Y desde entonces 

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Tan caluroso estaba el clima en pleno verano en Concepción, que le daba una pereza enorme caminar los apenas diez metros de distancia entre la casa y la bodega del jardín. Pero no le quedaba opción. Deseaba vender la casa. Bueno, más bien, tenía que vender la casa. Lo trasladarían a Santiago en menos de un mes y estaba en esos arreglos de último minuto antes de la mudanza. Uno de esos arreglos era dar con los planos del lugar para el arquitecto. 

Fuente de Fotografía: Bisabuelo Carlos, y el abuelo Jorge. Parientes de la autora, y quienes inspiraron este escrito.

Entró a la bodega perezosamente. Casi arrastrando los pies con sus sandalias de doble correa y suela de corcho. Entró cuando en realidad no lo había hecho nunca, pues su trabajo como contador le toma la mayor parte del tiempo de sus días y cuando llega a casa por la noche, sólo se limita a tomar una copa de vino, poner un disco viejo de vinilo para escuchar un jazz aún más viejo, y ausentarse del mundo hasta la hora en que el despertador le señala el comienzo de un nuevo día con la misma rutina. 

Como toda temporada de verano, y pese a que el patio del jardín es bastante pequeño, los olores de los vegetales flotaban en el aire. Sin embargo, una vez entrando a la bodega el olor a pasto y bencina era muy intenso, pero extrañamente reconfortante y para nada molesto. El lugar era pequeño, con poco espacio para moverse y nada más que una diminuta ventanita para la ventilación, con una luz escasa y un ambiente lleno de tantas cosas. Herramientas y cajas por sobre todo lo demás. Abrió algunos baúles de mimbres antiguos y polvorientos. Rápidamente sus dedos se pusieron sucios por el polvo. Estaba removiendo carpetas y documentos con la esperanza de hallar prontamente el objeto que lo había llevado hasta ahí y que lo estaba haciendo sudar demasiado debido al sofocante aire que se encerraba. De pronto, un sobre de color café, arrugado, maltrecho y roto en sus bordes debido al maltrato de las muchas manos que debieron pasar por él antes de llegar ahí. Se quedó inmóvil por unos segundos. 
 
Una letra fina y pulcra estaba sobre la parte superior con el título de: «Recuerdos de un hombre viejo». Cayó en la cuenta, incluso mucho antes de leer aquello, que el sobre refería a su abuelo. Vio sus letras escritas muchas veces, pero nunca fueron leídas por él. En ese entonces, era muy joven para interesarse. 
 
¿Qué podría obtener aquel sobre? ¿Y por qué estaba ahí? Estaba hincado sobre sus rodillas, pero se sentó en el piso para estar más cómodo. Lo abrió cuidadosamente para no romperlo más, y, con el mismo cuidado, pero con mayor escepticismo, extrajo una pila de escritos de su interior. 

*** 

Leyó toda la tarde a su abuelo. Y esa tarde lo fue conociendo como nunca pudo hacerlo mientras él estuvo vivo. Augusto no podría describir lo que sentía en aquel momento. Aquel preciso momento eterno en que sus ojos recorrían cada letra, cada palabra y cada línea escrita entre tantas hojas y servilletas de papel. 

Descubrió cosas de su abuelo. Descubrió cosas de sus antepasados. De las generaciones y las personas que lo precedieron. Personas con su sangre, su apellido, su historia. Se dio cuenta que eran su historia. Su historia conformada mucho antes que él viera el mundo por primera vez. Su historia conformada por esas personas que de algún modo u otro trazaron su destino, su vida, su carácter, sus actitudes, sus facciones, su suerte, su humanidad. Su todo. 

Estaba lleno de nuevo conocimiento. Su corazón latía con fuerza con cada verso, con cada nuevo dato revelado. Sus manos estaban sudorosas, pero bien sabía Augusto que no era por el calor, pues su piel estaba erizada como la de una gallina, y, a ratos, todas las revelaciones le causaban una falta de aire tal que sentía que su garganta se achicaba y ya no podría respirar más. Estaba llenándose de datos e información, de recuerdos ajenos, de otra vida, otra época, otra generación. Pero mientras más sabía, más vacío se sentía. Era como si le inyectaran sangre a través de un suero cuyo contenido estaba lleno de vestigios de otros tiempos, pero, al mismo tiempo, otra aguja le extraía todo aquello en conjunto con su vida. Dejándolo sin nada, nada más que un corazón acelerado y un cuerpo de carne y hueso. 

¿Le quedaban emociones? Sí. Sus ojos se habían puesto vidriosos desde la primera palabra que comenzó a leer y se tenía que secar las lágrimas con su camiseta bastante seguido para no mojar las hojas de papel. Estaba sintiendo tanto, y, al mismo tiempo, quedándose con tan poco. Hasta que se estatizó inerte con la espalda sobre la pared de hormigón, con muchos escritos a su alrededor. La mirada fija pero perdida. Miraba, pero no veía nada. 

El impacto de la revelación fue tal que no se dio cuenta de las horas que pasó en ese estado hasta que fue de noche y el teléfono de red fija comenzó a sonar. El sonido fue como un remezón que lo hizo volver a la vida, y como un zombi drogado, volvió al interior de su hogar. 

*** 

El agua tibia escurría por su cabello y rostro y se extendía por todo su cuerpo. Sus ojos estaban cerrados mientras sentía cada ligero chorro de agua que luego se convertía en pequeñas gotas escurridas por toda la piel. Pensaba, y, la verdad, es que lo estaba haciendo mucho. Pero no pensaba exactamente. Más bien imaginaba y empezó a hacerlo con más fuerza y decisión cuando se auto reveló que aquella imaginación lo estaba calmando y transportando. Era como si por vía de todas esas situaciones imaginadas, sanara y recuperara el tiempo perdido. Un mundo paralelo posible, hermoso y reconfortante. 

Se veía como como un adolescente visitando a su abuelo. Pensó que adolescente era una buena opción porque en aquella edad se pueden contar tantas confidencias a un abuelo y preguntar tantas cosas sin el pudor o el miedo que se presenta frente a los padres. Entonces se veía. Un Augusto adolescente visitando muy seguido a su abuelo, compartiendo todas esas cosas que tenían en común. Cosas que en un principio pensaba que solo eran manías de él. Pero que luego de… bueno ya sabía que no eran solo de él. 

Augusto y su abuelo. Su abuelo elegante con pelo cano bien peinado. Camisa y pantalón de gabardina. Sencillo pero elegante. Eso sí sabía que era de él. Del abuelo Jorge. Porque las pocas veces que lo visitó cuando era un pequeño y desordenado rufián, siempre vio, por ese entonces, a su lejano abuelo como un hombre elegante que, incluso aún vestido de la forma más sencilla, comunicaba una elegancia casi aristócrata, pero nada soberbia. Y siempre pensó que aquello debía ser de familia porque su padre siempre le pareció del mismo modo, e incluso, él siempre era considerado de esa forma por sus muchas novias, amigos y colegas de trabajo. Sí, definitivamente, la elegancia estaba en la sangre de la familia. 

La cosa es que se veía sentado en el cuarto de estar con su abuelo, intercambiando opiniones literarias, llevando libros y obteniendo otros a cambio. Todo el ambiente acompañado con sus copitas de vino. Le gustaba mucho el vino y ahora ya sabía que a su abuelo también. Podía observarse contándole a su abuelo sobre su primera polola, su borrachera en la casa de su amigo Carlos, sus ganas de fumar marihuana, y dando la primera bocanada de cigarro con él. A veces, lo regañaba por no ir a las horas médicas de rutinas y podía escucharse decir «¡abuelo tienes que cuidarte, te pido una hora ahora!» .

El abuelo Jorge le enseñaba como hacer vino mientras le relataba todas las elegancias y abundancias con las que vivió y que ahora por su edad encontraba innecesarias, pero que al mismo tiempo se sentía muy orgulloso de ellas. También paseaba con su abuelo por el centro de Santiago, comiendo helados y bebiendo en algún boliche cuando ya contara con edad suficiente para aquello. 

Le pedía consejos sobre mujeres en donde el abuelo era perfecto ya que era muy solicitado cuando era un lolo, no sólo por su riqueza, sino también por su varonil y caballeresco atractivo. Le presentaba a su polola Marta, de dieciocho años, y le preguntaba después qué tal le habría parecido. «Me tiene tan enamorado, abuelo». 

Ahí estaba Augusto. Un Augusto pequeño, luego adolescente, joven, maduro, adulto, casado. Un Augusto en todas las etapas de su vida, pero ya no sólo. No. Ahora siempre y en cada una de ellas, con su abuelo. Uno que con el tiempo también iba envejeciendo, poniéndose más débil mientras el otro se hacía más fuerte. Un abuelo que le daba dulces cuando pequeño y lo llevaba de la mano a la plaza contándole historias de Pinocho y el campo chileno. Un abuelo con un nieto adolescente, contándole cosas de adolescentes. Un abuelo con un nieto universitario, y luego un nieto titulado y adulto. Un abuelo y un nieto. Un abuelo y un nieto. Siempre. Hasta que ese abuelo y ese nieto estaban en la clínica, el primero en sus últimos suspiros, y el segundo con sus primeros sollozos de verdadera impotencia. Un abuelo y un nieto tomándose de la mano, el primero dejando una vida y el segundo despidiéndose de esa vida que también le pertenecía. Un abuelo y un nieto, el primero dentro del ataúd, el segundo en primera fila de la Iglesia mientras se realizaba el velorio. Un abuelo y un nieto, ambos de negro, el primero muerto observando su cuerpo muerto, el segundo no pudiendo mirar ese cuerpo muerto. Un abuelo y un nieto en el cementerio, el primero detrás del segundo que le pone flores y le dice que le extraña. Y después, y siempre después de ese primer después, un nieto visitando a su abuelo en el cementerio con gratitud por todo lo vivido con su abuelo muerto en cuerpo, pero vivo en memoria y sentimientos. 

Todo eso que no existió, Augusto se lo imaginó. Y lo siguió haciendo para llenar ese hueco impotente que la ingrata actitud de los adultos de su casa le quitaron. Ahora sabía que no debía preguntarse por qué. De nada le serviría. Tampoco le servía imaginar, porque al hacerlo podía crear imágenes, pero no las respuestas de su abuelo en todas esas situaciones creadas. Eran solo imágenes mudas. Mudas, pero gratificantes. Y eso bastaba, después de todo lo leído, eso bastaba. Siempre pensó que no podía extrañar lo que no se había tenido. Pero Augusto siempre necesitó una historia. Y ahora la tenía, y como medicación sólo podía crear situaciones en base a esa historia revelada. Y así lo hizo. Y así lo siguió haciendo. 

Una parte de aquella situación imaginada sí podía ser real. 

Un abuelo y un nieto, el primero en el cementerio, el segundo visitando al abuelo en el cementerio con gratitud por la historia entregada, pidiendo perdón por no haberla encontrado antes. Y desde entonces, un abuelo y un nieto, el primero en el cementerio, el segundo visitando al abuelo en el cementerio con gratitud, dejándole flores y contando los acontecimientos de su vida. El abuelo Jorge con sus huesos bajo tierra, pero en espíritu escuchando y abrazando a su nieto Augusto, sonriendo con su presencia elegante. 

Y desde entonces y siempre, un abuelo y un nieto. 

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