El deseo sin límites del Elogio de la madrastra 

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Creo que Elogio de la madrastra es uno de esos libros que deliberadamente resisten una lectura moral. Vargas Llosa no parece querer decirte qué pensar; quiere incomodarte. Por eso, yo sugiero leerlo desde varias capas. 

Portada del Libro El elogia de la madrastra, de Mario Vargas Llosa
Fuente de Fotografía: El bibliófilo enmascarado.

La primera, y quizás la más evidente, es que el erotismo aparece como una forma de imaginación, no solo como sexualidad. Vargas Llosa toma cuadros, esculturas, referencias mitológicas y religiosas, y las convierte en una prolongación del deseo. El arte no ilustra el sexo, lo expande. Cada pintura funciona como un espejo de los personajes, como si el deseo necesitara recurrir al arte porque el lenguaje cotidiano ya no fuera suficiente para nombrarlo. Ahí está una de las mayores virtudes de la novela donde el erotismo no es explícito por ser explícito; está estetizado. La sensualidad pasa primero por la contemplación. Y eso, la verdad, me encanta. Soy una contempladora. 

La segunda capa es mucho más incómoda porque toma la inocencia como ficción. Fonchito es probablemente uno de los personajes más inquietantes de la literatura latinoamericana. Porque nunca sabemos exactamente dónde termina su inocencia y dónde empieza su manipulación. Vargas Llosa construye un niño que parece comprender demasiado bien el deseo de los adultos y que aprende a intervenir en él. Eso rompe una de las certezas más arraigadas que tenemos: que la infancia es un territorio completamente puro. La novela no afirma que los niños sean perversos; pienso que más bien pone en cuestión la tranquilidad con la que los adultos creemos entenderlos. 

Y esto da paso para una tercera lectura, que a mí me parece central: el deseo como fuerza desestabilizadora. 

He escrito varias veces que el amor suele entrar en conflicto con el orden social. Aquí diría que Vargas Llosa va un paso más allá porque no es el amor el que desordena, sino el deseo. El deseo rompe jerarquías familiares, rompe la moral, rompe la lógica. No reconoce parentescos, edades, convenciones ni instituciones. Es profundamente amoral. Y justamente por eso la novela es tan incómoda, pero no voy a mentir, también muy atractiva. 

También creo que hay una crítica muy fina a la burguesía. La casa de don Rigoberto parece un espacio de refinamiento: arte, música, buena conversación, cultura. Pero debajo de esa superficie sofisticada habitan fantasías, obsesiones y pulsiones que no son distintas de las de cualquier otro ser humano. Es como si Vargas Llosa dijera que la cultura no elimina nuestros impulsos; apenas les da un lenguaje más elegante. 

Ahora bien, no les miento. Terminé de leer y no supe dónde quedé parada. Le envié un audio a mi mejor amiga (quien me recomendó este libro), comentándole que no tenía idea de qué sugiere la novela o qué está justificando Vargas Llosa con lo que ocurre. 

Bueno, luego de pensarlo varios días, creo que no justifica nada. La literatura no siempre propone modelos éticos. Muchas veces explora aquello que resulta moralmente insoportable. Si un novelista solo pudiera escribir personajes moralmente aceptables, la literatura sería muchísimo más pobre. Elogio de la madrastra no es un tratado sobre cómo deberían ser las relaciones humanas, eso está claro. Pienso que es una exploración de los límites del deseo y de las zonas oscuras de la imaginación. 

Comparo esta novela con mis otras lecturas: En Mátate amor vi cómo el cuerpo femenino buscaba volver a habitarse. En Las malas, el cuerpo era identidad y supervivencia. En El amor es un monstruo de Dios, el cuerpo dialogaba con la religión y el deseo. En Elogio a la madrastra, en cambio, el cuerpo se convierte en una obra de arte. No es casual que el libro esté lleno de referencias pictóricas. Vargas Llosa parece preguntarse si el arte no ha sido siempre una forma socialmente aceptada de contemplar aquello que, fuera del museo, nos escandaliza. Ojo igual. He comparado esta obra, de un autor masculino, con obras de autoras mujeres. Aunque no lo creamos, el género pesa mucho en el desarrollo de una obra y sus personajes. 

Por lo demás, creo que Vargas Llosa está haciendo algo muy parecido a Nabokov, pero desde otro lugar. En Lolita, la gran pregunta nunca es «¿está bien lo que hace Humbert Humbert?». La respuesta es evidente. La verdadera pregunta, para mí al menos, siempre fue: ¿cómo un narrador puede intentar convencernos de mirar el mundo desde su perspectiva? El escándalo de la novela, más que la pedofilia, es el poder del lenguaje y la literatura para embellecer lo monstruoso. 

Entonces, con Elogio de la madrastra me pasó algo parecido. No creo que Vargas Llosa quiera erotizar la relación con Fonchito para decirnos que es aceptable. Creo que quiere poner al lector en una posición incómoda dónde el arte, la belleza y el refinamiento pueden hacernos bajar la guardia frente a algo que moralmente rechazamos. 

Y hay una última cosa. En casi todas mis reseñas busco la dimensión política, femenina o social de los libros. Vargas Llosa me puso, obvio, sin saberlo, un desafío distinto. Él no parece interesado en ofrecer una tesis. Le interesa mucho más la belleza de la contradicción humana. Que un personaje pueda ser culto y perverso. Sensible y cruel. Elegante y profundamente transgresor. 

El ser humano nunca es una sola cosa. Incluso rodeados de belleza, de arte y de refinamiento seguimos siendo criaturas atravesadas por el deseo. Y el deseo, a diferencia de la moral, rara vez obedece reglas. 

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