La quiltra

Lee – Recomienda – Relata – Reflexiona

Hay cansancios que no se notan. No hacen ruido. No obligan a detenerse. No provocan una crisis cinematográfica ni una escena dramática bajo la lluvia. Son cansancios silenciosos, sofisticados incluso. Una sigue trabajando, respondiendo correos, asistiendo a reuniones, llegando a tiempo, sosteniendo conversaciones inteligentes. Desde afuera, todo parece funcionar perfectamente. Por dentro algo empieza a desplazarse. 

No sé exactamente cuándo ocurrió. Tal vez fue gradual. Tal vez el cuerpo siempre lo supo antes que yo. Lo único que sé es que, ahora, empiezo a sentir que la vida que he construido es correcta, pero no completamente mía. Como si hubiese pasado demasiado tiempo convirtiéndome en alguien eficiente para el mundo y muy poco preguntándome qué partes de mí están quedando atrás en el proceso. 

Porque sí, he crecido. Muchísimo. 

He aprendido a moverme en espacios complejos, a leer personas, contextos, discursos. He aprendido a sostener proyectos, ideas, equipos, conversaciones difíciles. He aprendido a construir valor. A demostrar constantemente que podía hacer más de lo que se esperaba de mí. 

Y quizás ese es el problema. Hay algo profundamente agotador en transformarse siempre en alguien útil, sobre todo, cuando nadie te enseña qué hacer después con todo ese crecimiento. 

Entonces aparece esta sensación extraña, una incomodidad difícil de nombrar. Una especie de desajuste interno. Como si una parte de mí ya hubiese crecido más rápido que el espacio que hoy habita. Como si siguiera entrando a lugares donde todavía funciono, pero ya no pertenezco del todo. Y no hablo solamente de trabajo. Sería mucho más fácil si fuese solo eso. Hablo también de identidad. 

De la versión de mí que sigue siendo estratégica, resolutiva, fuerte, clara, productiva, mientras otras partes —más sensibles, más creativas, más autorales— aprenden a quedarse en silencio porque no parecen tan útiles para sobrevivir. Pero esas partes no están calladas Aparecen en lugares inesperados. 

En los cuentos que escribo. En las ideas que anoto antes de dormir. En esa necesidad casi física de crear algo que no exista únicamente para cumplir objetivos ajenos. En el deseo de tener una voz propia y no solamente una buena capacidad para interpretar la voz de otros. 

Sé, creo saber, que no estoy atravesando un fracaso. Estoy atravesando una expansión. Pero las expansiones también duelen. Me está doliendo. 

Estoy obligada a mirar de frente todo lo que ya no puedo seguir negociando conmigo misma. La ambigüedad. La espera eterna. Las promesas sin estructura. Los espacios que celebran mi talento mientras postergan indefinidamente mi crecimiento. Tengo momentos, íntimos y muy solitarios, en que dejo de pedirme resistencia y empiezo a pedirte definición. 

Todavía no sé exactamente cómo se ve mi próximo capítulo. No tengo un mapa perfecto ni respuestas brillantes. Pero sí tengo una certeza nueva, incómoda y luminosa al mismo tiempo: ya no quiero una vida donde mi única función sea sostenerlo todo para otros mientras me reduzco a mí misma en el proceso. Supongo que crecer también consiste en eso. En reconocer el momento exacto en que una vida empieza a quedarte estrecha. 

Deja un comentario