Trigueña, estatura media, delgada. Ojos marrones, color miel si chocan con la luz del sol. Piel blanca como la leche. Pelo lacio, sin ningún movimiento. Con friz si el día está nublado. No se maquilla, pero tampoco necesita hacerlo. Cuando se delinea los ojos, se siente un poco extraña, rockera y sexy. Su mirada se hace más penetrante, pero ella no lo sabe.

No sabe que incluso cuando estaba con unos kilos de más, era la atracción de los hombres. No lo sabe porque desde pequeña siempre se sintió fea. Pasaba al sol durante todo el verano. Era morena con ese bronceado de playa que algunas mujeres sobre cincuenta años desean con ansias. Pero Maciel no lo deseaba. Se sentía morocha porque todas las niñas de su edad eran, durante todo el año, más blancas que ella. Su pelo castaños adquiría tonos dorados por el extremo sol y el cloro de la piscina. En verdad era lindísima. Una pequeña de diez años, playera, bronceada, con sus dorados y castaños mechones al viento. Era una hermosura, pero ella no lo sabía, no era consciente. Se sentía negra y fea. Sin brillo y encima, demasiado flacucha para llamar la atención de los niños de su edad. Un fantasma de piel semioscura, vagando por el mundo sin gustarle a nadie.
La adolescencia fue una etapa ingrata y triste. Seguía muy delgada, su pecho no se desarrolló lo suficiente y mientras las niñas de su edad comenzaban a tener cuerpo de mujeres grandes y a actuar como tal, Maciel seguía siendo un espárrago.
Encima ese nombre. Sus padres no tuvieron mejor idea que llamarla Maciel. Hasta que no la veían en persona, siempre creían que hablaban con un hombre. En las clínicas y centros de salud pensaban que Maciel era su hermano y luego ponían cara de sorpresa cuando Maciel era Maciel. Más tarde, en cada llamada de oferta bancaria o consulta telefónica, las operadoras confirmaban tres veces que Maciel siguiera siendo ella, la voz joven y femenina que hablaba al otro lado del auricular, porque ese nombre no podía ser el de una mujer y cuando confirmaban decían un: ¡Ah!, en modo de sorpresa. La actitud de Maciel pasó de la vergüenza en sus primeros años de vida, a la enervación de la sangre de la juventud cada vez que ocurría esa impertinencia chilena.
Impertinencia chilena, porque obviamente las personas de su país poco culturalizado no sabían que Maciel también podía ser un nombre de mujer. Eso, al menos, le decían sus papás. Pero una vez que se metió a Google para poder argumentar a quienes le hacían ese detestable comentario, se encontró con algo que la frustró: Maciel, sexo varón. Significado: delgado y muy flaco. Origen latín.
Genial, sus papás siempre encontraban la forma de arruinarle la vida, las emociones, el sentir.
Con los años decidió no hacerse problemas. Su nombre ya le daba igual. Además, la gente le tenía cariño. A los dieciocho fue la primera vez que se dio cuenta de que era un tipo de mujer que le gustaba a los hombres. Una atracción sutil, pero atracción al fin al cabo. A los dieciocho, de hecho, se sintió segura como para interesarse en el sexo opuesto sin salir tan dañada por el desinterés y el amor no correspondido. Ahora existía una posibilidad. Un mínimo de porcentaje de que algún hombre sintiera algo por ella. Hombre, pero chileno, eso sí, porque cuando veraneaba en Viña del Mar y veía la tropa de argentinos en la playa con sus mates, coolers y ese acento que derrite, Maciel se ponía tímida. Prefería no mirar. Qué se va a fijar un argentino en mí, se decía a sí misma. Claro, con milagro, sentía que les gustaba a los chilenos, mucho menos les iba a gustar a los argentinos.
Para añadir un ingrediente a esa ensalada de desesperanza, Maciel se sabía siempre tan sencilla y poco provocativa para los estándares sensuales de la sociedad; usando traje de baño completo cuando todas en la playa usaban bikini en forma de tanga. Ella, esbelta con su traje de baño rojo, se ponía debajo de un quitasol a leer a Borges y Fuguet, sobre todo Fuguet; y allí se quedaba hasta que era la hora del café de la tarde, y se iba a la cafetería del casino Enjoy con sus papás, bien tapada con sus vestidos floreados al tobillo. Femeninos, discretos, de mujer elegante y delicada, como le decía su mamá cuando Maciel se lastimaba, argumentando que nadie se iba a fijar en ella porque no provocaba con la ropa a los hombres. No soy como las otras mujeres de mi edad, mamá. Nadie se fija en mí por ser esa mujer delicada que tú dices.
Pobre Maciel, no se daba cuenta que en verdad era una joya.
A los dieciocho su busto le dio el mensaje de que no seguiría creciendo y que tenía que conformarse con el tamaño de dos limones medianos. Su trasero adquirió el tamaño ideal, ni muy grande ni muy pequeño. Sus proporciones eran sencillas, pero aceptables. Así se decía Maciel cada vez que estaba desnuda frente al espejo, en la intimidad de su habitación.
Para colmo de todo, nunca fue una aficionada de la moda. Mucho menos de la moda de su generación. Vestía vaqueros tradicionales cuando todas usaban pitillos. Ni hablar de petos que mostraran el ombligo, más siempre escocesas, poleras básicas y botas vaqueras. Todo muy de campo. Muy huaso. Muy sencillo. La veías y sabías que era una muchacha de las afueras de la ciudad, no solo por su andar y su simplicidad del trato, sino porque todo en ella irradiaba un aura distinta, tranquilo y cálido. Dulzura.
Y allí fue donde se mantuvo siempre. En su burbuja campesina, armando rompecabezas, pintando con rock de los 60s, leyendo a poetas malditos y novelas románticas históricas. Andando a caballo, empolvándose en el cerro con las cabalgatas, bañándose en la piscina a última hora de la tarde para no volver a estar tan morocha como en su niñez. Todo perfecto y calmo. Sin movimiento. Sin la agitación de la adolescencia, primeros besos y mariposas en el estómago. Sin la agitación de lo que es crecer en la ciudad, con comportamientos establecidos y decididos a seguir para no quedarse fuera de la onda, no ser fome. ¿Qué era ser fome? Fome era mirar el cielo y no hacer nada, pero para Maciel eso era una de las hermosuras del día. Dejarse llevar por el ritmo de la naturaleza, bajo su tacto y su voz. Impagable, supremo.
Su primera borrachera fue en la soledad de su casa, en una de las tantas tardes en que sus papás salían a trabajar. Quería volar, obtener el nirvana, y no se le ocurrió nada mejor que el alcohol para llegar a ese punto. Así que se dirigió al bar situado en el living, tomó una botella de tequila y comenzó a beber. Trago a trago, su cuerpo se fue languideciendo. El peso de las extremidades era fatal y ligero. Se sentía fuera de sí misma, desdoblada y elevada. Miraba al techo con la tranquilidad que te da la muerte serena. Por un momento no se sintió fea, sino simplemente bella y maravillosa, porque así era su alma. Obtuvo una revelación que la despojó de sus achaques e inseguridades superficiales y vio por primera vez la belleza de su ser. Se sacó la estúpida venda que la sociedad y los estereotipos pusieron durante toda su vida sobre sus ojos, llenando su cabeza de auto reproches por su estética y su manera de ser. Se vio finalmente, como todo el mundo la veía: una mujer hermosa por dentro y por fuera, con una autenticidad única e incomparable. Demasiado valiosa para dañarla con algo pasajero del momento y echarlo a perder. Inalcanzable para las vanidades terrenales.
Fue libre, al fin, de la agonía que la apremiaba y no necesitó de ayahuasca como su cantante de rock favorito para conseguirlo. Luego de esa revelación, su seguridad interna aumentó, pero por fuera seguía siendo la misma mujer afable y sencilla porque aquello era parte de su alma. Su ser. Su esencia. Su autenticidad.
Al tiempo ingresó a la universidad y al salir de su burbuja campesina se dio cuenta de lo distinta que era en comparación a las demás chicas de su generación. Le decían que era una huasa pánfila e ignorante. Maciel nunca había tomado el metro, no ubicaba calles ni lugares. Qué iba a saber ella de Springfield, y la otra jerga universitaria del barrio Bellavista. Qué iba a saber Maciel si toda su vida fue a comer a la Bavaria, Los Buenos Aires de Paine, Las Parrilladas Argentinas, El Café Santo -cuando existía aún en el centro y andaba de la mano de su papá-, La Fuente Alemana y el Eladio. Esa era la ruta gastronómica de Maciel. Gastronomía adulta y cara, porque todos esos lugares los visitas cuando tienes sobre veinte y siete años, pero ella iba a todos ellos desde que era una niña. Por eso sus compañeros la llamaban ignorante y la consideraban una niñita bien y pava. No tení calle, le decían; pero Maciel también les pudo haber dicho lo mismo a ellos, que no tenían siquiera conocimiento de cómo llegar al Parque Arauco y confundían la Ford Explorer de su mamá con una Range Rover.
Las mujeres le decían que por qué no se maquillaba, por qué siempre leñadora y polera básica. Cuándo vas a usar un peto, sácate partido, no seas hueona. Por suerte, Maciel nunca les hizo caso y siguió intacta su forma de ser. Le dio lo mismo. Con dieciocho años nadie le iba a venir a cambiar su estilo que tanto le gustaba. Se bancó las pesadeces, las bromas pesadas cargadas de mala onda y tal vez, hasta de envidia, porque si de algo se enteró Maciel es que, a pesar de toda la ola feminista y el amiga yo te creo, las mujeres fuera de las marchas pueden ser bien crueles con su mismo género. Así que, se mantuvo fuerte, no le importó y siguió siendo la misma.
Tampoco iba a andar coqueteando con cualquiera. Ella no era así. Cursó tranquila su primer año universitario, calladita haciendo lo suyo. Rindiendo bien y compartiendo lo justo y necesario. Los profesores le tenían estima y más de alguno le dijo «qué bien se ve hoy, señorita Maciel», ella sonreía con vergüenza modesta, y solo decía «muchas gracias, profesor». Comenzó a notar que las compañeras le tenían envidia, y los compañeros le decían que los profesores le ponían buenas notas de puro calientes que eran con ella.
Así menospreciaban sus capacidades, su intelecto. Porque no puedes destacar si no haces alboroto o andas con el plumero arriba de la cabeza. Si haces las cosas bien y en bajo perfil, entonces algo anda raro, los profesores son calientes, nomás.
Pero Maciel era tan estudiosa, tomaba apuntes como endemoniada y les pedía a los profesores que hicieran una pausa para alcanzar a anotar o, que por favor, repitieran lo dicho. No había clases en que no hiciera apuntes, terminando con el codo acalambrado, los dedos llenos de tinta azul, las hojas llenas de una letra cursiva y rápida y la mente cansada de estar tan enfocada para que nada se le escapara. Sus notas tenían mérito. Mérito de prestar atención, de hacer preguntas, de anotar todo y hacer los trabajos con tiempo. Reconocimiento de no ser presuntuosa con eso. Maciel se moría de ganas de que alguien le pidiera ayuda, de querer enseñar y explicar, pero los muy lesos de sus compañeros y compañeras no tenían interés en ello.
Sin embargo, nada de eso alteró su bienestar interno. Lo que puso en jaque todo otra vez, sucedió en el rendimiento de un examen. El profesor de Historia Contemporánea probaba a los alumnos con un examen oral, sobre los tres temas abordados durante el semestre. Cada estudiante ingresaba solo al salón, eligiendo uno de los tres papeles en cuestión. El académico procedía a hacer las preguntas para saber si el joven había aprendido algo en clases, o solo hacía presencia.
Cuando fue el turno de Maciel, ella se sentó y comenzó a hablar con el académico acerca de mayo del 68. En medio de eso, Maciel miraba de reojo hacia la puerta del salón donde estaban todos los compañeros haciendo señas sobre qué papel elegir. El profesor deja de hablar y le pregunta: ¿qué tanto mira hacia la ventana? Le apuesto que al pololo. Yo no tengo pololo, profesor. ¿Cómo? ¿Tan bonita y sin pololo? Entonces debe ser insoportable.
Dos preguntas y una frase bastaron para dejar a Maciel marcando ocupado.
Lo único que atinó a hacer fue sonreír. Respondió las preguntas del examen lo más enfocada que pudo. Salió de la sala, tomó su mochila y siguió escaleras abajo. Lo demás no lo recuerda, a excepción de esas palabras que la acompañaron durante todo el día, la noche y la semana completa. La vida.
¿Tan bonita y sin pololo? Entonces debe ser insoportable.
Insoportable, insoportable, insoportable. ¿Pero cómo? Si todos me dicen que soy tan simpática. Es verdad, no tengo pololo y tampoco he tenido, y eso que ya voy a cumplir los diecinueve años. Pero no lo sé, simplemente no he encontrado a alguien que me guste o tampoco yo le he gustado a alguien. O tal vez sí, pero no lo suficiente. No lo sé.
Pobrecita Maciel, se te enredó el mundo interno, otra vez.
Maciel sí tuvo interesados, pero todos desistieron antes de la primera cita, es decir, nunca llegó a salir con nadie. Tampoco prestó atención a eso, ni siquiera se paró a pensar nunca el por qué. Pero ahora las cosas tomaban forma, podían tener un significado. Si era tan bonita y tan simpática, por qué no tenía pololo, por qué nadie se había enamorado locamente de ella. Por qué nunca había sentido mariposas en el estómago por alguien o alguien por ella. Ni primer beso. Maciel no le quería decir a nadie, pero a esa edad aún no había dado el primer beso y peor aún, era virgen. Cuando sus compañeras hablaban del tema, ella se hacía la lesa, la que sabía, pero no por eso iba a hablar de esos temas. Cartucha le decían, eres una cartucha.
A lo mejor era cartucha y eso era malo. Bueno para sus papás, pero malo para ella. Quizás los hombres no querían mujeres bonitas, simpáticas, ni cartuchas. Solo mujeres y eso, pero qué era ser solo mujer.
Maciel se empezó a hacer preguntas. Qué cresta pasaba. El almuerzo casi no lo probó. Estoy a dieta, le respondió a su mamá. Se paró de la mesa, dijo que iba a dormir una siesta. Pero no pudo. Puso pestillo, se miró al espejo, se tiró a la cama y colocó la almohada sobre su cabeza. Se dio vuelta. Se puso a llorar, despacio para que no la escucharan. Llorar de impotencia, de rabia, de incomprensión, de no saber un por qué y un cómo, e incluso, un cuándo. ¿Cuándo se volvió insoportable? Si lograba dar con eso, podía llegar a la raíz del problema, indagar en la línea de su pasado y encontrar la solución. Cortar por lo sano, desde la raíz. Pero ¿y si era ella misma? Si ella era la raíz, no se podía cortar ella. No, no, no.
Seis de la tarde y lo que iba a ser su siesta fue un tornado de pensamientos sin solución. Su mamá le golpeó la puerta y le dijo que ya era muy tarde para seguir durmiendo. Maciel fingió voz soñolienta y dijo que ya salía. Se miró al espejo para saber si sus ojos hinchados y llorosos la delataban. Salió de su habitación. Fue al baño, orinó, se lavó las manos, mojó la cara y miró frente al espejo. Nada. No había respuesta. Cuatro palabras la dejaron en un coma emocional.
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Ocho años después, Maciel tenía treinta. Tuvo un par de pololos esporádicos que más que por iniciativa de ellos, fue ella quien empujó cada situación. Nunca fue tan feliz. La primera vez que pololeó fue porque empezaron rumores de que tal vez era lesbiana y la presión la hizo emparejarse rápidamente. Las demás relaciones fueron una seguidilla de convencer su heterosexualidad con los demás y no sentirse tan sola.
Comenzaba a ser exitosa y destacada, pero a veces se sentía en una soledad deprimente. La necesidad de sentir que alguien la necesitara como parte de un mismo ser, el temor de envejecer sin una carne que la deseara y un corazón que la amara le provocaban ciclos de temor nocturno. El desgarro de no tener hijos cuando siempre soñó con una familia grande. La tristeza de no tener a alguien por quien perder la cabeza, dejarlo todo, enloquecer de amor y que lo mismo hicieran por ella.
Maciel tuvo intentos fallidos de enamoramiento y amor verdadero. Dejó de buscar porque se cansó. No quiso más desdicha.
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Cumpleaños número treinta y uno. Casa de sus padres porque seguía viviendo con ellos en el campo. Copa en mano. Torta y velas esperando el soplo de sus deseos.
Maciel bota el aire de sus pulmones y apaga las velas con nada que desear. No más pedir lo de años anteriores. No más encontrar el amor.
¿Tan bonita y sin pololo? Entonces debe ser insoportable.
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