No quiero levantarme. Hace más frío que la cresta. Estoy con cuatro frazadas de chiporro más el cobertor que también es de chiporro y un pijama de polar. Pero tengo frío. Soy friolenta, no puedo hacer nada al respecto. No tengo idea de qué hora será. Tarde, eso sí. Mi pieza está oscura, aislada de la luz del día y los ruidos porque estoy persiana abajo y puerta cerrada. Tengo hambre. Hambre y sed. Cagué, pienso. Me voy a tener que levantar.
Tengo hambre porque todo lo que consumo es té verde y algo de comida. Estoy a dieta porque estoy gorda. O sea, gorda es exagerar, pero al menos, estoy siete kilos por encima de mi peso normal. Estoy potona, sobre todo potona. No me gusta, pero igual me hago un pan con queso y jamón. Estoy deprimida. Me da lata todo, hasta hacerme este puto pan con queso y jamón me da una lata enorme. Existir se me hace pesado. Que paja vivir. Que paja tener diecinueve y vivir.
Día fome como todos. Estuve todo el día en pijama hasta que llegó la hora de ir al preuniversitario. Aquí estoy aguantando a esta manga de huevones porque no me puedo referir a ellos de otra forma. Son todos zorrones en su último año, haciendo un pequeño resumen de lo que han «aprendido» desde primero a cuarto medio.
Me caen mal y no es que sea resentida. Somos de la misma clase, o al menos, lo que ganan nuestros papás nos definen ser de la misma clase. Esa estupidez pasada de moda, vieja como el hilo negro y extremadamente ridícula, GCU, Gente como Uno.
Me tengo que bancar tres horas en esta sala helada porque hay que estudiar, otra vez. Vivimos en zona de campo y no hay preuniversitarios cerca. Mis papás no tuvieron mejor idea que hablar personalmente con el director de este colegio católico y con estructura campesina para que me aceptaran. Tuve que ir con ellos a la entrevista, con mi mejor pinta de niña buena y forzando tanta felicidad y entusiasmo que después me subí al auto agotada, vacía y con vergüenza. El director se lo creyó todo. Que la educación en casa y que el año sabático. Que no hay mejor colegio que este para que Raquelita retome sus estudios con rapidez. Que sería una tremenda oportunidad para ella, etc, etc, etc.
Así que, aquí estoy desde hace dos semanas aguantando a estos conchas de su madre. Me caen mal. Llegan todos con su felicidad extrema a la clase de las 17 horas. Todos abrigados con sus polar del colegio y algunos más ostentosos con sus The North Face. Yo igual ando con mi The North Face, pero no me creo la raja como estos huevones que se creen los reyes del mundo, con todo a sus pies. El futuro por delante. Los miro y pienso en Por qué los ricos de Los Prisioneros. Tanta plata gastada y tan poca neurona desarrollada. Es cierto que yo no entiendo nada de matematicas, el profesor obeso morvido ya me cachó, pero se hace el larry. Total no me conoce, no le sumo, qué le importa.
Le dicen Gabo y es joven, así que se juguetea con todos. El gordo sabe harto de matemáticas, para qué estamos con cosas. Ahora, igual es su obligación, pero enseña bien. Yo cacho que, si le pusiera empeño, entendería. Pero me da lata y tengo frío. Me cago de frío.
Me quejo por dentro de estar congelándome en esta sala helada. Tanta plata y tienen a los cabros chicos muertos de frío. Si yo fuera mamá de alguno de ellos, ya habría reclamado. Pero las mamás de estos pelotudos no tienen ni idea de lo que sus niñitos hacen. Creen saberlo y así lo dicen en sus tres horas en la peluquería, el mall y el club de golf o en cualquier otra siutiquería de moda. Cuchichean todo los de sus niñitos, pero no tienen ni idea que se van a la esquina a comprar porros y que conocen a las putas de la plaza. No saben que son secos pal pito y las piscolits. Ni mucho menos se imaginan que la millonada que pagan anualmente no incluye encender la calefacción en invierno. O a lo mejor esto último lo saben, pero quieren que luzcan sus The North Face.
Matemáticas pasa sin ningún brillo. Yo no entiendo nada. No me importa. No debería estar acá. Debería estar en mi casa, durmiendo. Haciendo la existencia más agradable, más bacán. Debería estar leyendo y escuchando al Jim y no a este gordo que suda como si fuera en el metro en pleno verano. Veo la temperatura en mi celular. 2° grados, apenas. Pobre gordo. Y eso que lo estoy viendo en invierno, no quiero ni imaginar lo que es tener clases con él en verano.
Lo peor de estas clases son mis recreos. Para mí sería mucho más fácil tener la lata académica de un tirón. Break, porque ahora los recreos son break. Siempre me siento en una silla de madera que hay apoyada en la pared justo afuera de la entrada de la sala, lo que me hace ver a toda la tropa de huevones entrar antes de hacerlo yo.
El primer día de esta cuestión fue raro. Clases de castellano. La profe es una señora de cincuenta y algo, sino sesenta. Simpática como la mayoría de las profes de castellano. Rogué en mi interior que no anunciara mi presencia, pero supongo que nada se podía hacer porque soy la única desconocida en ese grupo de personas que se conocen desde que lo único que sabían hacer, con suerte, era sacarse los mocos. Eso de seguro. La cuestión es que la profe me presentó y todos me miraron, pero nadie dijo nada. Mejor, me dije yo, así no tengo que ser simpática.
Para más remate o solo por el hecho de que la profesora quiso ser agradable después de tanta indiferencia de su alumnado, no se le ocurre nada mejor que encontrar lindo el nombre Raquel. Yo no veo qué hay de lindo en mi nombre que encima, es igual a las dos pesaditas de la tele, arrogantes y new rich de las Argandoña y Calderón. Lo único que hice frente al comentario, fue entregarle una sonrisa muda.
Mis papás saben que lo paso mal en el preuniversitario. Me deprimo. Me agobio. Me siento encerrada. Me hace mal. Entiendo que ellos piensan que es lo mejor para mí, así que no los juzgo, nadie enseña a ser papá y los pobrecitos tienen que lidiar conmigo. Más que conmigo, con mi estado emocional, lo que es peor. No entender a esta chiquilla loca. Qué chucha pasará por su cabeza. En fin, la verdad, un diez para mis viejos que todo lo intentan conmigo. Un diez por ahora, porque nunca es tarde para cagarla.
Al fin de vuelta en mi casa. Tomo avena con leche y azúcar. A estas alturas me parece fome un té verde. Fome y deprimente. Está rico. Mi mamá dice que mi bisabuelo tomaba mucha leche con avena y azúcar. Las similitudes entre las generaciones son hermosas, o en mi caso, malditas.
Estoy con mi mamá en el living con el impecable calor de la bosca. Estamos viendo cualquier estupidez del momento de la televisión chilena, porque en realidad, estamos vagando y conversando de lo lindo. Conversamos cualquier cosa, incluso, lo mal que me caen mis compañeros del preuniversitario. Paciencia, Raquelita, me dice. Total, no los va a ver más. Y es verdad.
Mi mamá cocina rico, si estoy gorda es por culpa de ella más que por mi auto diagnosticada depre. Hizo Kuchen de Nuez y está para comerse cuatro trozos de una. Me aguanto, obvio, y me como uno. Bueno, dos. Pero el segundo no vale porque me lo estoy comiendo de a poco.
Mis días, en general, son bien poco interesantes. No les voy a mentir. Casi siempre estoy en pijama porque no estoy viendo a nadie, ni siquiera, amigas.
Cada vez que me escriben les hago el quite. No tengo ganas. No tengo ganas de verlas porque no me suman. Las he soportado mucho tiempo y la superficialidad que tienen terminó por aburrirme.
Yo era bien sociable. Piola pero sociable. Salía cuando tenía que salir y hablaba con gente de mi edad. Pero no lo sé. Cómo que me aburrí de todo. De las conversaciones vacías. Del interés momentáneo por todo y no valorar nada. Me aburrí que todo fuera desechable, sin sentido, sin valor.
Aparte, Chile está raro.
Lo hemos conversado con mi mamá. La cuestión no va bien. Al gobierno de Sebastián Piñera le está dando todo lo mismo. Una noche, viendo las noticias con mi papá, le dije: siento que a este huevon le da lo mismo todo en este segundo gobierno, viejo. No está ni ahí.
Y es verdad, no le importa nada ni a él ni a su equipo. Según yo, esto es malo. Tengo un lado bien espiritual. Cuando uno tiene malas sensaciones, normalmente tiene la pansa apretada. El estómago siempre habla y las personas se empeñan en pasarlo por alto. Pero a mí me habla más que la pansa. Es una sensación general, de desgaste, de energía, de sentir que algo va a pasar porque hay una voz, más allá. Una voz del corazón, en mi caso es mi corazón hablándome. Y mi corazón dice que algo malo, un remezón, va a pasar.
Guaterito y chanchulín en mi cama. Chanchulín es como le digo con cariño a mi perro. Bueno, el perro de todos en la familia, pero especialmente mío porque él es mi regalón y yo su preferida. Es mañoso como él solo. No pide, exige. Es flojo y le encanta comer Chocapic. De raza es salchicha, o Dachshund si queremos ponernos extranjeros. Lo compramos en una perrería de Gran Avenida. Fue en pleno verano, yo tenía ocho años y ningún animal en casa. Un día de la nada, mi papá dijo: vamos a comprar un perrito. Estábamos en la piscina. Convencimos con un café a mi mamá y no fuimos camino a La Cisterna.
Debo admitir que elegí a Elvis –porque ese es su nombre de pila- por su mancha pigmentada en el pecho. Y también porque es rubio. Ya saben cómo somos los chilenos, no queremos que ni nuestros perros sean negros. Su cola tiene la punta blanca y cada vez que venía el veterinario, que, a propósito, tiene mal aliento, le decía que metió su cola en la leche. Elvis lo miraba no expresando nada. Como que se llevan bien, siento yo. Desde el primer día, son una relación de pura cortesía. A Elvis, como a casi todos los perritos, le cargan las vacunas, antiparasitarios y todo lo demás relacionado con el veterinario, pero siento que él sabe que Guillermo cacha harto y mejor atenderse con alguien que cacha a con alguien que no.
Cuando lolo, Elvis le hacía tributo a su nombre. En alimentación era lo equivalente a un rockstar con las drogas y el alcohol. Comió de todo sin límites y se quedaba con todas las sobras de las comidas, con una pansa tan grande que parecía una pelota de babyfutbol. No había límites para él y nadie se los ponía. Mi mamá me iba a buscar al colegio y cuando yo abría la puerta de la Dodge Ram, Elvis asomaba su boca larga. Se sentaba en el asiento de al medio de la pick up, era suyo y de nadie más porque él tenía que ir viendo el camino y ladrarle a cualquiera si le daba la gana. Después de la primera vez que mi mamá lo llevó a buscarme al colegio, siempre se aseguró de poner el seguro de guagua para las ventanas porque en su debut apretó el interruptor con sus patas y casi se tiró.
Una vez mi papá venía entrando por el camino que da a nuestra casa, y a cincuenta metros ve un perro tomando sol en plena calle. Paró, le abrió la puerta del copiloto sin bajarse él del auto y le dijo: qué andaí haciendo acá, huevon. Le pegó lo que los chilenos llamamos coloquialmente un cachamal y se lo llevó a la casa. Tuvimos que poner una reja a la entrada del canal.
Eso fue un resumen de los años de juventud de mi chanchulín y la verdad es que quedé super corta. Ahora tiene once años, y se le empieza a notar la edad. Ya tuvo una cirugía en uno de sus discos de la columna que se le dañó por las idas que hicimos tantas veces al cerro. Fue hace un año y no sé cómo cresta, pero todas las enfermeras lo amaban y era literalmente, el único animal de ese hospital veterinario que recibía visitas diarias cual persona en una clínica.
Bueno, ahora está acostado a los pies de mi cama, como siempre ha sido desde que llegó. Está en el lado donde le alcanza a llegar el calor de la estufa. Tranquilo, sereno después de años de juerga y con sus tiritones de extremidades que se le han ido acrecentado con la edad. Es como un Parkinson canino que solo se hace visible cuando él duerme.
Yo estoy leyendo El juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón y he llorado varias veces. Supera totalmente La sombra del viento que leí hace un par de meses porque Andrónico Luksic se lo recomendó a un tipo en Twitter. No me arrepiento de haber robado el consejo porque Zafón tiene una pluma exquisita. Lo recomiendo y no quiero contarles más porque sería spoiler. Léanlo nomás, por la cresta, no sean lesos.
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La caruga moja mi pelo. El viento corta mi piel. Me siento en la Antartida, pero estoy en Talagante. Polar, The North Face. Perdón, no lo puedo evitar. Cola de caballo desordenada como mi peinado. Botas de equitación y casco de protección. Otra iniciativa de mis papás para que conozca a gente nueva y me anime. Pero no necesito animarme, necesito sacarme la sensación de que va a quedar la cagada. Va a haber llamas.
Me traen mi caballo. Alto, inalcanzable, peligroso. Me gustan más los de rodeo, esos me dan más confianza, pero ya no vamos al criadero de Catemu, así que me trajeron a la escuela de equitación del club de golf.
Mi entrenador es un ex militar de unos sesenta y cinco años. Bonachón, de esos que te hacen dudar que los militares hayan ocasionado tanto desastre hace algunos años. Igual, de eso yo no opino mucho porque no estuve ahí, no puedo juzgar lo que no vi con mis propios ojos ni muchos menos sentí. Para mi esa no es mi historia, es de quienes la vivieron con sus protagonistas y antagonistas. Que se limen las asperezas ellos.
Quiero saltar las vallas toda la hora de clases, pero este milico pesado me dice que tenemos que ir paso a paso. No entiende que no quiero ir paso a paso. Quiero ir rápido, sentir adrenalina y a lo mejor hasta sacarme la chucha. Sentir por el ardor de mis heridas y la carne viva. Salté veinte minutos y troté otros cuarenta. Mis papás están tirando su plata a la basura.
Café con leche en la cafetería. Mi mamá está hablando con la dueña, cuchicheando: Club de Golf al borde de la quiebra, otra vez.
A dos mesas de mi, hay unas adolescentes de unos dieciséis años. Pelos rubios y largos. Piel blanca, como la mía, aunque mi pelo es castaño y de largo melena. Están hablando de sus fiestas de cumpleaños, diciendo que será mejor que la de una tal Coté Silva. La de ellas tendrá un Foodtruck y no un carro de completo, porque igual el completo o, mejor dicho, Hot Dog, es medio ordinario. Eso dicen ellas, no lo digo yo.
Me pongo a pensar en qué chucha pasa con nuestra sociedad. Como que está podrida. La otra vez fui al centro de Santiago con mi papá, le dije que había una exposición que quería ir a ver al Museo de Bellas Artes. Después de verla, caminamos por todo el centro sin tomar Metro ni Taxi, solo caminar mientras mi papá recordaba sus tiempos y hazañas de lolo ochentero por esas calles. Como que le viene nostalgia, siento yo. Recuerda con cariño, pero recordando que fue hace tantos años y entonces me traspasa esa emoción y me siento como si yo también he vivido muchos años, porque en realidad, hace mucho fue que caminaba tomada de su mano por estas calles camino al Café Santo.
Durante todo el paseo sentí miedo. No por mí, sino por Santiago. Por sus muros, su comercio, su gente. Había algo en el aire. Un burbujeo, una efervescencia. Un sentimiento de disgusto, de estar chatos. Enojados. Molestos. La gente en Chile, pero más en Santiago, sufre y yo me di cuenta más que nunca y me estremecí y mi corazón me habló. Me dijo: Ya viene pronto.
Y ahora estoy en este café y estas cabras no cachan nada. Pero no solo ellas, sus mamás, el milico que me hace clases, la señora que atiende la cafetería y las viejas en la peluquería, no cachan nada. Siguen haciendo sus vidas ausentes de lo que está pasando, de las tiradas de mecha que dice el gobierno.
¿Por qué somos tan prepotentes? Como que estamos desintegrados, creo yo. Y esa desintegración viene por una prepotencia extrema y esa huevada está demasiado enraizada. Es culpa de los españoles, pienso. De ahí que somos tan estirados y miradores en meno. Porque ellos son bien pesados y su pesadez transmitida por la colonización nos hizo huevones. No me equivoco, ¿cierto? Igual, se algo de historia.
Somos tan pillos para unas cosas y tan estúpidos para otras. Miro esos pelos largos y rubios, naturales, y veo a las viejas morenas tiñéndose rubias. Toda culpa de nuestra cultura racista que hace ricas a las peluquerías. La pinta manda, la buena pinta, el pelo rubio. Chucha, pienso. Mi educación fue bien mala y seguro no quedo en ninguna universidad buena con el puntaje que, de seguro, voy a sacar, pero al menos tengo buena pinta, para los estándares raciales imbéciles del país, claro.
Pero ¿y los mechas de clavo? Los del pelo tieso. Están cagados. Han estado cagados siempre, tienen que abrirse el camino a punta de codazos, miradas en menos, discriminaciones y quizás cuánta cosa más. Tomo un sorbo, aliviada por mi buena pinta. Y de pronto, pienso ¿conocerán Plaza de Armas estas chiquillas?
Mi mamá llega. Por suerte, nos vamos pa’ la casa.
En el camino pienso que la gente, cierta sociedad de Chile, la que no es GCU, se acostumbró al abuso. Pero mi corazón me susurra que una sociedad violada y envejecida, puede ser despabilada. Siente miedo, me dice. Y lo sentí más que nunca y vi las llamas del futuro. Me vi frente al televisor viendo las noticias con una cifra borrosa.
¿Qué te pasa, Raquelita? Me dijo mi mamá. No puedo, esta huevada me supera, le respondo.
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