Las hectáreas de Linares 

Fecha de publicación

Luis está de pie en la acera. El sol le da en la nuca fuerte y quemante. Sus ojos tienen la vista fija en el frente. Está inmóvil. Los sonidos del ambiente son inherentes para él. No puede oír los ruidos de la carreta que cruza por delante con frutas para la venta y que se mueve de un lado a otro por los baches del mal camino pavimentado. Mucho menos oye los gritos de venta de un joven que intenta vender sus frutos secos a menos de cincuenta metros de él. Y la gente que cruza de un lado a otro no existe. Nada más está existiendo en ese momento para Luis que aquel muro de adobe, resquebrajado con paja floreciente desde sus extremos de altura. 

Cierra los ojos y suspira… 

Plaza de Linares
Fuente de Fotografía: Diario Linares.

Los inquilinos van de un lado a otro sujetando grandes cuencos de mimbre repletos de uvas. Visten pantalones de tela café, camisas gastadas de lino, ojotas y sombreros de paja maltrechos. Está inclinado observando desde la puerta principal del bodegón de adobe. Un bodegón oscuro y fresco con velas encendidas a lo largo de las paredes. Su vista va desde las personas que pasan a su lado con los canastos de uva, para luego desviarla a uno de los extremos del lugar donde van pasando las botellas de vidrio y una de las trabajadoras las enjuaga y limpia con un paño blanco. Mueve la cabeza en expresión de negación y se rasca la parte baja de la nariz con el dedo índice. No quiere limpiar botellas. Su visión vuelve a virar hacia el fondo donde una puerta más pequeña y, medio abierta, deja entrever una habitación con dos lagares donde tres mujeres por cada uno están con faldas remangadas dando grandes pisoteadas con los pies para moler las uvas de la cosecha. Eso siempre le parece mucho mejor cuando entra al bodegón. Baja la vista a los pies. Levanta las cejas. Y es que, sus medias blancas están impecables y los pantalones limpios como si jamás saliera al campo a jugar – ¡más vale que te duren limpios todo el día, Luis! – Le había dicho la madre con un advertido dedo índice alzado en forma de leve amenaza tan solo veinte minutos antes de salir de la casona grande. Pero recordó entonces que los ojos de la mamá tenían una leve picardía al mirarlo en esos retos de advertencia, como si por detrás de aquello estuviera la fiel intención de que se mantuviera travieso. Además, quizás no espera nunca que Luis pueda cumplir con eso. Para qué preocuparse entonces….  

Luego de esa breve reflexión un tanto práctica, se encoge de hombros y se lanza con ímpetu y diversión a moler las uvas saltando con fuerza una y otra vez. Las inquilinas ríen. Seguro piensan: «Ya se las arreglará el señorito cuando su mamá lo vea mojado de jugo de uva desde los pies hasta el pelo». 

Hijo de un francés que llegó a Chile en 1902. Carlos Lefebvre desembarcó en el puerto de Concepción y se instaló en la ciudad de Linares. Abrió una destilería. La única de aquel lugar, dando al mismo tiempo dio trabajo a muchos de los campesinos que no contaban con uno para obtener ingresos. Compró una gran casona que venía acompañada de ochocientas hectáreas vírgenes. Decidió plantar parras y establecer el negocio del vino local y los alrededores; en poco tiempo se hizo de una gran fortuna que estaba empujada, además, de sus trabajos como arquitecto. Luis es el sexto de ocho hijos. Dos de sus hermanos mayores se dedican a ayudar al padre a cerrar varios negocios del vino y la arquitectura, mientras que las tres hermanas ya están casadas formando familia. Lo sigue Enrique, que sólo cuenta con tres años; y el último aún se encuentra gestando -en aquel entonces- en el vientre de su madre. 

A veces, escucha grandes discusiones entre sus padres y cada vez que suceden uno de los hermanos mayores lo lleva a las tierras del campo a caballo para distraerlo y mantenerlo lejos del encuentro. De algún modo, Carlos es el regalón del hogar. Su aire travieso pero tierno, y sus ojos color verde que cambian (porque aún es así) constantemente a un color verde agua, según el clima. Y su piel tan blanca como la de su progenitor, sufre, hasta el día de hoy, durante todos los veranos debido a sus largas excursiones al sol llegando por las noches enronchado, para encontrarse con su madre mirándolo con ojos autoritarios y amorosos, tomándole la mano para desvestirlo y ponerle algún aceite hidratante. Lo hace en silencio mientras él le cuenta sus expediciones. Ella sonríe al escucharlas y al finalizar le da una palmadita suave en la mejilla, luego un beso en la frente y a la cama tapado hasta el cuello por los edredones. 

Así fueron siempre sus años de niñez en Linares. Así hasta que se fue haciendo mayor y convirtiéndose en testigo de cosas que ahora, siendo más grande, le hubiera gustado no haber visto. Como cuando tenía doce y estaba buscando lagartijas en la pared posterior del despacho de su padre y al mirar por la ventana vio cómo le levantaba la falda a una de las inquilinas y la besaba. Y esa inquilina tenía dos hijos y, de pronto, comprendía la actitud de su madre frente a esos dos niños y por qué le prohibía jugar con ellos. 

Un día de invierno, Luis volvía de cazar unos conejos de los alrededores. Tenía catorce años. Usaba un largo poncho de lana para protegerse del frío y la llovizna que caía esa mañana. A lo lejos, vio a su hermano mayor, Pablo, forcejeando con su padre. Se decían cosas que por la distancia no pudo escuchar. Al verlo ellos a él se detuvieron. Carlos le dio una mirada severa, se arregló el chaleco, se dio la media vuelta y tomó dirección al bodegón de cosechas. Pablo le dijo que arreglara sus maletas. Mañana partirían todos a Santiago. Lleva esos conejos, le dijo, quizás los necesitaremos. 

El viaje fue silencioso. Lo hicieron en carreta. Los conejos les dieron de comer lo suficiente para aguantar el trayecto. En Santiago se hospedaron en un pequeño hogar de dos habitaciones y una cocina. Aquel espacio ni siquiera llegaba a ser del tamaño de la cocina de la casa grande de Linares. La madre había tomado sus joyas para empeñar, pero tendría que buscar un trabajo pronto si quería alimentarlos a todos. Gracias a dios mis hijas ya están casadas, se dijo para sí misma en un susurro que apenas se pudo escuchar. 

Los Lefebvre eran señores en Linares. En la provincia. Pero en la capital no eran nadie y no disponían de contactos que les dieran una mano. En realidad, sí, pero la madre se rehusó a contactarlos, pues no caería bajo en pedir limosna a los amigos y socios de su marido. 

Así, los hermanos comenzaron a buscar trabajos. Enrique ingresó a la Escuela Militar para obtener una carrera ahí y poder prontamente prescindir de los beneficios de servir al país y ayudar, y darle otra forma de seguridad a la familia. Luis buscó trabajo como chofer de los buses de transporte público que había en Santiago y que eran guiados por cables aéreos. Pero la vida en la ciudad era cara, agitada y difícil para alimentar seis bocas. Más de una vez, Luis robó pan y azúcar para llevar al hogar. Nunca estaba seguro si su mamá sabía que él los robaba y no los compraba, pero, sin embargo, siempre le daba una triste sonrisa de agradecimiento mientras le acariciaba la mejilla, al igual que lo hacía cuando finalizaba de untar por todo su cuerpo los aceites humectantes. Se dio cuenta entonces, que era su gesto de agradecimiento. Agradecimientos en aquellos años en Linares por darle esa felicidad por las noches al verlo contento e impermeable de los conflictos de los adultos. Y ahora también era agradecimiento. Agradecimiento por aceptar a la fuerza o no, la situación, y comenzar a cuidar de ella como un hombrecito chico junto a sus hermanos.  

El tiempo fue pasando. Los días y las noches avanzaban en conjunto de las épocas y los años. El frío del invierno, las cálidas primaveras y los sofocantes veranos. Pero ya nada de eso en el campo, sino siempre en Santiago, lejos de Linares, de los pastizales, los animales, el viento con olor a heno; y lejos de las parras, las uvas y las botellas de vidrio. Lejos de ese bodegón donde saltaba para aplastar las cosechas hasta que las extremidades se cansaban, y se apoyaba a un costado en la pared a tomar pequeños sorbos de algún líquido que tuviera a mano.  

En cambio, todo aquello atrás, ya sin la presencia de su padre Carlos. Nunca más supieron de él. Luis fue creciendo y de chofer de bus, pasó a trabajar como junior en una oficina contable. Allí se permitió estudiar Contabilidad, y luego de unos años de estudio, ya trabajaba en el mismo lugar como contador. Llevaba las cuentas de empresas y comerciantes, hasta que pronto el dinero ahorrado le permitió abrir su propia oficina e instalarse en la campestre Gran Avenida, en la comuna de La Cisterna. Comenzó a comprar terrenos y construir casas que posteriormente vendía. También instaló una pollería como pequeño recuerdo de las aves de su lejano, o incluso quizás, ya no hogar, Linares. A veces, se le cruzaba por la mente la pregunta de cómo estaría Linares y su padre, para luego recordar todo lo pasado en la ciudad y la pregunta se esfumaba sin respuesta. Toda la familia prosperó a puro esfuerzo y unión, y todo sin ninguna ayuda de Carlos Lefebvre. Lo único que aún seguían teniendo de él, era su apellido, y eso ya era mucho. 

Después de muchos años, un señor se presentó en la casa de Luis, en Gran Avenida. La aseadora del hogar, Susana, se dirigió al patio trasero donde estaba toda la familia tomando unas copas de vino debajo del parrón. Luego del aviso, Luis se dirigió a la puerta principal y vio en el umbral a quien un día fue su padre. Él, con sus mismos trajes elegantes y el reloj de bolsillo con cadena de oro, todo combinado en conjunto de un elegante sombrero de paño.  

Al ver la perplejidad de su hijo, tomó la palabra. 

-He vendido la casa y la destilería.

Luis seguía en silencio. 

-Vine a decir que volveré a Francia. Sólo pude tener información de donde estabas tú. 

-Al parecer, ha acertado.

Él debió de escuchar los ruidos de las conversaciones y las risas que provenían de la parte trasera de la casa. Miró por encima del hombro de su hijo para luego preguntarle. 

– ¿Puedo pasar? 

Luis suspiró. En la reunión estaban su madre, su esposa, y Enrique, además de su hijo pequeño Jorge, que jugaba lanzándole piedras a los zorzales. Pensó que no podía negarle tal cosa, después de todo él nunca le negó nada. Es cierto que no era una figura paternal muy presente cuando vivían en Linares. Y si bien fue testigo de las peleas, nunca le preguntó a su mamá, ni en esos momentos, ni nunca una vez que se fueron, qué fue lo que produjo su ida de ahí. Él no sabía si guardar rencor por nunca haberlos contactado ni ayudado. Dios sabe qué pasaba, y qué pasó entre ellos. De todos modos, Luis ya era muy adulto y si no tuvo el valor de preguntarlo antes, menos lo haría en ese instante. 

-Bueno, que lo oigan de usted. 

***** 

Expulsa el aire y abre los ojos. Han pasado cinco años desde que su padre Carlos apareció en el umbral de su casa. Al momento de despedirse le dijo que fuera a visitar Linares antes de que todo cambiara demasiado como para poder reconocerlo. Me haré el tiempo, le había contestado.  

Ese tiempo fue un poco demasiado. 

Nada de lo que alguna vez fue su hogar de nacimiento e infancia existía, excepto, aquel bodegón de las cosechas. Las tierras se dividieron en varias partes y se fueron construyendo nuevas casas y edificios donde antes había parras, campo y también, la casa grande. Se instalaron calles en medio de todo eso y ahora esa pared de barro tenía la numeración de Brasil 135. Era todo lo que quedaba. El único vestigio de sus recuerdos. 

Mira a ambos lados antes de cruzar. Se acomoda el sombrero como fiel evidencia de aquellos gestos que cruzan generaciones de una misma sangre. Abre levemente la pesada puerta de madera de roble. El lugar ahora estaba iluminado con electricidad y a lo largo está lleno de mesas con máquinas de coser y costureras que realizan sus trabajos. Una de ellas se le acerca y saluda preguntando si trae alguna ropa que necesita costuras. 

-No solo estaba mirando el lugar. 

-Ah. 

– ¿Hace cuánto están ustedes trabajando aquí? 

-Unos tres años. Esto antes era de un francés. Se hacía vino. ¿Puede creerlo? 

Le sonrío con gran dejo de nostalgia sin poder evitar que se le apretara el estómago. 

-Sí. Sí puedo. 

-Atrás aún se conserva uno de los baúles donde se dice que molían las uvas. Pase a ver, si quiere. 

-Gracias. 

Camina por el pasillo que forman las mesas. El corazón le golpea al ritmo de un tambor en el pecho. Empuja la puerta y ve los lagares. Siente que él mismo se observa desde otra dimensión, de diez años saltando como un loco salpicado de jugo de uva y fermentado. Como una acción de reflejo se quita los zapatos y los calcetines. Se remanga el pantalón de traje de gabardina azul y se mete al barril quedándose parado con la vista perdida en sus pies. Luego de unos segundos, es completamente consciente que no hay uvas. Vuelve a oír el ruido de los pedales de las máquinas de coser y las voces de las mujeres y recuera que, cuando fue durante esa mañana en busca de lo que era su hogar, aquello tampoco estaba. Un nudo se le hace en la garganta extendiéndose hasta las entrañas, estremeciéndose al mismo tiempo que las piernas le flaquean. Sus ojos comienzan a lagrimear. Se coloca de rodillas dentro del largar y comienza a agitarse por el llanto.  

Después de tantos años, sabe, más bien, asume, que definitivamente aquello nunca volverá. Ya nunca más verá otra vez las hermosas hectáreas de Linares, ni como un niño, ni como el adulto que es. Sin darse cuenta, se propuso construir una vida que dentro de la inconsciencia del corazón pensó que lo llevaría a recuperar la otra. Esa que se terminó en el frente del bodegón de las cosechas, con él arriba de la montura del caballo. No fue consciente entonces, ni supo que se acababa, y luego nunca quiso tampoco asumirlo. Pero, esas hectáreas de Linares siguen en su memoria y nadie puede arrebatarlas de ahí.  

Cierra los ojos mientras toma un sorbo de chicha para seguir reviviendo algún pasaje de esos años, para luego volver a llorar por lo que ya no es. 

Deja un comentario

Publicación anterior