El Matías me tiene chato con que le dé tanta vueltecita a la huevá de hombre deconstruido. Lo único que quiero es hacerme la piscola tranquilo, y este huevón dale que dale con que tenemos que cuestionar, criticar y, sobre todo, accionar sobre los atributos que hemos aprendido a lo largo de la vida. Y esto último me lo dice con una autoridad académica que hasta me da un poco de rabia.
Sacando el hielo del refrigerador lo escucho decir «¿tu cachai que si no nos deconstruimos se nos va a hacer cada vez más difícil tirarnos a las minas?». Ya me está hartando, cómo se le ocurre decir esa estupidez.
– No seai’ estúpido. Las mujeres siempre van a querer que alguien se las meta.
Igual me quedo pensando un poco mientras revuelvo el vaso. ¿Y si es verdad? ¿Y si cada vez se nos va a hacer más difícil tirarnos a las minas? Igual no debería ser, si están harto más sueltas que antes. Yo las escucho hablar en las juntas que se tiran a uno y a otro. Andan con las trenzas sueltas, como diría mi vieja. A veces, hasta pienso que andan más buenas para el sexo que uno. Y como si fuera poco, ahora, casi todas andan diciendo que son bisexuales. Que prefieren a las mujeres porque se aburrieron de los hombres.
No, imposible. Las mujeres siempre van a necesitar que un hombre se las tire.
Pero puta, el Matías igual tiene un poco de razón. Si ya no se les puede decir ni que están ricas. O sea, sí. Porque les sigue gustando que uno las encuentre ricas. Pero ahora tienes que buscar el momento preciso, decirlo con sutileza, no de una.
Están complicadas las minas. Antes ya era difícil entenderlas, pero bastaba hacerles un regalo, una salida, un buen polvo y listo. Ahora son todo un mundo lleno de feminismo y sororidad. ¿Y qué chucha es la sororidad? Y qué mentira, si cuantas veces yo las he visto y escuchado pelarse entre ellas por cómo andan vestidas, o tratarse de putas porque se cagaron al pololo o le levantaron el pololo a otra. Al menos los hombres, entre nosotros, no hacemos esa cuestión. Pero sí que las tratamos de putas en varias ocasiones, tampoco voy a mentir.
Dejé al Matías tirado. Me aburrió. Que contamine con la deconstrucción a los otros. Yo no estoy para huevadas. Yo estoy esperando a la Carlita, nomás. Puta que mina más rica. Rica y no se anda con huevadas. Quiero puro oler su perfume Chanel, acompañarla mientras se fuma un par de puchos y largarnos a tirar al departamento. Si en el fondo, vine por ella, nomás.
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La Carlita se ríe del Matías. Me mira y yo le doy vuelta a mis ojos para que se de cuenta que me quiero puro ir. Me hace el gesto de un par de tragos más y listo. Le doy una calada a mi cigarro y me voy al balcón. Y me quedo ahí pensando, pensando un poco en todo. Pensando en las mujeres. Pensando en yo como hombre hacia las mujeres. Pensando en mi viejo como hombre hacia las mujeres. Pensando en la Carlita, en que quizás, hasta me quiero casar con ella. No sé cuánto tiempo pasa. Pero en la brisa siento el perfume mezclado con cigarro y alcohol. Me envuelve por detrás con sus brazos largos. Vamos, me dice. Me aburrí.
Y nos vamos.
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Son como las cuatro de la mañana. La Carlita se levanta, completamente desnuda, a fumar en el balcón. Yo estoy más que saciado, así que me deleito observándola. Observando lo elegante que se ve completamente en pelota, fumando en el balcón, a las cuatro de la mañana, sin un ápice de vergüenza. Me gusta eso de ella. Que no tenga vergüenza, no tenga pudor. La Carlita es el fiel ejemplo de lo que una vez dijo Iván Zamorano: «Una mujer debe ser una dama en la vida, pero una puta en la cama».
La Carlita es eso. Yo la puedo llevar con toda seguridad a cualquier lado y nunca me va a dejar mal parado. Pero no es una mojigata, no se va a hacer la puritana. La Carlita me entrega toda su decencia en público, y de repente, de la nada, se me va a acercar al oído a preguntarme lujuriosamente, cuándo pienso levantarle el vestido y penetrarla con furor. Esa huevá me encanta. No se anda con rodeos y me hace saber a todas luces, que el sexo que le doy, le encanta.
¿Y si me deconstruyen a la Carlita? ¿Y si la Carlita se vuelve feminista? Nunca la he escuchado hablar de feminismo. Chucha, como que me asusto un poco.
– ¿Oye, qué opinas del hombre deconstruido?
Se da vuelta y le da una calada al cigarro con una mirada maliciosa. Sus tetas son exquisitas.
Se queda unos segundos en silencio. Da otra calada, exhala el humo.
-¿En serio?
Me hago el huevón. Me doy cuenta que pude meter algo en su cabeza que quizás ni siquiera se le pasaba por la mente. Se acerca.
-¿Quieres ser un hombre deconstruido?
-¿Te gustan deconstruidos?
-No, pero esa soy yo.
-Bueno, pero qué opinas.
-Es complejo.
Cómo que complejo, le pregunto. Y me mira raro, y me pregunta qué cresta me pasa. Le suelto si se haría lesbiana. Se ríe y me contesta si creo que el sexo que acabamos de tener da un indicio que lo pasaría mejor siendo lesbiana. No sé, le respondo. Así como están ahora, ustedes las mujeres, nunca se sabe. Y cómo estamos las mujeres, me pregunta. Cagué, me metí en la boca del lobo.
Igual me la juego. Se quejan por todo, andan con la igualdad de género para todos lados y no se les puede decir que están ricas, le suelto. Medio alterado, hasta me doy cuenta que me escuché un poco desesperado. Y la Carlita se ríe tal como se estaba riendo del Matías.
No se te ocurra poner eso en una historia de Instagram, que te van a funar, me dice y me estampa un beso apasionado. Te calienta que me queje del feminismo, le vuelvo a soltar. Me calienta que intentes entender el feminismo, me responde. Y se sirve al seco un shot de tequila. Me pregunto si alguna vez se va a animar a usar el limón.
Me levanto, la agarro de la cintura y le exijo que me explique. No quiero perderla. Me di cuenta que no quiero perderla. Me di cuenta que no quiero que el estúpido feminismo y sororidad me la arranquen.
-Yo no soy la más indicada para explicarte el feminismo.
Le vuelvo a exigir.
-¿Te asusta el feminismo?
Me quedo callado, soy huevón, pero no tanto.
-Lo que pasa es que a los hombres les asusta que las mujeres dejemos de necesitarlos, pero lo que realmente ocurre, es que ustedes siempre son los que nos han necesitado a nosotras, y el patriarcado es una forma de retener esa necesidad, hacerla propia. Es como apropiarse de las capacidades de las mujeres, capacidades que son, a la vez, necesidades de ustedes, ¿cachai?
No caché ni una huevada, obvio. Debí de poner cara de estúpido, porque la Carlita me siguió explicando.
Obvio que me puedo hacer lesbiana, me suelta. Y quedo petrificado. Y me enerve la sangre como sigue su discurso. Mira, me dice. Yo puedo ir a un SexShop, comprarme un buen consolador, del tamaño que quiero y darme placer, y encima, darme placer con una mujer. Para lo único que te necesitaría, para lo único que necesitaría a un hombre, biológicamente hablando, es para obtener un esperma y poder tener un hijo. ¿Vas entendiendo?
¿Acaso la Carlita no está conforme con el tamaño de mi pene y el placer que le doy? La suelto, me enojé. Y me enoja más que ella ni se inmute a mi enojo.
-Anda a acostarte con una lesbiana, entonces.
Me irrito.
-No, me encanta el sexo que tenemos. Me encanta que no seas deconstruido.
-Entonces no eres feminista.
-¿Querido, te das cuenta que así como yo necesito que seas tú quién me prepare el desayuno en un par de horas, porque estoy exhausta, el día de mañana tú lo necesitarás de mi?
-Sí. Le respondo. Es una reflexión básica, pienso para mis adentros.
-¿Y te das cuenta que así como tu quieres un sueldo y un trato correspondiente a tus capacidades, yo también lo deseo? Así como independencia económica, igualdad de oportunidades, etc.
-Sí, y yo siempre te he apoyado a taparle la boca a todos los huevones que dicen que eres una hippie loca. Y miro como perro a los hueones de tu trabajo que intentan ridiculizarte.
Me sonríe, me pone los brazos al rededor del cuello y siento los pezones de sus tetas en mi piel. Me penetra la mirada con sus ojos marrones.
-¿Y te das cuenta, que un buen polvo yo te lo doy tanto, como tu me lo das a mi? Y que sin mi voluntad de calentura hacia ti, los revolcones no pasarían.
Me pongo tenso. Ella lo nota.
-Si querido, porque este Tango es de a dos. Y no tienes que ser un hombre deconstruido para entenderlo.
Nos cogimos espalda en la pared. Sí. Nos cogimos, porque somos un equipo, esto es de a dos. No puedo evitar sonreír para mis adentros mientras revuelvo el huevo en la sartén. La Carlita está toda desaliñada envuelta en sábanas. La sacié y ella me sació. Nos saciamos.
El Matías no cacha ni una huevá. Pobre huevón. Pobres los huevones que no cachan nada. No seré un pelotudo deconstruido, pero sé bien que con las mujeres la cosa va de igual a igual. Y que se tiren a los huevones que quieran, que se vistan como quieran, que se hagan lesbianas. Que anden con las tetas al aire en la Alameda. A mi no me importa. A mi no me acomplejan ni me intimidan. Además, tengo a la Carlita, que me entiende tanto como yo la entiendo a ella. Tengo a la Carlita que me deja hacerla de mi propiedad a voluntad de ella. Tengo a la Carlita que me aclara la película si la huevá se me acompleja.
Tengo a la Carlita, que aunque ella me diga que no, le encanta que yo la proteja y haga ver que es mía. Tengo a la Carlita, que tiene ojos sólo para mi y yo decidí tener ojos sólo para ella. Tengo a la Carlita que es una mina exquisita.
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Va saliendo de mi departamento, y mientras espera el ascensor la quedo mirando desde el umbral de mi puerta. Te ves exquisita con esos pantalones. Se ríe. Lo sé, por eso me los puse, me dice.
Sé que se los puso para ella, pero que rico que los puedo gozar para mi y soy yo quien se los desabrocha.
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