Antes de empezar, debo decir algo importante: aquí no hay un análisis de La casa de los espíritus. Lo leí hace más de quince años y, si quiero hacer una reflexión respetuosa y profunda, tendría que volver a leerlo. Pero mi lista de lecturas pendientes es larga y el tiempo escaso. Así que ese reencuentro queda pendiente.
Lo que sí puedo decir es que durante dieciocho días de este mes (febrero) Isabel Allende me acompañó con tres novelas que expanden ese universo: Hija de la fortuna, Retrato en sepia y la más reciente, Mi nombre es Emilia del Valle.
Y terminé profundamente agradecida. Porque cuando termino una lectura así, intensa y seguida, siento que algo en mí se desordena para ordenarse de forma más clara y firme.
Hija de la fortuna: aristocracias, mestizajes y la fiebre del oro
Leer Hija de la fortuna es mirar a Chile con ojos incómodos. Allende vuelve a demostrar su capacidad de leer un país y su época con una lucidez casi quirúrgica. Hija de la fortuna es una radiografía de un Chile republicano todavía febril, delirante en su admiración por esta nueva Europa. Es decir, no por la Europa española colonial, sino por la francesa y la inglesa que llegan con modales y comercio.
Valparaíso aparece como escenario clave: puerto cosmopolita, promesa de progreso, pero también vitrina de desigualdades. Por un lado, la arrogancia y el buen vivir de los extranjeros que una vez llegados al país, pasan a ser parte de la aristocracia chilena. Por otro, la precariedad de lo local.
La aristocracia chilena colonial —mestiza, sobria, austera— empieza a verse pasada de moda frente a estos nuevos europeos que llegan sin ser aristócratas en su país natal, pero que aquí adoptan el título con una petulancia incómoda. Las casas de barro encaladas, la sobriedad como virtud, el bajo perfil como elegancia… todo eso es reemplazado por una mirada altiva, por la opulencia y el arribismo. Como si la vieja cepa europea, que además evolucionó al mestizaje, ya no tuviera espacio.
Nuestro país, convertido en República, tuvo nuevos conquistadores.
La familia Sommers encarna esa ironía histórica: británicos que en Inglaterra eran mundanos, pero que en Chile se convierten en aristócratas estirados. Y Eliza Sommers, mestiza, mitad indígena (luego sabemos que mitad británica), nunca será aceptada (por el líder masculino de esa familia) del todo por su apariencia y por sus orígenes desconocidos. No encaja en el ideal europeo.
Ahí está el gesto político de Isabel Allende: mostrar cómo el mestizaje, raíz de nuestra identidad, fue constantemente negado. Y cómo la República invitó a nuevos conquistadores con traje y modales. A mi parecer es que, nos liberamos del español, para dejar entrar a nuevos europeos y permitirles que le dieran estructura y economía al país. Irónico, ¿no?
Volviendo a Eliza, tengo que decir que ella es más que una víctima del clasismo. Eliza me dolió. No por frágil, sino por lo que representa en los primeros capítulos. Es aliviante ver que su viaje de Chile a California durante la fiebre del oro, es también un viaje espiritual. La libertad no está en el lujo ni en la pertenencia social; está en la posibilidad de reinventarse. Ella hace el viaje del héroe. Y en ese viaje del héroe las ropas funcionan como símbolo: el corsé que aprisiona, las prendas masculinas que liberan. California no solo le permite sobrevivir, sino desarrollar sus sentidos, su autonomía, su identidad. Autovalerse y darse valor.
Y el amor. Tao Chi’en representa otra forma de amar: no febril, no arrebatada, sino construida desde el cuidado y la admiración. Es una lección hermosa: no siempre conocemos del todo a ese amor que nos da la fiebre, la fiebre del primer amor. Y eso, cuando una ha confundido intensidad con destino, es una revelación.
A continuación una frase que me encantó.
«Te hecho de menos, Tao. No hay con quien hablar de lo que veo, de lo que siento. (…) Ando con el ceño fruncido, para que me vean bien macho. Es un fastidio ser hombre, pero ser mujer es un fastidio peor»
Y como última acotación de esta novela, me entretuvo un montón la transformación/confusión del personaje de Joaquín Murieta. Porque una vez que abandona a Eliza se transforma en un fantasma y aparece en Calfornia (supuestamente) y es convertido en un Billy the kid. Igualmente, creo que también se desarrolló de esta manera como una forma plantear cuando se persigue un amor que se escapó, y que aquello, es buscar un fantasma.
Retrato en sepia: identidad, memoria y mujeres que repiten la jaula
Si Hija de la fortuna habla del viaje exterior, Retrato en sepia habla del viaje hacia adentro.
Aurora del Valle crece sin una identidad clara. Como Eliza, es «huacha». Y esa falta de raíces marca profundamente su desarrollo. Allende insiste en algo que me parece fundamental: sin raíces claras, la identidad se fragmenta. Sin raíces claras, una parte de una misma se siente en el aire.
La Iglesia aparece aquí como eje estructural del orden social. Por su parte, la Guerra del Pacífico y la Guerra Civil de 1891 atraviesan la novela, aunque desde la infancia de Aurora, y por tanto, son hechos contados por ella desde ecos adultos, relatos transmitidos.
Y vuelve el patrón: mujeres criadas por figuras femeninas fuertes —Rose, Paulina— que, aun así, creen que el único futuro seguro para sus hijas es el matrimonio. Es doloroso. Mujeres adelantadas a su época que, sin embargo, reproducen el corsé que ellas mismas vivieron.
Rose escribe literatura erótica. Paulina es una empresaria visionaria. Pero a la hora de asegurar el futuro de Eliza o Aurora, la solución es «cásense», evidenciando la fortaleza del pensamiento de aquella época de que el mejor medio para mantener la vida asegurada de una joven mujer, es el matrimonio, es decir, dejarlas en manos de un hombre, y de paso, de la Iglesia.
Esto en incómodo pero, incluso las mujeres más lúcidas pueden aprisionar a sus hijas por miedo al desamparo.
Y aquí también aparece, aún más fuerte que en Hija de la Fortuna, un tema fascinante: la sexualidad femenina. Ambas jóvenes (Eliza y Aurora) viven momentos de angustia por no sentir deseo en matrimonios socialmente correctos. El sexo aún se concibe como reproductivo, no placentero. Y paradójicamente, es la literatura erótica la que les abre una puerta para reconciliarse con su cuerpo.
«Ésa fue una extraña época en mi vida, me cambió el cuerpo y se me expandió el alma y empecé a preguntarme en serio quién era yo y de dónde venía»
En esta tremenda novela, el título no es casual: el pasado de Aurora es un retrato en sepia, descolorido, fragmentado, nostálgico.
PD: Me dio pena la muerte del capitán Sommers. Era mi preferido y encontré que Isabel Allende desarrolló la escena de forma breve y poéticamente triste.
Emilia del Valle: la periodista que rompe el patrón
Con la tercera entrega, todo cambia.
Emilia del Valle no crece en el lujo. Es huacha, sí, pero no aristócrata. Se cría en un entorno austero, en California, con una madre religiosa y un padre profesor. No hay mansiones ni comodidades coloniales. Y eso la transforma, la hace radicalmente diferente a Eliza y Aurora.
Emilia es más directa, más desafiante, más libre. Me parece que la construcción del persona tiene un guiño evidente a Jo March de Mujercitas: alta, poco preocupada por la estética, escritora desde joven. Comienza redactando crónicas policiales. Decide ser periodista. Viaja sola. Responde con cáracter e iteligencia a los hombres que dudan de ella.
Aquí ya no tenemos una mujer frágil que necesita validación masculina para existir. Emilia se valida sola, y presenciarlo es realmente lindo.
Pero comparte algo con Eliza y Aurora: sus raíces están en el aire. Solo cuando viaja a Chile, conoce a su padre y pisa la tierra heredada en el sur, entiende que la sangre tira. Que la identidad no es solo cultural, es visceral. Que Chile, un país largo y delgado, metido en el fin del mundo, está dentro de ella y comienza a despertar. Emilia llega al país, lo vive, lo entiende, y se transforma con él.
Y aquí, en esta novela, la historia nacional irrumpe con fuerza. La Guerra Civil ya no es un eco contado, como en Retrato en Sepia; es experiencia vivida y reportada. Emilia la observa como periodista. Sus despachos al diario americano alternan con la narración íntima, y ese cambio de registro es brillante. Vemos la pluma literaria y la pluma periodística convivir.
La frase atribuida a Paulina en Retrato en Sepia —«en este país todos tienen mala memoria»— resuena con fuerza. Isabel Allende no esquiva la historia incómoda, la aborda con ganas y profundidad. Y hace un guiño exquisito a las llamadas «campañas pacíficas» del sur, que claramente no fueron pacíficas. Lo menciona sin miedo, en varios pasajes a lo largo de la lectura, como queriendo que esa parte de la historia no quede al borde del camino.
Y nuevamente, el tema de la validación femenina a través del amor aparece, pero aquí Emilia lo confronta con mayor autonomía. Lo hace desde la libertad y la igualdad con Eric. Además, me gusta porque en cierto sentido, me identifiqué con Emilia. He aquí la frase clave y que me dio risa leerla, claramente, porque me vi aludida.
«Debo aclarar que, a pesar de mis alardes de libertad, yo vivía con mi padres, como una joven soltera de respetable familia burguesa. (…) Eric Whelan creía que yo era una joven independiente; se habría burlado de mí al saber que esa ambiciosa periodista y defensora del sugrafio femenino seguía pegada a sus padres»
Paulina del Valle: la verdadera matriarca
Después de leer estas tres novelas, mi personaje favorito es, sin duda, Paulina del Valle.
La adoro en todas sus etapas: joven ambiciosa que sale corriendo del convento con la cabeza rapada, empresaria audaz en California, abuela protectora en Chile, mujer lúcida hasta el final. Visionaria en California, visionaria en Chile. Con lengua suelta y mirada clara. Es el puente entre generaciones. La que entiende el negocio, la política, la sociedad y el carácter humano.
Dieciocho días con este universo. Y me quedo con Paulina. Siempre Paulina. Ojalá ser Paulina.
Conclusión: mujeres que buscan control sobre su destino
Si algo une estas novelas es la búsqueda de libertad femenina en una sociedad chilena atravesada por jerarquías, Iglesia, guerras y memoria frágil. Mujeres buscando controlar su destino en una sociedad que constantemente las empuja a validarse a través del matrimonio, del amor masculino, de la elección ajena. Eliza, Aurora y Emilia comparten la herida de la identidad incompleta, que es, al mismo tiempo, una identidad incompleta del país. Pero cada una la resuelve de forma distinta.
Y quizás por eso me movieron tanto. Porque en cada una de estas mujeres vi algo conocido: la necesidad de ser elegida, la rabia de no encajar, el miedo a no pertenecer, el deseo de irse lejos y empezar de nuevo.
El viaje físico —Valparaíso a California, California a Chile, del norte al sur— es también viaje espiritual. Isabel Allende explora el amor, el dolor, los secretos y, sobre todo, la condición femenina dentro de una sociedad que aprisiona, pero también, permite fisuras.
Calificación de este universo de mujeres: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️

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