La quiltra

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Leer Mátate, amor es entrar a territorio incómodo. No porque el libro busque provocar gratuitamente, sino porque se atreve a nombrar lo que rara vez (o quizás nunca) se dice en voz alta: la maternidad como experiencia corporal violenta, como pérdida de identidad, como fractura. 

Lo primero que destaco en esta novela es la corporalidad. El cuerpo no es un elemento accesorio en la narración; es el eje. Es carne, es pulsión, es hambre, es deseo, es agotamiento. Y a través de esa corporalidad insistente, la novela pone en escena que la maternidad transforma el cuerpo femenino, pero no todas las mujeres viven esa transformación de la misma manera. 

«Quiero ir al baño desde que terminó el almuerzo pero es imposible ser otra cosa que ser madre. (…) me va a trastonar. Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir»

En la protagonista, el embarazo y el parto no solo modifican su anatomía; la despojan. El cuerpo deja de pertenecerle. Ya no es suyo: le pertenece al hijo, a la pareja, a la sociedad. Su tiempo, sus pensamientos, su energía son absorbidos por esa nueva vida. Y allí emerge un sentimiento incómodo y brutal: el rechazo. 

No un rechazo simple, es un rechazo existencial. ¿Quién es este ser que me ha quitado lo más preciado que tengo? Primero mi cuerpo. Luego mi tiempo. Después mis pensamientos y mis preocupaciones. Encima me somete. Estoy sometida a él. Así,la maternidad aparece como una expropiación, el cuerpo de la mujer como una zona de sacrificio. Y el hijo no es solo hijo; es también una figura que ocupa, que absorbe, que esclaviza. Esa sensación —que pocas veces se verbaliza— está en el centro del libro. 

«Incluso cavar una fosa, un agujero, sería demasido poco. Hay que tirarlo al desierto, que lo devoren las bestias. Al deseo»

Pero la novela no se queda en la experiencia íntima. El escenario importa: el campo, el bosque, la naturaleza que rodea la casa. Allí se instala otro eje poderoso, que es el salvajismo. El salvajismo como liberación.

El bosque funciona como un llamado. Como una fuerza que tira de la protagonista hacia lo animal, hacia lo ancestral, hacia una versión de sí misma no domesticada. A mi me parece que lo salvaje no es una metáfora superficial; es una pulsión constante que atraviesa su lenguaje, sus fantasías, su deseo de arrasar como una fiera. Lo animal está presente en su pensamiento, en su forma de sentir, en su manera de nombrar el mundo. 

La domesticidad —pareja, casa, maternidad, orden— actúa como un corsé. Y el bosque es la promesa de quitarlo. 

Y eso me hizo pensar en algo fundamental: quizás la maternidad no es, en sí misma, el problema. Tal vez lo reprimente es la forma en que la sociedad exige que se ejerza. Ser madre bajo un modelo que impone sacrificio absoluto, calma permanente y renuncia total al deseo convierte la experiencia en una cárcel. ¿Qué ocurriría si la maternidad pudiera vivirse desde lo ancestral, desde lo natural, desde lo instintivo? A mi parecer,la novela no responde a esa pregunta, pero sí abre la grieta. 

En ese contexto aparece una constante clave: el «cálmate». La pareja repite ese imperativo como si fuera un gesto racional, conciliador. Pero en realidad el «cálmate» no apacigua: intensifica. Es el botón que activa la bomba. Decirle a una mujer que se calme cuando está siendo devorada por la pérdida de sí misma es negarle la legitimidad de su experiencia. Es exigirle que sea cool, que sea razonable, que sea correcta. 

Y ella no quiere calmarse. Quiere ser salvaje. Quiere no reprimirse. Quiere romper la estructura. Volver a sentirse propia.

«El ciervo se detiene embalsamado, los ojos de vidrio. Está conmovedoramente quieto. Él es mi hombre, el que sabe mirar mi tristeza infinita. Los otros son apenas hombres. De qué sirve ser uno de ellos si el idioma que hablan no alcanza. A mi hombre le falta humanidad, es cierto, pero quién quiere humanidad»

En medio de esa tensión aparece el amante. No solo como figura erótica, sino como vía de escape. Con él emerge la felina, la bruja, la mujer sensual y peligrosa que había sido sofocada por el rol de madre y esposa. El deseo extramarital no es simplemente infidelidad, yo pienso que es intento de recuperación del cuerpo propio. Es la búsqueda de volver a habitarse. 

«Mi boca abierta son varias bocas. Giro y me subo sobre él felinamente, si hubiera podido lo habría sodomizado»

Hay también humor en la novela, aunque sea un humor oscuro. Más bien, hay que saber leerla con cierto humor. Si se la lee con la disposición adecuada, se percibe una ironía feroz: es todo aquello que muchas madres propablemente piensan y no pueden decir. Todo lo que se espera que una madre sea y que, en la práctica, no siempre se puede sostener. 

Formalmente, el libro tiene una extensión precisa. No sobra ni falta. Si fuera más breve, quedaría incompleto; si fuera más largo, correría el riesgo de repetirse. La intensidad se sostiene con un ritmo adecuado a la espiral mental de la protagonista. 

Mátate, amor exige altura de mira. No es una novela que deba juzgarse con moral simplificada. Hay que sentirla más que comprenderla racionalmente, porque es un texto que abre una puerta hacia un universo femenino oscuro, visceral y oculto, y eso me parece tremendamente maravilloso. Maravilloso ventilar ese territorio que existe, pero que debe permanecer disimulado para evitar el juicio social. 

Lo más potente es que la búsqueda no es solo sexual ni afectiva: es ontológica. La protagonista intenta recuperar su cuerpo porque recuperar el cuerpo es recuperar la identidad. Y mientras no lo logra, la maternidad se vive como invasión. 

La novela no condena la maternidad. Condena el molde. Y en esa condena hay una verdad incómoda, pero necesaria. Me parece muy recomendable acompañar esta lectura con el libro de Lina Meruane, Contra los hijos; un texto lúcido en donde la idea central no es argumentar estar en contra de la maternidad, es más bien estar en contra de esa maternidad que vuelve a las mujeres en esclavas de sus hijos, de sus maridos, de sus hogares.

«Él dio media vuelta y me vio perderme entre matorrales. El primer momento fue puro dolor (…) por primera vez, como la viuda que se acuesta sola, por primera vez una tristeza exitante, salvaje»

Calificación de la novela: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️

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