No entiendo. No entiendo mi masa en este espacio. Escucho tu voz, no sé desde donde. Escucho tu voz hablarme sobre la relación entre el tiempo y el espacio. Y medio que me iluminas y medio que me confundes. Como siempre, desde que nos conocemos. Como siempre, desde que iniciamos nuestra amistad.

Te respondo, entusiasmada, algo ridículo. Me siento ridícula y rara de mi respuesta. Mis palabras dicen, proyectadas en este espacio, que lo mismo que me comentas lo he visto en una película. Una película sobre un boxeador. Veo las imágenes de la película mientras te digo esto, pero son imágenes mezcladas con otras películas y no me queda claro el nombre, ni los personajes, ni los protagonistas. Solo sé que su entrenador era quien le enseñaba al boxeador sobre esto.
Mi hermano me pregunta con quién hablo, y le respondo que contigo.
Y cruzas la puerta del comedor. Porque yo estoy en el comedor de mi casa, con su luz nocturna tenue por la poca iluminación eléctrica. Estás abrigada, a la usanza de la temporada actual de tu región.
Dejas el abrigo en una de las sillas y me preguntas con absoluta naturalidad.
—¿Quién te está preguntado?
Te respondo que quien preguntó es mi hermano. La escena se vuelve cómica porque te escuchaba, no sé desde dónde, y se supone que yo hablaba por teléfono, pero no tengo un teléfono en mi mano, y cuando respondo que eres tú, desde otro lugar, desde una línea de comunicación invisible, apareces como si nada, con todo tu cuerpo y tu masa, en mi comedor.
¿Qué es esto? ¿Qué ocurre?
Juegas conmigo con tus distintas formas de presencia. Estás siempre lejos y cerca al mismo tiempo, ausente y presente a la vez. Me transmites conocimiento, me explicas teorías. Me inspiras, me abres perspectivas. Pero eres tan abstracta, con tus ideas y reflexiones desde la distancia.
Mi perrita, Agustinita, me pide salir y yo anhelo ser parte de ese acto real y tangible. Concreto. Salir de las presencias y las ausencias.
Deja un comentario