Nos perdimos en el laberinto

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Cusco en estos días es una cosa loca. Las calles están repletas de gente. En la Plaza de Armas no cabe un alfiler. La Catedral tiene su escenario, bullicioso, estridente y festivo que contrasta con el silencio y la pasividad interior. Todo el mundo se prepara para el Inti Raymi, la fiesta del orgullo incaico. 

Fiesta del Inti Raymi, Cusco, Perú. 2026
Fuente de Fotografía: CuscoPeru.com

Son las ocho de la mañana y el frío lo siente en sus piernas desnudas. Su amiga está abrigada hasta el cuello, vestida como montañista. Se ve preciosa e imponente con su pañuelo en la cabeza, sus lentes de aviador y su parka inflada de montaña. Esperanza lleva puesto un vestido verde, chaqueta de cuero y botas motoqueras. Llegaron hace tres días a la ciudad y Esperanza sabe que, a pesar del frío de las mañanas y las noches, el calor de la tarde es de primavera. Por la tarde recorrerán San Blas, y no quiere acalorarse.  

No soportan, ninguna de las dos, el olor a cuerpo, cebolla y especies que emanan de los lugareños. La sombra las congela. Las narices les arden. Los olores les queman las vías nasales. Su amiga, Valentina, que además está con la regla, le dice que no aguanta más. Necesita un baño decente, un lugar decente, un poco de calor y comodidad.  

Se levantan de las sillas de plásticos por las que pagaron cinco soles. Se abren camino a duras penas entre el gentío y van a uno de los tantos restaurantes que rodean la Plaza de Armas. Suben, piden pizza y agua. Ven el Inti Raymi desde la comodidad del balcón. Mientras observan y admiran la ceremonia, hablan de sus familias. Sus papás, sus mamás, sus hermanas. Esperanza habla de su casi marido. Valentina habla de su eterna soltería. Su casi marido, sí. Una herida que todavía arde y no cicatriza. 

Ha pasado un año exacto desde que decidieron cancelar el matrimonio y tomar caminos distintos. Ella de 41, él de 38. La diferencia genética es de apenas unos años, pero la diferencia emocional es abismal. Diez años de relación con los tuyos, los míos y los nuestros. Diez años que comenzaron en una noche de discoteque en Ñuñoa, por una invitación a bailar. Los hijos no fueron un problema, nunca tuvo que pasar por ese proceso de ganarse el espacio y evitar ser percibida como la madrina mala. Su suegra, una mujer maravillosa que le tomó gran cariño y amor. Decirle a ella el término de la relación y la cancelación del matrimonio, fue, probablemente, casi igual de difícil que decírselo a él.  

Aún sigue preguntándose cómo fue que llegaron al término. Aún no sabe si se sentía así de antes o, efectivamente, los viajes de Felipe por su nuevo ascenso laboral fueron los que marcaron una distancia que no dejó de crecer. Algo sí tenía claro: no quería casarse para ver a su marido dos veces cada tres semanas. No. Para eso, mejor estar sola. 

La celebración de un matrimonio de un amigo de ambos y luego dos semanas de vacaciones en Europa. Dos semanas felices, llenas de amor, con momentos lindos que quedan en el recuerdo. Sin embargo, toda esa aparente felicidad la abandonaba a primera hora de la mañana cuando se levantaba al baño y lo veía durmiendo plácidamente envuelto en las sábanas; entonces la inundaba una sensación de soledad y vacío. Se caía el telón de la obra y veía a los asistentes guardar la escenografía. Era un golpe en el alma de una feroz y triste realidad. La realidad de estar a miles de kilómetros de distancia, de verse pequeños, tan pequeños y lejos, que eran incapaces de reconocerse.  

¿Qué tienen los hombres que no se dan cuenta? ¿Qué es lo que hay genéticamente en sus cabezas para no entender este tipo de situaciones? Internet le dice que las diferencias estadísticas en la lectura emocional se deben a la interacción compleja entre cromosomas sexuales, niveles hormonales prenatales (como la testosterona) y la educación sociocultural. Todo esto es apenas un torreoncito de arena que hace a los hombres tan distintos a las mujeres. Todo esto es apenas un torreoncito de arena que hace que los hombres piensen y sientan que está todo bien, cuando no lo está en absoluto. Y tuvo que decirlo. Tuvo que ser ella, como buena mujer, quien tomara la difícil decisión y decir la primera palabra. 

Y Felipe, el supuesto hombre, no dio un paso. No objetó, no discutió, no buscó soluciones. Por su trabajo no podía hacer nada. Lo mejor sería tomar caminos separados. Diez años arruinados por el sistema de funcionamiento laboral. El capitalismo dando sus latigazos. Pero, ¿es solo eso? Ella cree que no y cuando empieza a buscar en su laberinto interior y ve luces que le pueden dar las respuestas, da la vuelta de regreso al crepúsculo. Hay iluminaciones que le aterra ver. El miedo de que ella también pudo ser la responsable.  

Un año sanándose, sin hombres, solo masturbaciones tristes, truncadas, eternas y poco placenteras. Los peruanos son feos, dice ella y dice su hija, pero no puede negar y evitar pensar que el guía turístico tiene un atractivo incaico que le atrae, y, en cierto punto, la seduce. Hay miradas y gestos que sugieren que, si ella da la señal clara, podrían pasar la noche juntos. Piensa esos mientras bajan por una de las calles de San Blas y ve su espalda ancha bajo la camisa blanca.  

Esperanza va comiendo un helado y lleva puesto sus lentes de sol. Valentina va a unos diez pasos antes que ella, en paralelo a Cristián, el guía turístico. Levanta la mirada y lo ve. Ve a Felipe, quien también la ve. Se acercan tímidos pero cercanos. Se dan un abrazo tenso que limita entre la distancia y la conocida familiaridad de los cuerpos que ya se conocen hace mucho tiempo. Las preguntas obvias de qué hace cada uno en Cusco, respondidas por las palabras obvias. Risas y bromas sin sentido empujadas por la tensión y el nerviosismo. Quedan en verse en los próximos días. Juntarse a conversar. ¿Conversar de qué? 

Valentina la estaba esperando más abajo, atenta a la situación y las circunstancias y sabiendo sin necesidad que le dijeran de que se trataba del casi marido de su amiga. Pasan unos minutos, que para ambas amigas se hacen eternos. Esperanza la llama, le pide que se acerque. Valentina sube corriendo sin importar la altura ni la falta de aire. La abraza, le acaricia el pelo, le hace nanai. 

Siguen caminando, tomadas de los brazos, como abuelitas. Pasan a tomar un café y Esperanza dice que va a llamar a su hija y su tarotista para contarles de la situación. Lamentablemente, Valentina es una romántica y todo lo ocurrido a su amiga le parece digno de un guion de comedia romántica de Hollywood. Le aconseja que se junten, que, para bien o para mal, ha ocurrido el encuentro. Que se saque la espina de la curiosidad y así pueda tomar una decisión ligera al respecto sin la semilla de la duda. Parece sensato, la verdad, y Esperanza le hace caso. 

Mensaje a Felipe. Se juntarán después de Machu Picchu, en dos días más. 

¿Qué tiene este hombre incaico que duerme ahora en sus sábanas y se las impregna del olor de su cuerpo contenido de aliños y sudor? Quién es no desde el nombre y el apellido, sino desde su historia de vida. Lo que esconden los latidos de su corazón.  

Anoche compartían unas cervezas. Eran ella, Cristián y Valentina que coqueteaba con un francés con el que, al parecer, pasó la noche. Después de unas miradas y varias insinuaciones verbales, caminaron juntos al hotel, donde, apenas llegaron al lobby, comenzaron con los roces corporales. El sexo estuvo lleno de exploración de los cuerpos. Esperanza se preguntó en un momento, y se vuelve a preguntar ahora, cuántas veces Cristián habrá hecho esto con otras turistas. Se niega a sentirse especial, a sentirse la excepción a la regla. Todavía tiene el sabor de su piel en los labios. Con su dedo índice le rodea la tetilla que piensa chupar para despertarlo, y repetir el sexo con el que piensa despedirse.  

Felipe está frente a ella. Desaciado, igual que hace unos días cuando se lo encontró en San Blas. No ha querido pedir alcohol, porque no quiere que se le pasen los tragos y terminar la noche bajo una mala decisión. Da un sorbo a su jugo de piña, mientras lo escucha hablar del trabajo y los viajes que ha estado haciendo en Perú. Le cuenta que sí ha estado con otra mujer, pero que hace solo unas semanas ha terminado con ella porque ha tenido una actitud muy intensa. Le duele. Le duele escuchar que él ha tenido a otra mujer, mientras que ella ha hecho todo un trabajo personal para recuperarse. Ha sido un año muy complejo de terapias, tarot, introspección. Pero los tiempos del hombre nunca son igual a la mujer. Lo sabe, pero aceparlo no es fácil. 

¿Dónde está Felipe? No lo encuentra. Cuando ambos están de frente, están en un laberinto, perdidos cada uno por su lado. Es un laberinto tenue, no escuro; lleno de traspiés, dudas, palabras en el aire y miradas vacías. Dos corazones que bombean sin latir al mismo tiempo, ni hacia la misma dirección. Sus cuerpos se mueven en distintas direcciones, buscando salidas distintas en un mismo laberinto. No hay encuentro, no hay salida juntos. No caminan el uno al lado del otro. Esperanza se da cuenta que no hay esperanza alguna de que vuelvan a estar juntos. Lo peor es que aún lo ama, y amar a alguien que ya no camina contigo, es caminar coja. Estar a la mitad. Después de un año, sigue a la mitad.  

Se despiden sin más. Se esfumaron las pocas esperanzas que había. Después de haber tomado una ducha, acostarse en la cama y repasar cada palabra, cada frase, cada respiración y silencio de la conversación, Esperanza se toca la panza. Lo hicieron sin condón, pero Cristián acabó afuera ambas veces. Piensa que eso no da certeza y desbloquea el teléfono para revisar en qué fase del ciclo menstrual está.  

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