La quiltra

Lee – Recomienda – Relata – Reflexiona

Terminé El monte de las furias hace apenas unos días y todavía sigo con esa sensación extraña que dejan ciertos libros, y que es la de haber estado habitando un lugar más que leyendo una historia. Normalmente, por lo que nos enseñan en el colegio, las novelas una las recorre con la cabeza y aquello es algo a lo que me resisto siempre. El monte de la furias me ayuda a esa resistencia porque se siente con el cuerpo, con los sentidos, con una especie de silencio interior que se va llenando lentamente de preguntas. De hermosas preguntas.

Monte en blanco y negro.

La autora, Fernanda Trías, construye aquí una historia que, en apariencia, es sencilla: una mujer que vive cerca de una montaña y escribe en cuadernos donde intenta comprender lo que ve, lo que siente y lo que ocurre alrededor de ella. Pero esa simplicidad es engañosa. Muy pronto una entiende que la montaña no es solo paisaje. No es un fondo escénico. Es algo más profundo, más antiguo, más vivo. Es esencial para la protagonista, es el centro de todo lo que vive, de todo lo que se cuestiona, de todo lo que siente.

Y creo que ahí está uno de los corazones de la novela: la naturaleza no es muda.

El monte

Hay algo profundamente hermoso en cómo la protagonista se relaciona con el monte. No lo observa desde fuera. No lo mira como territorio o recurso. Lo siente como si fuese parte de su propio cuerpo. En algún momento ella misma lo dice: es hija de la montaña. Esa idea me tocó mucho. Quizás porque crecí en Chile, donde la cordillera de los Andes atraviesa el país entero como una presencia monumental y silenciosa. Siempre me ha dado la sensación de que la cordillera está ahí, vigilante, antigua, guardando historias que nosotros apenas alcanzamos a comprender. La cordillera de los Andes funciona para Chile, mi país, como un muro protector del resto del mundo. Una mole despampanante que siempre emociona, desde donde sea que se la mire. Yo siempre he observado el hilo cordillerano como algo que vive, que está observando a Chile entero, que ha presenciado nuestra historia y, con dolor o alegría, inevitablemente, es parte de ella.

En la novela ocurre algo parecido. La protagonista se pregunta constantemente qué sentirá la montaña, qué verá, qué recordará. Incluso llega a preguntarse qué dirían las plantas si pudieran hablar. Hay un deseo profundo de escuchar a la naturaleza, de darle palabra. Y en ese gesto hay algo muy bello: la idea de que el mundo natural no está separado de nosotros, sino que nos contiene.

Un libro ambiental y espiritual

Aunque la novela nunca cae en un discurso obvio, el conflicto ambiental está siempre presente. Hay una cantera, hay explotación del territorio, hay una transformación del paisaje que va afectando lentamente al lugar y a quienes viven allí. Pero lo interesante es que el libro no trata esto desde una lógica técnica o política, sino desde una sensibilidad íntima. Lo que vemos es cómo un ecosistema alterado empieza a impactar y ser voz en la vida de las personas.

Hacia el final del libro la propia autora da luces de que esta es, en cierto modo, una novela ambiental. Y se siente así. Pero también es algo más, a mi parecer es una reflexión sobre cómo olvidamos que la tierra también tiene memoria.

Religión, naturaleza y lo ancestral

Otra cosa que me gustó mucho es que la novela deja entrever una tensión muy interesante entre la religión institucional y las creencias más antiguas vinculadas a la naturaleza. No aparece como un conflicto explícito, pero sí como una especie de contraste silencioso. Por un lado está la religión heredada, organizada, con sus normas y sus discursos. Por otro, una forma mucho más ancestral, por así decirlo, de entender el mundo, donde la tierra no es un objeto, sino una entidad viva y es a esto último a lo que se aferra la protagonista hacia el final del libro.

Esa mirada me recuerda mucho a las cosmovisiones pachamámicas de América Latina, donde la naturaleza no es un escenario, sino una madre. Y creo que en esa tensión el libro también sugiere algo importante y es que quizás perdimos una forma más humilde de relacionarnos con el mundo. Lo relaciono, por ejemplo, a la conquista española y cómo rituales, creencias y costumbres de los pueblos originarios de Chile fueron perdiéndose en el tiempo. Nos deshabitamos de nuestro habitad.

Las palabras y sus límites

La novela está construida a través de una especie de diario de vida, y eso le da un tono muy íntimo. Hay momentos en que la protagonista parece obsesionada con encontrar la palabra correcta para describir lo que vive porque siente que ninguna palabra alcanza. Esa búsqueda me pareció muy hermosa porque refleja algo que todos hemos sentido alguna vez: hay experiencias (sobre todo las que nos conectan con la naturaleza o con lo profundo) que el lenguaje apenas logra rozar. Igualmente, creo que también queda explicíto que escribir es una forma muy firme y bonita de supervivencia.

La violencia del mundo

A medida que la historia avanza aparecen cuerpos, muertes, cosas que no terminan de explicarse del todo. Yo misma mientras leía no sabía muy bien cómo interpretarlas. Pero sí me quedó una sensación de que esa violencia no es completamente ajena a lo que ocurre en el territorio. Cuando el paisaje es explotado, cuando la tierra es intervenida, algo se rompe. Y esa ruptura termina manifestándose de formas inesperadas.

No sé si el libro habla literalmente de venganza de la naturaleza. Pero sí deja flotando la inquietud de que la naturaleza también responde y que a fin de cuentas, tiene un poder monumental por sobre nosotros. Y que esencial es esto entendiendo la crisis climática que atravesamos y cómo las personas que habitan las zonas rurales son las más afectadas.

Un libro que se siente más que se entiende

El monte de las furias es uno de esos libros que no he podido leer como una historia tradicional porque no es una novela que busca explicar todo o cerrar cada misterio. Es más bien una experiencia. Un espacio de contemplación. Un libro que te invita a escuchar el viento, a mirar las montañas con más atención, a preguntarte qué lugar ocupamos realmente en este planeta. A reflexionar sobre las relaciones. Es un libro sobre fertilidad, un libro sobre el amor y las relaciones humanas.

Y quizás lo más bonito que me dejó fue que tal vez la naturaleza siempre ha estado hablándonos. Y que el problema no es que no tenga voz. El problema es que vivimos bajo mucho ruido y dejamos de escucharla.

Calificación de la novela: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️

Deja un comentario