Leer El amor es un monstruo de Dios de Luciana De Luca me dejó con una sensación super difícil de nombrar.No porque el libro sea confuso, sino porque es de esas lecturas con temáticas que una ya he transitado antes (el amor, la familia, la herencia emocional), pero no desde estas formas. Y eso, justamente, fue lo que más me maravilló.
El amor empieza en la madre (y en la herida)
La novela abre con algo muy potente: el amor de madre. Pero no como un lugar cálido o seguro, sino como un territorio complejo, ambiguo y muy doloroso. Hay una conciencia muy clara del ciclo generacional: cómo una generación nace, crece, repite, hereda, y vuelve a comenzar en otra. Ese movimiento circular está presente desde el inicio, y se ve como una condena. Y en medio de eso, aparece una decisión brutal de la protagonista: querer cortar con ese ciclo. Cuando leí aquel párrafo, me maravillé.
No repetir. No heredar. No continuar; la forma en que lo dice es fuerte. Y lo que la impulsa también: no quiere convertirse en su madre, no quiere repetir esos patrones, esa forma de amar o de no amar, que la marca. Porque hay algo muy claro en la novela:
no sentirse querida, no sentirse suficiente para una madre, deja una marca profunda.
Una marca que no desaparece, más bien se transforma.
La familia al revés
Me pareció especialmente interesante cómo la novela invierte los roles tradicionales. La madre es dura, distante, casi violenta. Es la que caza, la que manda, la que impone, es lo que culturalmente asociamos a lo masculino. Y el padre, en cambio, es sensible, es cariñoso dentro de lo que puede. Enseña, acompaña, y también está sometido. Sometido por su mujer.
Esa inversión no es solo un recurso narrativo. Me parece que es una forma de mostrar que los roles no son naturales, son construidos. Y que cuando se desordenan, dejan ver con más claridad sus tensiones. La familia, en ese sentido, es profundamente disfuncional, lo que la hace ser profundamente humana.
Las moscas (una posible lectura)
Hay un elemento que aparece al inicio y que desconcierta: las moscas. Si tuviera que proponer una lectura (sin cerrarla) diría que las moscas funcionan como una imagen de lo que insiste, de lo que no se puede limpiar del todo. Las moscas están donde hay descomposición, donde algo se pudre, donde algo no ha sido resuelto. En ese sentido, podrían leerse como la incomodidad constante, la herencia emocional que no desaparece y lo que vuelve una y otra vez aunque intentemos ignorarlo. Es decir, la protagonista y la familia, pero no necesariamente «algo» concreto, sino más bien una atmósfera;
la sensación de que hay algo en esa familia, «en ese amor» que no está del todo sano y no hace del todo bien, o quizás, nada de bien.
Dios, el amor y el monstruo
La religión atraviesa toda la novela. Y ahí aparece una de las ideas más interesantes del libro, y la razón por la que lo compré: ¿por qué el amor sería un monstruo de Dios?
En la tradición cristiana, el amor de Dios es absoluto, puro, salvador. Pero la protagonista descubre algo distinto: que el amor humano, ese que también se vive bajo la mirada de Dios, es profundamente contradictorio. Cuando ella entra en contacto con este mundo religioso que aparece en la escena, aparece también una tensión constante. El deseo, el cuerpo, el goce, y la culpa
Siempre está la pregunta: ¿qué pensaría Dios de esto? Y entonces el amor se vuelve doble, porque por un lado, maravilloso, luminoso, pero por otro, es doloroso, restrictivo y culposo. Y ahí el título empieza a tener sentido: el amor puede ser lo más hermoso, pero también lo más destructivo. Un monstruo.
El cuerpo, el juicio y la mirada de los otros
Hay algo muy bien logrado en cómo la novela aborda el juicio social. Especialmente desde el cuerpo. La protagonista experimenta cómo es ser mirada, evaluada, opinada. Cómo el cuerpo femenino se convierte en un territorio público. Y eso duele. Porque no es solo lo que otros dicen, sino cómo esas miradas se internalizan, y la rompen, la insegurizan, la hacen diferente, estar al margen.
El verano, el invierno y el amor
Uno de los aspectos más hermosos del libro es cómo relaciona el amor con las estaciones. El verano es el goce, el cuerpo, la expansión y el deseo. El invierno, en cambio, es la pérdida, la dureza, la tristeza, lo marchito. Cuando la relación amorosa comienza, todo es verano, pero cuando se rompe, el invierno llega. Y esa transición no es solo externa. Es completamente interna. El cuerpo de la protagonista y su estado de ánimo, también cambia de estación.
Una primera lectura que abre puertas
Es la primera vez que leo a Luciana De Luca, y me dejó con muchas ganas de seguir leyéndola. El amor es un monstruo de Dios, es una novela breve, se lee rápido, pero deja muchas capas abiertas. No es un libro que se agote en la lectura. Que demuestra que los pueblos son una casa grande, con muchas puertas, con muchas ventanas. Un libro donde lo gótico existe, la poesía está con fuerza, el amor se hace doler y también se hace vivir. Es un libro donde se escribe con desprejuicio, lo horrible se escribe sin miedo y con mucha imperfección.
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