Como lectora, y espero que otras lectoras se sientan identificadas, sé que hay escritoras con las que una entra a la primera página y ya se siente en casa. Mercedes Valdivieso no es una de ellas. O, al menos, no para mí. Y puedo decirlo con autoridad porque con esta última novela, ya puedo decir que he leído toda su obra, y que, pese a que lo he gozado, el primer paso siempre ha sido difícil.

He confirmado algo que ya venía sospechando desde hace tiempo: me cuesta entrar en los libros de Valdivieso. Me ocurrió con La brecha, con Maldita yo entre todas las mujeres, La tierra que le di y volvió a pasarme con Las noches y un día.
No creo que sea casualidad. Su escritura exige algo que cada vez practicamos menos, sobre todo en un mundo actual lleno de rapidez, inmediatez, aceleramiento. Hoy nos falta paciencia y paciencia es lo exige Mercedes a sus lectores y lectoras.
Me costó muchísimo conectar con Las noches y un día. También es cierto que la estaba leyendo en días particularmente agotadores, entre el cierre de pendientes antes de mis vacaciones y esa ansiedad previa a salir de viaje donde el cuerpo ya quiere descansar, pero la cabeza sigue trabajando. Sin embargo, incluso considerando eso, creo que Valdivieso siempre me obliga a atravesar una pequeña resistencia antes de dejarme entrar. Me exige, y en esa exigencia, me empuja a ser mejor lectora y confiar en el proceso. Un proceso que, finalmente, lo disfruto muchísimo.
Mercedes Valdivieso: una escritora que nunca deja de pensar
Hay algo que admiro profundamente de Mercedes Valdivieso: nunca escribe únicamente una historia. Siempre está pensando el mundo. Sus novelas están habitadas por mujeres, sí, pero también por preguntas políticas, sociales y filosóficas que aparecen sin convertirse nunca en panfleto. Su escritura tiene una elegancia extraña porque es profundamente intelectual, pero también muy poética. Hay algo onírico en la manera en que construye las escenas y, al mismo tiempo, una enorme precisión para decir exactamente aquello que quiere decir.
Leerla es estar frente a una autora extremadamente consciente de cada palabra que pone sobre la página.
La libertad como obsesión
Mientras avanzaba en la lectura, me di cuenta de que esta novela dialoga con todas las anteriores que he leído de Valdivieso. Hay temas que vuelven una y otra vez. Siempre está presente la mujer intentando encontrar un espacio propio, la discusión permanente sobre qué significa realmente ser libre, la tensión entre pertenecer a un sistema o escapar de él.
En esta novela, Teresa encarna perfectamente ese conflicto. Vive atrapada entre los mandatos sociales y un deseo persistente de otra vida. Pero no es la única. Mateo también parece buscar una salida distinta, aunque ambos descubren que escapar nunca es tan simple como abandonar un lugar porque las verdaderas prisiones suelen viajar con nosotros.
El adulterio, por ejemplo, aparece menos como una transgresión moral que como un intento desesperado de respirar fuera del orden establecido. No es solamente una historia de amor clandestino; es una búsqueda de libertad.
La política también entra a la casa
Uno de los aspectos que más terminé valorando fue la forma en que la novela integra el contexto político chileno. Está ambientada durante la elección presidencial de 1964, cuando Salvador Allende fue derrotado. Pero ese hecho histórico nunca aparece como un simple dato de contexto. Al contrario, la política atraviesa las conversaciones, los vínculos familiares, las relaciones amorosas y la manera en que los personajes imaginan su futuro. Mercedes Valdivieso parece recordarnos algo muy simple y muy vigente: nadie vive completamente al margen de la historia.
Porque sí, lo sabemos. La política también entra a la mesa familiar. También modifica la forma en que amamos. También condiciona las decisiones que creemos íntimas.
Familias que heredan más que apellidos
Otro elemento que me gustó mucho es cómo la autora vuelve a trabajar las raíces familiares. Los personajes no solo cargan con sus decisiones presentes; también cargan con la historia de quienes los precedieron. Las familias aparecen como espacios donde se transmiten maneras de amar, silencios, culpas y expectativas. Y me encanta porque hay algo profundamente chileno en esa construcción. En esas familias conservadoras donde muchas veces el peso de la tradición termina siendo más fuerte que el deseo individual.
¿Qué significan las noches?
Mientras terminaba la novela, empecé a pensar en el título. Quizás las noches representan justamente eso que viven los personajes durante casi todo el libro. Es decir, la incertidumbre, la introspección, la espera, la sensación de estar atrapados entre varias posibilidades sin decidirse por ninguna. Estar en movimiento, con un entorno lleno de movimiento, pero a la vez, estar en pausa.
Y el día… el día parece ser ese instante brevísimo donde todo se vuelve claro. No porque la vida se resuelva. Sino porque, por un momento, comprendemos quiénes somos y qué decisión estamos dispuestos a asumir. A veces un solo día basta para cambiar una existencia entera. Los personajes viven entre sí, durante toda la novela, en la noche, y el final, el desenlace, cuando cada uno de ellos decide sus nuevo destino luego de los resultados de la elección, ven la luz del día. Bonito, ¿no?
Las noches y un día: una novela que pide tiempo
Creo que Las noches y un día no es una novela que uno deba intentar comprender demasiado rápido. Creo, de hecho, que esto se tiene que tener en cuenta para todas las novelas de Mercedes Valdivieso.
Como mencioné anteriormente, sus libros necesitan y merecen tiempo. Y eso, en una época donde todo parece pedir velocidad, termina siendo casi un gesto político. Porque Valdivieso no escribe para entretener. Escribe para pensar e incomodar. Sus novelas nos obligan a salir del ritmo en que vivimos para abrirnos a su escritura y ser consciente de que se está frente a una de las voces más inteligentes, elegantes y lúcidas de la literatura chilena.
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