Mi primera vez con Carlos Droguett: leyendo Patas de perro  

Fecha de publicación

Patas de Perro es un libro que compré hace más de un año porque escuché en muchos lados ese: «hay que leerlo»; y una vez comprado, se quedó en mi librero sin ser abierto. Pero hace unas semanas, volviendo a escuchar aquella frase en un podcast, me animé. Timbré el libro con mi ex libris, y me inserté en la lectura. Lectura, además, debutante. Fue mi primera vez con Carlos Droguett, y fue gozosa, placentera, reflexiva, iluminadora, inolvidable, y estoy segura, que la voy a repetir. Estoy agradecida de haberlo leído, sinceramente. 

Fotografía de Carlos Droguett para su novela: Patas de perro
Fuente de Fotografía: Carcaj.cl

Debo reconocer que durante las primeras páginas necesité ayuda para terminar de comprender todas las capas de la novela. Y es que es una novela exigente. Exigente con el lector. Hay que prestar atención, tener paciencia, apertura de mente, sentido y sensibilidad política y social, y, sobre todo, relectura. Primero para entender, después, una vez tomado el ritmo, para gozar las líneas compuestas por palabras e ideas maravillosas. 

La novela tiene más de cuatrocientas páginas y, sin embargo, no existe un solo capítulo que parezca de transición. No hay páginas que simplemente unan acontecimientos ni diálogos puestos para rellenar espacio. Cada escena mueve la historia, profundiza un personaje o instala una nueva pregunta moral. Es una novela escrita con una precisión admirable y con un ritmo y estilo fenomenal.  

La respiración de Droguett 

Antes incluso de comprender a Bobi, comprendí la escritura. Droguett tiene una prosa que se niega al descanso. Las frases avanzan largas, impulsadas por comas, con muy pocos puntos finales, como si la narración respirara con dificultad. Con dificultad y apuro por narrarse apasionadamente. Esta es una novela apasionada, cuya lectura te exige pulmones. Pero no es solo estilo, es el ritmo de la historia, porque los personajes viven asfixiados por un entorno que nunca les concede tregua, y la escritura de Carlos Droguett reproduce exactamente esa sensación. Todo avanza con una urgencia constante, casi febril, donde la pausa parece ser un privilegio que nadie puede permitirse. Y hay agobio, mucho agobio de sentirse en el margen. 

Bobi no es el monstruo 

Si alguien me preguntara hoy de qué trata Patas de perro, probablemente respondería que trata sobre el miedo y la marginalidad. Las patas son solamente el pretexto. Porque en esta obra lo verdaderamente importante es observar qué hacen los demás cuando aparece alguien que rompe la norma. Aquí se visibiliza una sociedad que le teme a lo nuevo, a lo raro, a lo diferente, e intenta corregirlo, cambiarlo y hacerlo normal. A Bobi todos intentan domesticarlo., explicarlo, curarlo, esconderlo, castigarlo, incluso, eliminarlo. Hay abuso, mucho abuso.

Para la sociedad, la diferencia es una amenaza y querer mostrar esto es un gesto político del autor. Estoy convencida de que Droguett no escribió sobre un cuerpo extraño. Escribió sobre una comunidad incapaz de convivir con aquello que no logra clasificar, exhibiendo lo monstruosa y criminal que es. 

Chile como personaje 

Mientras avanzaba la lectura, empecé a darme cuenta de que ninguno de los personajes estaba construido únicamente como individuo. Cada uno parecía representar una institución: la Iglesia, la familia, la medicina., la escuela, la política, la prensa, las distintas clases sociales. Todos hablan. Todos opinan. Todos creen saber qué hacer con Bobi. Y precisamente ahí aparece una crítica feroz al Chile de mediados del siglo XX, que igualmente me parece que es tan el Chile de hoy. Sí, hemos avanzado desde la apariencia, no desde la profundidad y tenemos mucha mugre acumulada bajo la alfombra.

Pero volviendo a la novela, Patas de Perro expone de manera muy precisa que el poder y el abuso rara vez se ejerce únicamente desde el Estado. También se ejerce desde los colegios, desde el comedor familiar, desde el sermón religioso, desde la consulta médica y desde la mirada cotidiana con la que decidimos quién pertenece y quién no. La exclusión siempre comienza mucho antes de convertirse en ley, y las personas siempre actuamos con extrema soberbia decidiendo cuál es la norma. Las instituciones, aniquilan. 

El cuerpo como territorio político 

Hay otra idea que me acompañó durante toda la lectura: el cuerpo de Bobi deja de pertenecerle muy temprano. A medida que avanza la historia, me pude dar cuenta que todos opinan sobre él, todos intentan definirlo, todos sienten que tienen derecho a intervenirlo. Y mientras más leí y pensaba en eso, más evidente se volvía que las patas de perro son solamente una metáfora. 

Sea una discapacidad, la pobreza, la homosexualidad, la identidad de género, una enfermedad, el color de la piel. Da lo mismo, porque la diferencia nunca tiene un rostro fijo. Lo único permanente es la necesidad que tienen las sociedades de fabricar/corregir un «otro» para confirmar su propia normalidad. Por eso Patas de perro sigue siendo una novela tan contemporánea. Porque seguimos haciendo exactamente lo mismo y nuestros cuerpos son espacios políticos, mayormente no nos pertenecen. 

El cuento del medio pollo 

Hay un momento de la novela que terminó siendo decisivo para mí: la aparición del cuento del medio pollo. Hasta entonces, Bobi había vivido su diferencia únicamente desde el dolor. Pero esa fábula le entrega un lenguaje y una forma distinta de narrarse y le permite darse cuenta a Bobi que la diferencia también puede ser una forma de potencia y no solamente una condena. 

Leer a Droguett 

Carlos Droguett pone en el centro un cuerpo imposible y hace de la diferencia, un conflicto profundamente humano. Enseñándonos que todos aquellos cuerpos que no caben dentro de la norma —por su sexo, por su clase, por su raza, por su identidad o por su diferencia física— terminan enfrentándose al mismo mecanismo: una sociedad que primero los observa con miedo, luego intenta corregirlos y finalmente los expulsa cuando descubre que no puede domesticarlos. Bobi no es solo un personaje, Bobi es todos los excluidos. 

Una novela comunista sin necesidad de proclamas 

También tuve la sensación (y probablemente sea una de las lecturas que más me interesó hacer) de que Bobi mantiene un diálogo constante con la sensibilidad política de Droguett. No creo que sea casual que quien desafía el orden establecido sea precisamente el personaje más vulnerable de la novela. Bobi no solo incomoda porque tiene patas de perro, incomoda porque evidencia la violencia estructural de un sistema que necesita clasificarlo todo para seguir funcionando. Hay momentos donde resulta inevitable pensar que Bobi representa también a todos aquellos sujetos históricos que el poder ha intentado marginar: el pobre, el obrero, el comunista, el diferente, el indeseable. 

Y admiro que Droguett no necesitó escribir consignas políticas. Le bastó con construir un personaje cuya sola existencia pone en crisis el orden entero, y esa es una forma muy poderosa y admirable de hacer literatura política. 

En fin, cuando terminé Patas de perro pensé que la novela nunca trató realmente sobre un niño con patas de perro. Trató sobre nosotros. Sobre nuestra desesperación por clasificar el mundo. Sobre el miedo que sentimos frente a aquello que rompe nuestras categorías. Sobre la facilidad con que confundimos diferencia con amenaza. Y también sobre algo mucho más esperanzador: que toda transformación comienza cuando alguien deja de preguntarse cómo ocultar aquello que lo hace distinto y empieza, simplemente, a habitarlo. 

Deja un comentario

Publicación anterior