La quiltra

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Terminé de leer «Violación: una historia de amor» y desde la primera página mi sensación fue de: esto es brutal. Pero brutal en el mejor sentido posible. Brutal porque no esquiva nada, porque no suaviza, porque no intenta hacer de una experiencia devastadora algo digerible. Brutal porque es necesario. Es maravillosamente brutal.

La novela de Joyce Carol Oates cuenta la violación en grupo que sufre la madre de la protagonista, una adolescente que presencia ese acto de violencia, agresión y despojo. Lo siente todo. Escucha todo. Ve a esa jauría masculina que irrumpe, arrasa, mejor dicho, en su vida y la de su madre. Y desde ese momento no hay vuelta atrás, la vida no vuelve a ser la de antes, y ellas tampoco.

«Aterrorizada, oías lo que le hacían a tu madre. Lo oíste todo. No lo llamaste violación, la palabra violación todavía no figuraba en tu vocabulario. Lo llamaste ataque, herida, querían matarla»

La culpa siempre recae sobre la mujer

Lo más duro del libro, para mí, es el comienzo. Porque antes incluso de que uno pueda procesar lo ocurrido, aparece lo que la sociedad empieza a decir de la víctima.

Que usaba escote.
Que usaba minifalda.
Que siempre andaba en tacos.
Que era coqueta.
Que era viuda pero iba a bares.
Que estaba con un hombre casado.
Que había tomado alcohol.
Que andaba sola.

El libro es brutal desde el inicio porque nos muestra esa brutalidad de la sociedad hacia la mujer agradedida, es decir, el juicio y todo lo que supuestamente justifica una violación. Muestra la exoneración de la responsabilidad masculina, la culpa de la mujer. Y lo más aterrador es que estas ideas no aparecen en boca de un solo personaje marginal o cruel. Es toda una comunidad la que reproduce ese discurso. Un pueblo entero que, en lugar de condenar a los agresores, condena a la mujer.

Incluso hay quienes dicen que ella les arruinó la vida a los hombres que la violaron.

Leer eso produce una mezcla de rabia y agotamiento. Porque uno entiende que Joyce Carol Oates no está exagerando. Lamentablemente está reproduciendo con precisión algo que sigue ocurriendo, aún en nuestro tiempos, aún con los progresos, las leyes, los movimientos feministas, la lucha por los derechos de la mujer; con todo eso, la culpa todavía sigue siendo de la mujer.

La infancia que rompen y arrebatan

La novela también muestra algo devastador que olvidamos tener en cuenta cuando una adolescente vive o presencia una violación, y es el fin de la infancia. La infancia, la niñez, o la adolescencia son rotas en mi pedazos, y no hay forma de recuperarlas, menos de volver atrás, y complejo, extremadamente dificil, es seguir adelante.

«Tu niñez pertenecía a un antes. Ahora vives en el después»

La protagonista, Betty, entiende de golpe algo que ningún adolescente debería tener que entender: que el mundo no es seguro. Que ni siquiera el amor de la familia puede protegerte completamente. Ese vidrio de seguridad que uno imagina cuando es niño y esa idea de que los adultos pueden protegerte, se rompe. Y cuando se rompe, no vuelve a armarse.

Su madre, aunque profundamente dañada, tiene cierta posibilidad de reconstruirse, con el tiempo, intenta, y logra de cierta forma, rehacer su vida, comienza otra relación, manda postales de viajes. Hay señales de recuperación. Pero Betty no tiene esa posibilidad. Para una adolescente, la pérdida no es una transición, es una ruptura que queda para siempre.

El silencio también es una forma de sobrevivir

Hay algo que me pareció particularmente lúcido en la novela y que tiene que ver con el tema del silencio. Muchas veces, cuando una mujer cuenta una agresión tiempo después de haberla sufrido, la pregunta que aparece de inmediato es de ¿Por qué no lo dijiste antes?

Oates aborda esto de forma muy precisa. No con la violación de la madre, que fue descubierta y denunciada a las pocas horas de suceder. Oates lo aborda de manera precisa con Bethie, que sigue sufriendo violación de otro tipo tiempo después. Bethie no habla, no le cuenta a su abuela ni a su madre lo que está sintiendo y lo que está viviendo; y que es el miedo de ir a la escuela, el terror de encontrarse con los violadores que siguen acechando, la angustia constante. El prejuicio. Que la apunten con el dedo y la juzguen con la mirada. No habla porque siente que ya hay demasiado dolor en su casa. Prefiere callar para no empeorar la situación. Y ese aprendizaje (callar para no incomodar) termina marcando su vida adulta, incluso su matrimonio. Es una observación sobre cómo el trauma reorganiza la personalidad.

El sistema de justicia también puede violentar

La novela también es muy clara en algo que muchas víctimas saben bien: el sistema judicial no siempre protege. Los interrogatorios, los abogados defensores, las estrategias para desacreditar a la víctima… todo eso aparece retratado con precisión. La justicia institucional puede transformarse en una segunda agresión. Lo que se supone que debe protegernos, nos deja desnudos frente a la agresión, frente a los agresores. El sistema mismo es una agresor en sí.

Y aquí entra un personaje que me gustó mucho: el detective Droommer. Droommer representa algo que muchas lectoras (y lectores) reconocemos inmediatamente: el tipo de hombre que uno quisiera que existiera más. Es empático, a su manera, claro, lúcido, observador. No niega lo ocurrido ni intenta relativizarlo. Y cuando el sistema falla, él toma otro camino. La novela introduce entonces una pregunta moral incómoda y que siempre está sin resolver: ¿qué ocurre cuando la justicia no llega? ¿Quién busca reparar de alguna forma el daño de las víctimas?

Droommer decide tomar la justicia por su cuenta. Lo hace de forma silenciosa, calculada, casi quirúrgica. Y me gusta que no es una glorificación de la venganza, ni del personaje, ni él tampoco busca ser glorioso con ello. Es algo más complejo. Es el reconocimiento de que a veces la justicia institucional simplemente no alcanza. La misma policia sabe que no alcanza. Es evidencia que el mínimo alivio que una víctima puede tener, es saber que alguien ha tomado venganza por sus propias manos. Y sí, esto no va a quitar la violación, no la va a borrar, ni tampoco devuelve la dignidida; pero al menos, sí da algo de seguridad, un grano de arena de que alguien hizo algo por ella. Alguien se tomó en serio la agresión. Alguien reivindicó.

Una novela necesaria

Más allá de la trama, lo que vuelve tan potente a este libro es la prosa de Joyce Carol Oates, que, a todo esto, es primera vez que la leo. Oates escribe con una claridad que corta con un estilo que es directo, incisivo, casi clínico por momentos. Eso hace que la violencia que narra resulte aún más impactante. Es una narración que la habla a la hija de la víctima, que es víctima también.

No intenta manipular al lector para que sienta algo específico. Simplemente muestra. Y cuando algo se muestra con tanta precisión, la reacción emocional aparece sola. Por eso creo que este es un libro necesario. No solo para mujeres. No solo para lectoras feministas. Es un libro necesario para la sociedad completa.

Para hombres y mujeres.
Para jóvenes y adultos.
Para entender los sesgos, las frases automáticas, las formas de culpabilización que seguimos reproduciendo.

Porque después de leerlo queda algo muy claro, y esto es que la violencia sexual no termina en el acto mismo. Se expande hacia la comunidad, hacia la justicia, hacia la vida entera de quienes la atraviesan. Y Oates logra mostrar eso sin discursos, sin consignas, sin moralizar. Solo contando una historia. Una historia brutal, pero necesaria.

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