Mi querida amiga,
Los tiempos están aún cada vez más locos. Nadie entiende nada. Incluso creo que las que dicen entender, en verdad, tampoco están entendiendo tanto. Yo estoy en ascuas. ¿Qué mierda es esto de las tradwives, y qué pasó con las girlboss? ¿Por qué nos dejamos influenciar por fantasías impuestas sobre cómo se ve una vida exitosa? Qué huevada más grande. Qué tontas somos.

Te acuerdas que hace unos años era levantarse a las cinco de la mañana, emprender, escalar, ¿ser CEO? Por suerte, nunca me importó. Pero ahora el algoritmo parece bastante más interesado en mostrar a mujeres haciendo pan de masa madre, cinco cabros chicos colgados de una teta y manteles lindos, como el escenario perfecto y feliz. Todo muy cercano a las primeras publicidades de los 50s. Y después veo en el Matinal a una gringa loca (no se me ocurre de qué otra forma caracterizarla), diciendo que hay que darle el voto al hombre de la casa y no sé qué huevada más. ¿Qué pasa?
Lo que veo en la tele, lo que me cuentan mis hermanos y escucho en mujeres que voy conociendo: ¿Qué tiene de malo querer que me mantengan? Y yo me pregunto: ¿acaso quieren volver a la dependencia y a la conquista masculina sobre nuestro pequeño mundo completo y propio?
Y ya me doy vergüenza, pero esto, para variar, es culpa del puto sistema. Mi mamá, sabiendo que no puedo, me dice: «cómpreselo, para eso trabaja». Y claro, le pregunté y me respondió que me lo dice porque ella no podía. Que incluso aunque mi papá le pasa, hasta el día de hoy, toda la administración de la plata, igual no tiene libertad absoluta para comprarse algo sin hacerlo a escondidas, sin justificar el gasto. Mi mamá es la que me ha empujado a ganar un sueldo y a ser destacada para ganar «bien» y no deberle cuentas a nadie. Mi mamá no quiere que dependa de un hombre, pese a que ella ha dependido de un hombre toda la vida y se declara feliz de ello. Pero debe haber otras cosas que mi mamá sabe y no me dice.
Ahora, en cambio, tenemos a estas lolitas de veinte años que quieren ser las mamás de pilates, peluquería, gimnasio y muchos hijos. Y el marido, el infaltable marido exitoso que las mantiene. Quieren volver a hacer de eso, una norma. Pero igual las entiendo…
Para muchas mujeres de generaciones anteriores, nuestra generación, trabajar significaba algo bastante concreto: tener una salida. Realizarse y tener aspiraciones propias. No deberle nada a nadie. ¿Y cómo cresta le pedimos eso a las chiquillas más jóvenes? Arrendar dignamente es imposible. Los sueldos no alcanzan, hay burnout, y cuarenta años de trabajo por delante sin demasiada certeza de qué habrá al final. Estamos llenas de cosas imposibles, del «no llego».
Cuando pienso en eso y reconozco que esa frase soy yo, entonces puedo, medianamente comprender, que toda esta repetida fantasía, ahora llamada tradwives, sea la vía de escape para bajarse de todo eso. Saltarse el sufrimiento latoso de la independencia femenina. La frase «que te mantengan», pasa a ser un alivio. Pero me molesta, me enchucha, que sea tan barato vendernos una salida individual que arreglar la economía que hizo que quisiéramos escapar de ella. Cambia la economía, y cambia la naturaleza y las aspiraciones femeninas. Y terminamos siendo las femeninas, las mujeres, que la economía de turno necesita.
Y esto puede parecer muy loco, pero hace un tiempo tú y yo hablamos de la IA y el desastre que ya está generando en términos de desempleo.
…
¿Es demasiado loco pensar que no es casual que, justo cuando empezamos a preguntarnos si la próxima economía va a necesitar menos trabajadores, reaparezca con tanta fuerza una fantasía femenina construida alrededor de retirarse de la competencia y no ser una de ellos? Vuelve la esposa tradicional. Vuelve el proveedor. Vuelven los roles bien claros y establecidos. Vuelve incluso la religión alrededor de todo eso. ¡Me da terror!
Amiga, tú eres más letreada y entendida que yo, sobre todo de feminismo. Por eso creo que coincides que esto no es una conspiración de Salfate. Más aún, cuando podemos mirar para atrás y confirmar que cada vez que la economía necesitó reorganizar el trabajo, también reorganizó culturalmente la idea de qué debía querer una mujer.
Aquí me tatúo en la mente, en mis neuronas, la palabra resistir. Resistir siempre a lo que el Statu quo nos impone. Claro que una mujer puede elegir quedarse en casa. Imagínate yo, que vivo como monja. Pero no creamos, al menos tú y yo, que nuestros deseos existen por fuera de la época en la que vivimos. Cada vez que un ideal sale, entra uno nuevo por la puerta. Y nos dejamos vestir, porque las mujeres también somos arrogantes. Creemos, con arrogancia y altanería que la idea, cada vez, es nuestra.
Y así estamos. Ahora no es mostrar las tetas en la Alameda (no estoy reduciendo la marcha del 8M a esto), ahora, de hecho, tenemos a una Naya Fácil tapándose hasta el cuello, usando arito de perla, y justificando que así es más respetada. Pobre, encima, no sabe que se ríen de ella. Si hasta Nicole Luli Moreno, cayó en ese estilo. No quiere dar ni un piquito en el reality porque dice que es recatada, como si Chile no tuviera memoria de sus andanzas en las discoteques. ¿Ellas mejoraron o son víctimas de poderes fácticos?
Resistir, resistir, resistir. No nos queda de otra. Y leer, y pensar lo que se lee. Reflexionar lo que se lee y concluir lo que se lee. Ir siempre en esa línea, hacia adelante. Y bueno, trabajar. Construirse, propiamente, sin imposiciones. Ser la resistencia en este mundito de mierda.
*Transcripción de una carta enviada a mi mejor amiga, que vive en el viejo mundo.
Deja un comentario