El terminal de buses de Barcelona está frío, oscuro, peligroso. Roberta y su madre se bajan del Uber, la primera calma, la segunda con miedo. El lugar es inhóspito, con sensación de peligro, tal cual estuvieran en el terminal de buses de Santiago de Chile, país al que pertenecen.

Antes, estuvieron haciendo la hora en el hotel, porque Claudia, la mamá, no quiso salir a pasear bajo las luces navideñas de la Avenida Gracia. Estuvieron en el lobby del hotel. Roberta miraba a las personas, observaba sus movimientos. Amigas, parejas, amantes, desconocidos; todos disfrutando de la gastronomía, la ebriedad de las bebidas alcohólicas, la atmosfera catalana. Su madre, en cambio, estaba al lado de ella, viendo videos en Instagram. Es la primera vez que la ve contenta con algo desde que llegaron al viejo continente, hace dos noches.
Es el primer viaje juntas, madre e hija. También es el primer viaje de ambas a Europa. Lo venían deseando hace años y Roberta había prometido a Claudia que sería ella quien la invitaría con todo pagado. Así fue. Se pasó todo el 2024 haciendo malabares con tres trabajos, para juntar un dinero robusto, y viajar sin problemas, sin escatimar en gastos.
El viaje en avión las dejó agotadas. Dieciséis horas solo con agua. Vuelo low cost. A Roberta se le hincharon tanto los pies que casi no logró calzarse sus botas vaqueras. Claudia, por su parte, le molestó, e impresionó, ver tanta mujer asiática llegando a Barcelona.
La culpa de todo, la culpa de que su madre esté en un mal mood en este viaje, la tiene la chofer de Uber. Al menos eso piensa Roberta mientras observa a las personas desde el lobby del hotel. La chofer les dijo que debían tener mucho cuidado, que se roba mucho a los turistas, que está lleno de ratones y cucarachas. Paris es feo y te roban los celulares mientras te distraes viendo la Torre Eiffel. Con cada uno de esos detalles, la cara de Claudia iba cambiando de entusiasmo a preocupación y todo lo que anhelaba admirar de Europa se transformó en fastidio.
El Hotel Gracia está ubicado en la calle de lujo de Barcelona, y a pasos de los atractivos turísticos más conocidos de la ciudad. Antiguo, clásico, europeo. Claudia se quejó de lo viejo, miró por todos lados en busca de cucarachas y le desagradó profundamente el desayuno buffet. Recorrieron gran parte de la ciudad a pie, porque tenía terror de tomar transporte público y no quería gastar plata en Uber. No quiso entrar a los atractivos turísticos porque las entradas eran muy caras. Dinero tenían de sobra, entusiasmo maternal, no.
Y ahora están aquí, en este terminal de buses, esperando a un costado de un grupo de rumanas que cuchichean en voz alta sin cesar. Claudia cree que son gitanas, y ladronas, y las mira con cara de espanto y preocupación. También llega un hombre joven, de unos veinte y siete años, vestido de mercenario. El escenario empeora más, porque Claudia se imagina que puede ser testigo y víctima de un atentado.
El bus llega. Son las once de la noche. Todo listo para salir rumbo a Marsella. El chofer es español, al menos alguien hablará la lengua materna de ambas.
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Claudia dijo que se quedaría despierta toda la noche, pero se rindió al sueño sin darse cuenta a las dos horas de viaje, y para cuando están llegando a Marsella, luce inclinada, apoyada en el pecho de su hija, babeándole el abrigo de cuero, y acalambrándole los brazos por sostenerla.
Roberta la despierta para que vea los barcos junto al muelle. Están en piso franco. Se bajan del terminal. La lengua francesa se escucha a todo vapor, no hay una pisca de palabra en español. Roberta saca sus dotes lingüísticos, primero del curso de francés que tomó hace doce años, y luego de todos los podcasts que escucho en francés durante el último tiempo, para estar con entrenamiento de este idioma que no es suyo.
Son las siete y treinta de la mañana y no pueden llegar al Airbnb hasta las once. Toman desayuno en el terminal. Claudia se enmudece. No hay nadie con quien pueda conversar. Comienza a sentirse una invalida, dependiente de su hija hasta para pedir una servilleta.
El terminal es frio, bullicioso, y, sobre todo, sucio. La ciudad no es muy diferente. Marsella es todo edificios viejos, manchados por la humedad y el barro acumulado. Hay calles en todas direcciones. Podría ser Barrio Yungai, pero es Marsella. Es el país franco. Es Europa.
El Airbnb arrendado corresponde al último piso. Sexto. El ascensor les da miedo, prefieren subir las escaleras. Al abrir la puerta con una llave entregada en un candado colgado en una ventana afuera del edificio, se encuentran con un cuarto de no más de veinte metros cuadrados. Pagaron ochenta euros la noche, Claudia dice que es una estafa. Roberta comienza a impacientarse.
Roberta propone salir a conocer la ciudad. Claudia dice estar demasiado cansada, prefiere dormir. Roberta se da una ducha, mientras Claudia pone a calentar el agua para el guatero. La escucha hacer videollamada con su padre. Le comenta que Barcelona no le gustó. En el bus iban puros cochinos. El terminal es horrible, la ciudad también y el Airbnb un desastre. La escucha decir que no lo está pasando bien.
¿Por qué no está feliz con el viaje? Es Europa, ¿por qué no disfrutarlo? Está con ella. Es su viaje de madre e hija que tanto pidió tener. Visitó todos los puntos turísticos de Barcelona, y si no entró es porque no quiso. Comió lo clásico de la comida catalana y se mareo con un Aperol. Se sacó la foto a las afuera de la Sagrada Familia. Coqueteó con el dueño de una cafetería. Están juntas, con buen dinero, en Europa, de vacaciones. Roberta insiste: ¿por qué no está feliz?
Cuando sale del baño, Claudia está cambiando los canales de la televisión. Su cara mide dos metros. Está enojada porque no sabe conectarse al Wifi y no consigue dar con un canal en idioma español. Es la hora de almuerzo, pero no quiere salir a comer, solo quiere dormir.
Se acuestan. Comparten la cama. Roberta está triste. Tiene el corazón apretado y el nudo en la garganta. Está incomoda. No, está decepcionada, dolida. ¿Por qué su mamá lo pasa bien viajando con su hermano y no lo está pasando bien ahora con ella? ¿Será cierto? ¿Será cierto que quiere más a su hermano que a ella? Quizás por eso no lo está pasando bien. Porque está con ella, con Roberta, y no con su hijo regalón, Marcelo.
Se acurruca en la cama. Le da la espalda. La mamá comienza a roncar. Roberta lagrimea, llora en silencio. Piensa en las formas de hablar con su mamá, de tratar de entender qué sucede. Sigue llorando hasta que el sueño le gana, y se duerme con la esperanza de que una vez conversando con ella, podrá hacer algo para que sí lo pase bien y continuar felices el viaje.
Lo que no sabe Roberta es que cuando despierten, su madre dará cualquier excusa y prometerá cambiar su actitud. Viajaran a Cannes, a Niza, a Roma y a Florencia; y en esa última ciudad la madre pedirá cambiar el pasaje y volver a Chile. Roberta se quedará sin Venecia, sin París, sin Países Bajos y sin Bélgica y confirmará que, a veces, es mejor quedarse con la idea de algo.
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