¿A quién le pertenecen nuestros días?  

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Mi querida amiga, 

Últimamente he estado pensando mucho en la vida y en la muerte. Pero sobre todo en la muerte. La muerte como un hecho concreto, en un periodo y tiempo determinado. La cuenta regresiva, el fastidioso tic tac del reloj. Ese aviso del inicio del fin. Y la pregunta que me hago y me inquieta: ¿a quién le pertenecen nuestros días? 

Obra: Lamento por Ícaro. (1898) de Herbert Draper que representa la muerte
Obra: Lamento por Ícaro. (1898) de Herbert Draper. Fuente de Fotografía: Culturacolectiva.com

Yo creo que nunca pensamos en eso hasta que la palabra muerte llega a escribirse en el guion de nuestra vida. Hasta que somos conscientes de que estaremos viviendo, entendido con toda la fuerza de su palabra, por un periodo determinado. Vivir, vivir de verdad, con los días que nos quedan como último derecho legítimo. Y legítimo, la palabra legitimo lo complejiza todo. Legítimo debiese ser que mis días me pertenezcan a mí y solo a mí. Que yo pueda hacer con ellos lo que quiera. Que yo decida si quiero terminarlos antes, cuando de una enfermedad se trata (mental o física) o si quiero vivir el tiempo que me queda con todas sus implicancias y consecuencias. Pero no, en gran parte del mundo, lo legitimo me despoja de mi derecho sobre mis días.  

¿A quién le pertenecen nuestros días? 

Al Estado, al gobierno, a la ley. Le pertenecen al sistema político, pero no a mí.  

Si yo soy la única que conoce el peso de mi dolor, de mi deterioro o de mi cansancio de existir, entonces también parecería razonable pensar que los últimos días de mi vida me pertenecen. Mi derecho a ejercer la última expresión de libertad que me queda. Pero es cierto que nuestros días nunca nos pertenecen por completo. También les pertenecen, de alguna manera, a quienes nos aman, a quienes cargan con nuestra ausencia futura y a la memoria que dejaremos en ellos. Así que, creo que también es una discusión sobre el amor. 

El amor y la política, dos elementos que fastidian nuestra vida apenas tenemos un poquito de consciencia del mundo y sus movimientos. Bueno, en todo caso, hay que ser valiente para cometer el fin de la propia vida o decidir por existir y vivir el tiempo que se ha determinado. En ambas hay locura, según yo. Y para las locuras, se necesita mucha valentía. Sobre todo, del corazón. 

*Transcripción de una carta enviada a mi mejor amiga, que vive en el viejo mundo.

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