora vida de campo, pero de una sonrisa impecable, a pesar de lo que se podría pensar de un hombre de sus orígenes. Y sus camisitas a cuadros, tan ajustadas que pareciera que los botones son, a diario, demasiado fuertes para mantenerse abotonados. Y sus pantalones de huaso, esos clásicos a rayas, siempre sucios por los cabalgares de todos los días. Ah, y ¡la chupalla! Infaltable en esa casi calva cabeza que, sin embargo, siempre tiene ese corte de huaso exigido para las competencias de rodeo, porque para él la presentación personal es de suma importancia, al igual que el cuidado de su sonrisa. Esa sonrisa que regala todos los días.
Cuando le preguntaban dónde quedaba su hogar, él decía: «en el pequeñito pueblo de Roma», y entonces las personas se reían, y él les devolvía la risa. Pero no mentía. Allí ha vivido siempre. Allí se crió con sus catorce hermanos, creció y experimentó todas esas primeras cosas de la vida: las tristezas y las alegrías, los nacimientos y las muertes, sus años de niño de campo revoltoso y salvaje, y su adolescencia de tragos y carreras de caballo. Hasta que un día conoció a su mujer, nacieron sus hijos y se criaron ellos mismos viéndolos nacer, crecer y ser adultos, tal como le sucedió a él. Y allí estaba ahora, en la soledad, en el pequeñito pueblo de Roma, que no queda en ese lejano país europeo llamado Italia. No. Está poco antes de llegar a San Fernando, en dirección a la cordillera, sin nada más que ofrecer que tierra y paisajes calmos.
Y qué difícil ha sido esta mañana. Qué difícil ha sido tener que contemplarla. «¿Por qué me castigas así, Juana, yo que te amo tanto? Me dejaste en este día del calendario y me entregas el mismo paisaje de ese terrible y desgraciado día en que me arrancaste todo lo que tenía».
Don Miguel no podía dejar de pensar eso en cada aniversario de su partida: en cada mirada que él daba en el espacio vacío de su cama, en las fotografías, en ese corazón simbólico que yace en su mesita de cama. ¡Cuánto amó y ama a esa mujer, que ahora él la piensa como una ingrata!
Y sus ojos, sus ojos verdes llenos de regocijo, se humedecen tenuemente.
***
En el campo de este Chile, y donde la vida rupestre y campesina aún se mantiene, montar a caballo es la primera habilidad que se adquiere. Él era el mejor entre todos sus hermanos. Tenía ese algo que conectaba con los seres de cuatro patas. Les hablaba, los escuchaba, los acariciaba, y ni hablar de cómo los cuidaba. Y un día, un hombre de esos que ellos llaman el patrón lo observó, en una calurosa tarde de verano, jinetear con delicadeza y control en la medialuna del Estadio Municipal de Melipilla. Tenía 17 años y, a pesar de que su juventud decía que era una excelente edad para comenzar camino en las competencias del rodeo chileno, su estatus social le decía todo lo contrario y, más bien, le destinaba que solo podría lo que, en la jerga de esa práctica, se llama «arreglador de caballos». Pero no importaba. Su vida ahora sería siempre arriba de una montura. Y así ha sido incluso hasta ahora, en donde sus dolencias de la edad madura le hacen más difícil poder subirse a una, requiriendo de un piso de madera que lo deje a mayor altura, mientras otro de los jinetes le sujeta los distintos caballos para mayor seguridad.
Al tiempo en que sus hijos crecieron, don Miguel y Juana se fueron quedando solos en esa pequeña Roma. Pero un nuevo trabajo como arreglador le fue ofrecido a las afueras de Santiago, en el cerro Lonquén de Talagante. La oportunidad parecía favorable para ambos. Juana, con ya cincuenta y cinco años, presentaba sus primeras fragilidades mentales. «Es la soledad de las madres», había dicho el médico. Y es que la señora Juana, como le decían todos, pasaba largas horas a solas en la casa. Don Miguel pasaba todo el día en las caballerizas, desensillando un caballo para ensillar otro, y así desde temprano en la mañana hasta el ocaso de la tarde. Y la señora Juana se fue entristeciendo y se fue marchitando por dentro, al tiempo en que su corazón se afligía.
Y la nueva casita que los alojaba era tan modesta y sencilla como la que habían abandonado cerca de San Fernando. Sin embargo, esta ahora quedaba en el mismo recinto donde se encontraban los caballos, a pasos de la nave de madera que alojaba a los caballos fina sangre. Juana ahora no estaría tan sola, sino que siempre acompañada en desayuno, almuerzo y once con su hombre y los demás trabajadores, quienes rápidamente le tomaron un tremendo cariño y que, por comentarles ella misma su situación, la llamaron «la loca señora Juana» y, por el contrario, a ella no le molestaba. Pero sabía que esa palabra era a los ojos y diagnósticos del doctor y quienes la miraban, pero ella bien sabía que lo que había no era locura psiquiátrica. Eran las dolencias de una mujer que se sentía abandonada y que no podía explicar por qué.
Mientras don Miguel galopaba y entrenaba a cada equino en la cancha de práctica, en el segundo día después de la llegada, Juana decidió conocer el lugar en el cual iba a estar durante mucho tiempo hospedada. Tomó de la gastada pared roja la vieja chupalla de su marido para protegerse del sol que reinaba en esa mañana de la ya casi finalizada primavera y caminó hacia la caballeriza. El largo pasillo que se situaba frente a ella, de cemento y estructura de madera, representaba, a lo largo, con cada puerta, la pieza de los caballos. Uno a uno fue mirando a través del espacio abierto en cada puerta, que le quedaba un poco más arriba de su baja estatura. «Todos lindos, todos pocos interesantes», pensó. Juana había visto tanto caballo a lo largo de su vida y tantos montados por su marido que ya ninguno le sorprendía. Pero, al llegar al final del pasillo y mirar por encima de la viga, un hermoso potro color alazán se daba vuelta a mirarla y, ferozmente, daba paso a la puerta con el propósito de causarle miedo y alejarla. Así lo hacía con cada figura que asomaba, pero Juana no retrocedió; por el contrario, se acercó un poco más para sentir esa agitada respiración que le proporcionaba el animal de mirada fiera y temperamento impetuoso. Juana quedó impresionada y no apartaba su mirada, que denotaba un brillo de fascinación que en mucho tiempo estuvo apagado. El corazón de esa mujer bajita y rellenita, con chalequito rosado de lana, palpitaba fuertemente en su pecho.
«Estai encerrado aquí, como encerrado está el mío», susurró la Juana, que luego, con sus ojos bien abiertos, volvía a susurrar: «se mi amigo, chicuelo atrevido». Y se quedó observándolo por un largo rato.
Mientras ella creía que don Miguel y los demás trabajadores no se daban cuenta, Juana pasaba ligera entre ellos —a un paso que pretendía ser disimulado—, llegando al final de la caballeriza para abrir la puerta con cuidado, mientras el potro, ya más manso, se acercaba. Juana sacaba de su bolsillo una manzana; del otro, un pequeño cuchillo, y la cortaba en trozos que luego ponía sobre su mano para que el hermoso alazán las comiera. Allí se quedaba observándolo. A veces lo acariciaba, hasta que, sin ella darse cuenta, ya se encontraba abrazada a su cuello por completo, y el potro, sin forcejeo, se dejaba abrazar por «la loca señora Juana». Y entonces sus corazones encontraban la paz.
«Ay, Juanita querida, el patrón dice que nadie nunca, ni siquiera él, podía acariciar el caballo. Lo has domado, Juana. ¿Ves que no sería tan malo venirnos para acá? Encontraste un compañero y, de pasadita, me haces la peguita más fácil a mí con ese potro tan complicado, oye». Y Juana tejía y daba una leve sonrisa.
Pero la cabecita de Juana estaba lejos de estar equilibrada. Si bien ese hermoso alazán era una alegría para sus días, ella seguía sintiéndose intranquila y presa de una agonía que inundaba su corazón y le deshilachaba el alma. Y daba miedo dejarla sola. Y daba preocupación cuando, solitaria en el jardín, se paseaba mirando los árboles, observando cada rama. «¿Qué estará mirando “la loca señora Juana”?», decían los hombres del trabajo. Y don Miguel se afligía y se preguntaba: «¿Qué le pasa a mi esposa?», y la recordaba en esa primera vez que sus ojos cruzaron con ella una mirada mientras Juana bailaba la cueca en una pequeña ramada de San Fernando. Y la seguía visualizando cuando después se casaron, y ella se convirtió en esposa y madre y se veía dichosa de su familia y de su vida. Y, de pronto, comenzó a apagarse hasta llegar a como la veía ahora: triste y encorvada, mirando las ramas de los árboles. «Que no se te ocurra, mi Juana amada».
A don Miguel se le quiebra la voz cada vez que habla de su difunta esposa y rasca, con su mano derecha, el poco pelo que tiene detrás de su oreja izquierda. Y observa hacia abajo, como ademán para disimular ese nudo en su garganta, pensando, con el corazón apretado de dolor, que se atrevió. Su Juanita se atrevió.
El silencio de Roma, como una hermosa ambientación de película chilena, emana todos esos sonidos de la naturaleza, envolviendo esa última frase de don Miguel. Y el entorno se transforma en un escenario tan nostálgico, tan desgarrador, pero, a la vez, lleno de cariño, lleno de recuerdos envueltos en puro amor.
***
Eran cerca de las siete de la tarde cuando un huaso alto y bien formado entraba a la fonda «Margarita», ubicada al interior de San Fernando, en la región de Rancagua. Había sido un día bien caluroso para ser mediados de septiembre y la sed de tomar unos motes con huesillo lo hacía dirigirse rápidamente a la barra del lugar. La música estaba tan alta que apenas se podía hablar y el ambiente estaba entonado con zamacueca, zapateo y aplausos que seguían la melodía fiestera. Y mientras el entonces joven Miguel observaba todo ese pintoresco cuadro de festividad, vio cómo una muchacha bajita y un tanto rellenita, de pelo lacio y mal peinado, bailaba al ritmo de la música, haciendo parecer que la melodía la seguía a ella mientras llevaba su pañuelo de un lado a otro con tanta delicadeza. Su bailarín intentaba seguirla y, cuando las miradas debían de cruzarse, ella escondía la suya. Ahí estaba Juana, a sus tiernos 20 años, moviéndose al ritmo de la cueca, absuelta en su ritmo. Y ahí estaba el entonces joven Miguel, con el vaso helado en la mano, sin siquiera haber tomado un sorbo. La muchacha que tenía frente a sus ojos le robó su atención por completo y, esperando que terminara esa pieza, arrancó rápidamente en dirección de Juana y la invitó a bailar. Ella lo miró, miró esas mejillas rojas por el sol y el calor. Y sonrió. Y, tomándolo de la mano, lo llevó a mitad de la pista, y la cueca sonó y ellos comenzaron a bailar. Y la chiquilla que en su baile anterior escondía la mirada ahora la alzaba con toda coquetería y fervor. Bailaba. Bailaba y coqueteaba, y él le devolvía sus coqueteos. Y entonces terminaron y se miraron. La cueca no seguía sonando, pero ellos siguieron bailando el baile del pololeo, el matrimonio, los hijos y la vida. Siguieron bailando su baile. Hasta que un día la música en el corazón de Juana dejó de sonar y ella se fue apagando, sintiéndose sola en la pista, incluso cuando su bailarín de toda una vida seguía frente a ella, bailando sin parar. «¿En qué momento te me perdiste, Juana mía?»
Sí, sí, sí. Juana ya estaba muy perdida en la oscuridad de su interior. Ya ni siquiera las visitas al alazán le iluminan el alma.
—Mi potrito lindo, me voy a apagar antes que tú.
Le dijo al oído y el animal dio un suave relinche. Lo besó en la mejilla. Le puso un bozal y, abriendo suavemente la puerta, lo acerca a un piso para quedar a la altura de poder montarlo. Lo monta y los pasos del caballo se sienten suavemente en el pasillo. Caminan ambos corazones, desesperados y turbulentos, por la tranquilidad del amanecer del campo húmedo y neblinieado, hasta llegar a un árbol lo suficientemente grande y fuerte para resistir un cuerpo colgado.
«Aquí término mi oscuridad, amor mío. Ya no había luz en mí. Termino mi oscuridad con este potrito mío, potrito de mi vida, que intento iluminar mis tristes días», decía la notita de caligrafía desprolija y tiritona sobre un trozo de papel mal doblado, colocado encima de la mesa de comer.
Abrigado con su poncho de lana, una bufanda y su chupalla, llega montando a ver la lápida de su amada en el día del aniversario de su voluntaria partida. Se baja y, pasando las riendas por encima de la cabeza del animal, se acerca y se queda de pie frente a esa cruz que dicta las fechas de nacimiento y partida de la mujer que completó por años su vida.
«Aquí vengo en el penoso y aniquilante aniversario de tu muerte, mi vieja Juana. Vengo con este alazán, que fue el caballo de tu vida, y así sentir que aún sigues viva, mujer de mi vida».
Al finalizar sus palabras, su voz no resiste no poder quebrarse y las lágrimas florecen dolorosamente entre sollozos de un viejo hombre de campo. Y, secándose los ojos con las mangas de su chaleco negro, piensa: las personas siempre me piden que les cuente mi historia de mi vida, creyendo que se basa solo en caballos y medialunas, pero tú bien sabes que eras tú, mujer, la que reflejabas mi vida. No importan los caballos que entrené y que salieron campeones. En mi vida solo importa mi historia contigo.
Deja un comentario