Mi querida amiga,
Estuve leyendo dos autoras que me han hecho reflexionar un poco sobre mi situación. Mi situación histórica. Primero leí a Gabriela Wiener, en Huaco Retrato. Un libro precioso que, sin duda, te recomiendo leer. Trata sobre la inmigración, y, más importante, las raíces que nos contradicen. Gabriela es peruana, es chola. Toda su fisonomía, sus facciones, su ser, son de una peruana de tomo y lomo. Pero sus raíces por parte de su padre, esas raíces que le dan un apellido europeo, y la contradicción que esto significa para ella, son la base de la lectura. Gabriela lo sabe todo sobre ese primer antepasado que pisó Perú y que le dio a ella y sus familiares, ese apellido del cual «sentirse orgullosa». El apellido que la salva en Europa antes de que vean su aspecto. La raíz blanca que la purifica.

Es un libro feminista. Un feminismo no blanco. Al leerlo me conmoví y me sentí identificada, y tonta a la vez por sentirme identificada. Siempre he estado en contradicción con mi apellido. Siempre he estado entre el orgullo y el rechazo. El apellido me ha salvado de varias, me ha dado un trato preferencial, me ha subido a un pedestal. Lo francés es superior para gran parte del sistema, y del mundo. Pero no tengo nada que me conecte con Europa. No tengo nada que me conecte con Francia. Podría decirse que mi adicción al cigarro y el vino son costumbres muy francesas, pero me parece una ridiculez entendiendo que, cualquier persona, en cualquier parte del mundo, necesita del tabaco o el alcohol para sobrevivir los días.
En cambio, me siento tan sudamericana. O al menos, quiero sentirme tan sudamericana. Tengo una necesidad terrible de pertenecer a Sudamérica y me angustia de que mis rasgos, mi nombre y mi apellido, me fallen. Cuando viajé a las tierras donde estás viviendo, la gente pensaba que era española, y cuando hilaba buenas palabras en francés, no dudaban de que fuera francesa. Los y las snobs se les hincha el pecho con eso. Yo, en cambio, enfatizo en que soy chilena. Soy una quiltra, como todos y todas en este país.
Pero mis rasgos, mi nombre y mi apellido me fallan. Y un poco te envidio. Envidio tu pelo negro y largo. Envidio que nadie dude que no eres europea. Envidio que crean que eres de la India (me reí mucho cuando me lo comentaste). Envidio a todas quienes son y parecen sudamericanas, cuando yo no. Me acuerdo de que a principio de año leí una trilogía muy linda y emotiva sobre La Quintrala, y en el primer libro, cuando se aborda su adolescencia, ella sufría la misma contradicción: una quiltra de tres razas. Pero eran sus raíces indígenas la que la hacían sentir viva, la que la identificaban. Las que la hacían sentirse y saber el tan importante: yo soy.
¿Por qué querer ser europea? ¿Por qué querer ser mujer blanca? ¿Por qué si tanto ese continente como sus personas han hecho tanto daño a los nativos de la tierra en que nacimos? A veces, siento vergüenza de esas raíces blancas, sobre todo en un país como el nuestro, lleno de racismo, prepotencia, arribismo, clasismo, estupidez de clase y raza.
Pero, en fin, no hay nada que pueda hacer por ello. Porque teñirme el pelo negro y echar cuerpo para tener más caderas sería un disfraz ridículo, necio e ignorante. Sería una apropiación cultural corporal que me llenaría de un profundo pudor.
La otra autora es Mercedez Valdivieso, que creo que te la he recomendado anteriormente. Me gusta que ella siempre aborda el rol de la mujer en su época (que no está tan lejos de hoy). Habla de la opresión de su época, de cómo el matrimonio es una cárcel para las mujeres y expone que el trabajo, la independencia económica, es la liberación para salir de eso. Pero también hace una crítica al sistema económico y de rendimiento. Dice que también es una cárcel, la cárcel del dinero, la deuda y el rendimiento. Así que, básicamente, lo que expone es que una cambia una cárcel por otra, y que mientras una te saca de los límites del matrimonio, al mismo tiempo, te convierte en víctima de un sistema. Es hacer el trato con el diablo. Entregar el alma por un anhelo. El anhelo de ser elegida o el anhelo de ser independiente. Y cuando llego a esas conclusiones, pienso en si realmente las mujeres hemos logrado la capacidad real de tomar las decisiones de nuestras vidas. Yo pienso, a mis treinta años, y me convenzo con mucha fe, de que sí soy yo la que decido mi forma de enfrentar el mundo y de vivirlo. Yo decido lo que uso, lo que visto, lo que pienso, lo que dudo, lo que reflexiono, lo que acepto y lo que niego. Yo decido ser quien soy en este mundo. Yo decido mi vida y como vivirla.
Me convenzo de todo esto. Evitando confirmar que un sistema y un sueldo, son quienes deciden por mí. ¿Logro evadir el sistema? A veces sí, y me siento ganadora. Mayormente no, y me hago la víctima. Ganadora y víctima. Que rico sería ser la victimaria. Victimaria como el sistema. La casa siempre gana y nosotras seguimos apostando, medias contentas por las fichas que acumulamos. Las pocas fichas que acumulamos.
*Transcripción de una carta enviada a mi mejor amiga, que vive en el viejo mundo.
Deja un comentario