Limpia, de Alia Trabucco, permite mirar el trabajo que sostiene la autonomía de otras personas y la facilidad con que lo dejamos fuera de nuestros relatos de éxito.

Nunca tuvimos en casa a una señora que nos ayudara con los quehaceres diarios. Escribo «señora que nos ayudara», porque la palabra nana me parece violenta, despectiva. Me incomoda, me avergüenza decirla en voz alta. Igual, miento. No con lo segundo, sino con lo primero. Sí tuvimos una señora que nos ayudaba en casa, al menos, hasta que tuve cuatros años. El objetivo era que alguien nos cuidara mientras mis papás salían a pololear.
Mi mamá es una mujer que puede con todo, pero ese todo se limita al hogar. Las cuatro paredes. La familia. Los tres hijos y el marido. Esa era la imagen en mi cabeza de la mujer que puede con todo. No conozco, de cerca, la imagen de la profesional brillante mientras es la madre presente, logra tener la casa impecable, y funcionando. Porque algunas madres de mis amigas, que estudian y trabajan, no calzan ahí. O tienen a alguien que las apoye o son un desastre, intentando cumplir. Y no está mal, cresta, hacen malabares para sostener todo.
Excelente, me parece, ver reconocimiento de mujeres líderes, en cualquier rubro, pero ¿y esa otra mujer que se contrató para cubrir los espacios que la mujer profesional no puede? Esa otra mujer también debería entrar en la historia. Con su nombre, su sueldo y la vida que tiene cuando termina de trabajar.
En Limpia, de Alia Trabucco, esa mujer se llama Estela. Deja a su madre en el sur y llega a Santiago para trabajar en una casa donde permanece siete años, limpiando y criando a una niña. Cubriendo espacios, más bien, cubriendo vacíos de un eje familiar ajeno. Un eje familiar que no le pertenece y reconocerlo perturba. Darle un espacio es un no saber cómo.
La novela trabaja con esa incomodidad. Estamos dentro de la voz de Estela, dependiendo de cómo decide contar, de sus rodeos y sus interrupciones. Podemos desconfiar de ella, discutir sus juicios, querer que avance. Pero tenemos que escucharla. Esa posición de lectora importa porque la mujer que podría pasar inadvertida mientras ordena una habitación termina organizando nuestra experiencia del relato.
Ahora, lo que sucede es que, fuera del libro, somos bastante hábiles para devolverla al margen. Hablamos de la mujer que rompe el techo de cristal y dejamos fuera a la que llegó temprano para cuidar a sus hijos. Celebramos la autonomía económica como si el trabajo doméstico se hubiera evaporado cuando algunas lograron salir de la casa. Qué conveniente. Alguien sigue adentro.
Que una mujer pueda trabajar, estudiar y ganar su propia plata es una conquista que quiero defender. Justamente por eso me cuesta celebrar una libertad que no pregunta por las condiciones de quien la hace posible. Pagar por trabajo doméstico puede abrir autonomía para ambas, eso es cierto, pero también puede permitir que una disponga de su tiempo mientras la otra queda disponible para cualquier cosa, menos para los suyos. ¿La diferencia? Las condiciones concretas y la posibilidad real de decir que no.
Hay una frase que merece sospecha: «es como de la familia». Puede haber cariño, por supuesto. El problema empieza cuando ese cariño sirve para pedir que alguien se quede un rato más, para convertir un favor en obligación o para interpretar un límite como una ingratitud. ¿Desde cuándo querer a alguien significa estar siempre disponible? A las mujeres esa cuenta nos la han cobrado bastante. Qué fácil repetirla cuando toca pagar del otro lado.
Y ojo con transformar esta conversación en otro juicio a las madres. Sería demasiado cómodo señalar a la patrona y dejar al hombre de la casa fuera del problema. No, así no son las cosas. Ese hombre también vive en la casa, también depende del trabajo que allí se hace. Conviene recordarlo antes de volver a discutir únicamente qué mujer se hace cargo.
A mí me inquieta lo rápido que puedo sentirme del lado correcto por leer una novela como esta. Reconocer el clasismo, indignarme, subrayar. Después cerrar el libro y seguir pensando el éxito en términos de cuánto logra hacer una persona. La lectura también pide revisar esa admiración: qué trabajos cuento cuando digo que alguien se hizo sola y cuáles dejo fuera porque ocurren en una cocina.
Estela, además, es un personaje con una voz propia, capaz de incomodar. Leerla solo como la trabajadora sufrida a la que corresponde compadecer sería otra forma de reducirla. Y no, por favor, no caigamos en eso. La literatura, este tipo de literatura, nos permite detenernos en una conciencia que juzga, desea y decide cómo contar. No busca ofrecernos una mujer impecable para que aceptemos prestarle atención. Y menos mal, porque ya nos exigen bastante impecabilidad fuera de los libros.
Por eso la pregunta sobre quién limpia tiene que alcanzar la organización de la vida. Si el trabajo doméstico sigue recayendo en mujeres, contratar a otra puede resolver una urgencia familiar sin cambiar ese reparto. Los hombres conservan su tiempo; las mujeres negocian entre ellas cómo cubrir lo que falta. Eso me indigna, me indigna bastante, la verdad.
Quiero que las mujeres tengamos dinero propio y tiempo para usarlo como se nos dé la gana. También quiero que quien limpia pueda terminar su jornada, irse y tener una vida que no dependa de la buena voluntad de sus empleadores; y por qué no, que la mencionan en alguna entrevista como la persona que: «sin ella, no podría estar logrando este éxito». Porque si para contar la emancipación de una tenemos que borrar a la otra, entonces, tenemos que revisar el relato. La casa no se limpia sola. Y el feminismo debería poder entrar a la cocina sin dejar la clase en la puerta.
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