¿Por qué haces que me sienta así? Incómoda conmigo misma por ser como soy. Por convertirme en quien me estoy convirtiendo. ¿Qué es lo que te aterra tanto? Yo no tengo que ser un clon tuyo. Se supone que vengo a este mundo a convertirme en yo, no en tú. Pero te asustas, y me castigas, me acortas más la poca cuerda que me das. Me tienes miedo, lo sé. Temes lo que no va contigo. Temes lo diferente. Temes todas las direcciones que no son tuyas. Temes que yo elija todo lo que no es tuyo. Todo lo que es diferente a ti.

No es nada contigo, lo prometo. Solo estoy buscándome, acomodándome en este cuerpo que comienza, muy levemente, a tomar forma de mujer. Este cuerpo mío que comienza a sentir, a desear; sobre todo, a desear. Estoy segura de que a eso también le temes. Ves en mis ojos ese ardor de deseo. Deseo de vivir, explorar, conocer, sentir y experimentar. Deseo de hombres. Deseo de ser tocada y deseada. Deseo de ser besada y penetrada. El deseo de ser mujer.
Y me has aprisionado. Literalmente, me has aprisionado. Todo lo que veo y recorro son las paredes de esta casa inmensa y silenciosa. No puedo, ni tengo, como llamar a nadie. Nadie existe. Lo poco que existía en mi vida, me lo has arrebatado.
A veces no quiero levantarme de la cama. Quiero dormir de día y vivir de noche porque así no veo tu cara, tu rostro que me denigra. Me miras con asco. Ocasionalmente lo logro y cuando no, intento ser un fantasma en tu presencia ya que mi presencia tanto te aborrece y te avergüenza. Y me duele. Me dueles mucho. Me duele esta separación. Me duele que nos separaste. Me duele que me separaste de mí.
Intento recomponerme en este silencio oscuro que es hoy mi cuerpo. Recomponer a esta semi mujer oscura. La estaba encontrando. Me estaba encontrando en este laberinto terrible que es crecer. Estaba a punto de verle la cara y acariciar su sonrisa, hasta que me tomaste del brazo y me tironeaste en dirección contraria. A tu dirección que no es mi dirección. Así que estoy medio muerta y medio viva. Tengo latidos lentos, apenas audibles. Estoy cada vez más oscura.
Me dijiste puta y los tuyos también me dijeron puta. Puta por dar mi primer beso. Puta por tocar mi primer pene. Puta por mojarme por primera vez y por desear por primera vez. Puta por dejar que me masturbaran. Puta por masturbarme. Puta por desear. Puta por ser mujer.
Si ser mujer es ser puta, entonces soy una puta.
He pensado en escapar. En tomar lo necesario, guardarlo en una mochila e irme. Irme donde está él. El primer hombre en mis genitales. El primer hombre en mis tetas y en mis labios. El primer hombre tocando mi cuerpo excitado. Pero temo, no por mí sino por él. Temo porque no confío. Temo porque no confío en él. No se puede confiar en alguien que no ha hecho nada por encontrarme. Entiendo, es un hombre. Ya he entendido que no se puede confiar en un hombre.
Me siento tan oscura. Tan fría. Trémula. Denigrada. Tú y los tuyos me han denigrado. Tú y los tuyos ya no son los míos. Ya no hay míos y ni siquiera me siento mía. Me han quitado de mí. Me has despojado de mí y no me encuentro. Tengo miedo de no encontrarme.
Los días pasan en este asilamiento aislado y yo rezo. Rezo con todas mis fuerzas a un Dios hombre que seguro me crucifica como me estás crucificando tú. Es el hombre el que me despoja y es al hombre al que debo pedirle salvación. ¿Dónde están mis diosas?
Me aferro a la almohada. Paso mi vista por ese cerro por el cual podría escapar. Cierro los ojos y respiro. Voy a buscarme, nuevamente, en la oscuridad.
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