La quiltra

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Echa el agua en la taza, estruja el té y abre la botella de whisky escocés echando un chorro abundante de ese líquido que arde en la garganta y calienta las entrañas. Bota la bolsa de té. Sus calcetines de lana limpian el piso con cada paso que da. Le suena una notificación, mensaje de su actual pareja diciéndole que llegará para la cena, que va a comprar un vino rico para compensar. Le responde con un corazón y parte a la biblioteca donde la chimenea está encendida, iluminando tenuemente la sala, en este día oscuro por la lluvia que azota, como todo el año, la ciudad de Edimburgo.

Llevan seis meses viviendo en la ciudad de las calles de ángulos irregulares, del imponente castillo de Edimburgo, de la impresionante arquitectura, de los ciento doce parques húmedos. Ella no quiso quedarse en París, prefirió acompañar a su pareja a la ciudad, ahora conocida por la imprenta de Jamie Fraser, un poco porque siempre quiso conocerla, un poco porque era ilógico esperarlo en París, con viajes intermitentes durante todo un año, temporada que dura el contrato de arquitecto consultor.

Se conocieron en JazzBar Le Duc des Lombards, de París, hace año y medio. Pincharon esa misma noche, ella postergó su pasaje de regreso por unas semanas, y esas semanas se transformaron en meses inconcretos. Su trabajo no era un inconveniente, porque puede teletrabajar desde cualquier parte del mundo, el inconveniente era tomar el riesgo de jugársela, de apostar, de pedir visas y hacer trámites para alargar la estadía legalmente. Es feliz con Bastien, para ser francés, la hace bastante feliz. El choque cultural nunca ha sido problema, porque ella habla francés nativo y sus costumbres de crianza siempre fueron inclinadas a las usanzas europeas. Ella es más cariñosa, claro, más de piel, y Bastien ha aprendido con ella que amor es más que el acento de la lengua materna, y que la llama del erotismo se enciende con actos concretos, aprendió a hablar con el cuerpo.

Mientras se sienta frente a su notebook, piensa que de cena va a preparar un pollo al horno, con papás, alberjas y arroz. Está segura de que Bastien se atrasó un poco a propósito. Hoy están de aniversario y seguro pasará a comprarle un presente de último minuto, con unas flores y algún anillo de plata, sabe que le gusta la plata. El timbre suena, y se pregunta quién puede ser. Su única amiga en Edimburgo es Cristine, compañera del club lectura, y Cristine a esta hora trabaja en la tienda de regalos que está a un costado de las visitas guiadas a las bóvedas embrujadas. Deja la taza de té a un lado y se dirige a abrir la puerta.

Abre, y la imagen la espanta. Vasco está empapado de los pies a la cabeza. Está con el pelo largo, en melena, y la barba crecida. Cuando abrió la puerta, él solo dijo «Hola», y ella se quedó estancada, en silencio, mirándolo fijo. ¿Qué hace ahí? Después de cuánto, ¿dos años? ¿Cómo supo, además, que está viviendo en Edimburgo?

– ¿Puedo pasar?

No, no puede y se lo dice. Lo interroga porque quiere oír la respuesta que cree, va a oír. La que ha esperado por tanto tiempo, la que estuvo esperando tantos meses y que se le olvidó esperar cuando inició su relación con Bastien.

– Andaba por aquí, supe que estás viviendo aquí y pensé en pasar a verte.

– ¿Y por qué ahora?

Vasco no sabe qué decir, un poco por la agresividad del tono en ella y un poco porque él tampoco sabe muy bien por qué ahora, por qué después de tanto tiempo; queriendo escribirle, queriendo encontrarla, es que la está visitando ahora. Ella tampoco entiende la actitud que toma, es el dolor actuando, el dolor del rechazo, de la traición, de la frialdad con la que actuó el hombre que ahora vuelve a tener frente a ella. La cobardía del niño aquel.

– Bueno, eh… Estoy a cinco calles de aquí, en el hotel Mount Royal.

Sin respuesta.

– Me quedo hasta el viernes, por si quieres salir a tomar algo y hablar.

Vasco se da la vuelta, y ella lo queda mirando. Sus extremidades, como antaño con Vasco, se le estremecen y siente ligeros calambres, siente que el corazón se le va a salir por la garganta y mientras, Vasco camina bajo la lluvia, con el estómago apretado y el corazón en la mano, con el peso del lamento en los hombros, con la congoja de las palabras no dichas. Camila cierra la puerta y se apoya en ella. Se queda así, minutos que se le hacen horas. Se pone sus botas de agua y sale a la calle.

Vasco está en su habitación, a pie pelado, pantalones y torso descubierto. Se seca el pelo con una toalla cuando siente que golpean la puerta. La abre y la imagen de Camila se presenta en el umbral.

– ¿Por qué ahora?

– Lo siento, no tuve el valor antes para…

Lo calla con un beso. Vasco hace espacio, la mira, la vuelve a besar y la toma en brazos a modo koala, la apoya en la pared, le pone ambas manos en los glúteos, haciendo memoria de la anatomía. Sin bajarla, la acerca a la cama, la acuesta y le baja las pantys y las bragas. La vuelve a besar. Camila desabrocha el pantalón. Vasco le saca el chaleco cuello de tortuga. A excepción de la falda, que inconscientemente la deja puesta rememorando viejos recuerdos, la deja desnuda y empieza a hacerle el amor. Camila quiere estar arriba, y empieza galoparlo, primero suave y luego rápidamente. Sus caderas se mueven al ritmo de un jinete arriba de un caballo a galope. Las respiraciones de ambos llenan el silencio de la habitación y mutean el repiqueteo de la lluvia. Vasco quiere terminar estando arriba, así que empuja a cambiar de posición. Acaban, exhaustos, maltratados, como toda escena de reencuentro debe terminar, entre sudor y agua de la lluvia.

El agotamiento deja a Vasco boca abajo, al costado del cuerpo de Camila. Alarga la mano y le toca el seno izquierdo, roza con el pulgar la cicatriz de un centímetro que está cerca del pezón.

– ¿Cuándo?

– Hace cuatro meses.

– ¿Benigno?

– Sí.

– Apuesto a que nunca dejaste de fumar, ni por susto.

Camila no le responde. Vasco se incorpora, en la misma posición. Abre un cajón y saca una cajetilla de cigarros con un encendedor. Se los pasa.

– ¿Desde cuándo fumas?

– Son para ti. Voy a subir la calefacción, para seguir viéndote así, desnuda.

Camila se ríe y se dice ser una estúpida. Estar ahí, con el susodicho, haberlo venido a buscar, haberse acostado con él, darse cuenta de la complicidad no perdida, de verlo desnudo y querer volver a hacerlo. Ser una estúpida por admirar con baba ese cuerpo esculpido; ser estúpida por encontrarlo exquisito, con su pelo largo y su barba descuidada. Ser una estúpida por estar ahí, precisamente, en cueros, conservando solo su falda, como una musa dispuesta a ser retratada, como una gata en celo, queriendo ser penetrada.

– Tenemos que hablar, explicarte por qué lo hice.

Mientras tanto, Bastien compra un vino dulce de treinta y cinco dólares y unas flores rojas que llevan una tarjeta de compromiso. Sí, compró un anillo, como lo predijo Camila, pero esta vez no de plata, sino de oro blanco y diamantes. Está dentro de una cajita de terciopelo azul, el color favorito de su futura prometida. Toma un taxi con sus municiones de propuesta de vida. Va camino a jugarse la vida, como todo hombre que se dispone a hacer una propuesta.

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