A lo esencial (?) 

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Está, ella y los otros, en un campo seco, en verano, en un cerro. Las cosas son básicas, menos sofisticadas, más auténticas. En medio de esa autenticidad intenta distinguir qué es lo que realmente desea más allá del ruido del trabajo, los proyectos y las expectativas. Este paisaje no exuberante. Seco. La austeridad emocional o de mucha racionalidad le llenan los pulmones de aire. 

Todo es tan confuso. Está sola, con él, tranquila, en calma. Pero también están los otros. Los otros que son el trabajo, los proyectos, las expectativas. Está ella huyendo, intentando rechazar todo aquello. Está él, que representa lo contrario. 

Mujer a caballo en el crepúsculo
Fuente de Fotografía: ShutterStock.

Viste jeans y su torso está desnudo. Se prepara para salir a cabalgar, le pregunta si quiere que le ensille un caballo. La dicha. La dicha que se esfuma con esa voz femenina de la mujer mayor. La mujer llena de preocupación, de tensión de paranoia. 

No, dice la voz. Pero ella, a pesar de sentir su estómago contraerse, la contradice. Verbaliza y responde, con cierto miedo, pero seguridad y valentía, que sí. Sí a esa estabilidad calma. Sí a la paciencia, a una vida más simple, al compromiso entre ella y él y nadie más. Rechazo a la inmediatez. Sí a la construcción a largo plazo. No más sobreprotección, no más prudencia, no más conservadurismo. 

Faltan dos horas para que oscurezca y llegue la noche de verano con sus estrellas, su aire tibio, su silencio animal. Los hermanos aparecen, también a caballo, a completar un paisaje que no les pertenece. Él animal del segundo hermano se descontrola, corcovea. El hermano mayor, que tiene hazaña en estas cosas, intenta calmarlo, pero no lo logra y lo acarrea al corral. El escenario se vuelve confuso. El corral se transforma en un gallinero y ella teme un peligro que no llega. Lo presiente. Dos pastores alemanes pasan por el lado de su caballo y se meten al corral. Se escuchan cacareos, plumas en el aire. Se escucha el asesinato, la carnicera. La muerte está en el aire. Hay mucha sangre. Abrir la puerta equivocada. Dar paso a la invasión. 

El caballo del segundo hermano se tranquiliza y es encerrado. Pierde su energía vital. No hay deseo, ni impulso, ni libertad, ni instintos. El control se ha recuperado. La fuerza ha sido conducida. 

Él la mira, esperando, exigiendo una respuesta con paciencia. 

Ella se da tiempo y demora sus palabras con impaciencia. Necesita comprender profundamente lo que siente antes de comprometerse. Le da miedo una reacción que rompa con lo anhelado y lo idílico de lo que él representa y significa para ella.  

Gira las riendas de su caballo y le da la espalda. No hay enojo, no hay presión por esa respuesta que no llega. Y lo más importante, no hay insistencia, ni manipulación. La decisión es de ella. Lo ve alejarse con los últimos rayos del sol sobre esa espalda que arañó la noche anterior.  

¡Sí! Grita con alegría. ¡Sí! Vuelve a gritar. Sí a esa certeza que no existe aún. Sí a ese entorno que exige trabajo, paciencia y cuidado para que algo crezca. Sí al tiempo, aunque no haya garantías. 

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