La quiltra

Lee – Recomienda – Relata – Reflexiona

He leído Tinta roja, Mala onda y hace poco, Ciertos chicos. Y cada uno me agarró en momentos distintos de mi vida. Y en todos, algo se me movió por dentro y me hace seguir eligiendo a Fuguet. 

Tinta Roja: el arrepentimiento más feliz 

Tinta Roja lo leí en la universidad. Me lo había regalado un pololo años antes y no lo pesqué. Me dijo que era sobre periodismo, y a mí siempre me cargó el periodismo —incluso cuando terminé estudiándolo—. El libro quedó acumulando polvo en mi pieza, con las páginas amarillentas por el uso que él le había dado. 

Y justo para una prueba universitaria, tocaba leerlo. 

Cuando lo abrí, me sentí culpable, porque claro, me vino algo de nostalgia por ese ex pololo machote con sentimentalismo reprimido. Después me sentí agradecida. El libro me atrapó. Me gustó todo: el lenguaje directo, sucio, urbano; los personajes quebrados; el ritmo; el Santiago nocturno; ese aprendizaje brutal del oficio en el diario sensacionalista. Alfonso Fernández entrando al mundo de Saúl Faúndez no es solo una historia sobre periodismo rojo; es una historia sobre iniciación. Sobre cómo el mundo adulto te ensucia, te forma y te rompe al mismo tiempo. 

Ahí decidí algo: Fuguet se iba a quedar conmigo. Se convirtió en uno de mis favoritos de la literatura chilena (Zambra es el otro).

Mala onda: el adolescente que me desarmó  

Después compré Mala onda. Lo compré por Fuguet y luego por el título, porque yo misma soy una mala onda de tomo y lomo. 

El primer párrafo me explotó la cabeza. Y luego, ese Matías Vicuña flotando en el Santiago ochentero, en plena campaña del plebiscito, rico, descontento, nihilista, drogado, confundido. Yo lo amé. Lo comprendí hasta la médula. 

Sí, es abajista. Sí, es narcisista. Sí, es desagradable por momentos. Pero también es un adolescente perdido, atrapado en un mundo adulto hipócrita, en una familia que no sabe comunicarse y en un país que está fingiendo normalidad bajo dictadura. Se siente perdido en un país lleno de máscaras y laberintos.

Hace un tiempo una amiga lo leyó en su club de lectura —todas diseñadoras de la Católica— y lo odiaron. Dijeron que Matías era tóxico, que la escena con el papá y las prostitutas era asquerosamente patriarcal. Yo les dije: precisamente. Esa incomodidad es el libro. Matías no es un modelo moral. Es un retrato. Y la crudeza es lo mejor que tiene la novela. Después, con cariño, les dije que eran unas santurronas. 

Y voy a confesar algo: cada vez que me subo a una micro en Santiago me siento como Matías Vicuña mirando por la ventana. Dios sabrá por qué. Tal vez soy una tóxica incomprendida. A lo mejor, hasta soy abajista.

Ciertos chicos: mi papá, mi ex y los 80 

Ciertos chicos lo leí hace dos meses. Estuvo tres meses mirándome desde el librero. No por desinterés, sino porque quería el momento perfecto para leerlo. Silencio, tiempo, disposición emocional. Que todas esas cosas que a diario son una lata, no me echaran a perder la lectura por tener la cabeza demasiado cansada.

Y lo gocé. Y el final me apretó el ojito. Cresta que me dio pena.

Algo tiene Fuguet con los años 80s en Santiago que me atraviesa directamente por mi papá. Las descripciones de La Cisterna, de ese tránsito hacia Providencia como si fuera otro mundo… son las mismas historias que he escuchado toda la vida en el auto con mi viejo, o mientras fumamos un pucho. También las canciones, los contextos, el país inventado.

Hay una parte donde Tomás va desde La Cisterna a Providencia como quien cruza una frontera simbólica. Se lo comenté a mi viejo. Me dijo: «Era así mismo». Para él, que toda su vida la vivió en La Cisterna, Providencia era novedad, era distancia social real. Era otro planeta. 

Y el soundtrack… uf. Fuguet escribe con música. Cuando menciona canciones, yo las ponía de fondo y releía los párrafos. La experiencia se volvía casi cinematográfica. Pueden encontralarla aquí. Y sí, son las canciones que escuchábamos con mi papá en el auto, cuando íbamos camino al jardín. Incluso, hace solo unos meses, fuimos a ver a Upa! en el Teatro Oriente. Era la única treinteañera en medio de viejujos y viejujas sobre los cincuenta y cinco años, y más de alguna señora creyó que mi papá era mi suggar. 

Y Clemente. 

Clemente es idéntico a mi ex. Si hubiésemos terminado bien, le habría escrito: «Vicente, por favor léete este libro. Por una vez en la vida, hazme caso y lee a Fuguet». Porque ese libro, ese libro y Clemente, en muchos sentidos, son él.

Un sentimentalista. 
Un guapo que no sabe que lo es. 
Un intelectual. 
Un chico —porque aún no es hombre— buscando intensidad emocional real, pero incapaz de sostener la emoción real del otro. 

Sale corriendo. Como salió corriendo conmigo. Mucho Narciso, poco Eros. Vicente me gustaba hasta las patas y yo busca pretextos y cambiaba o mutaba mi piel igual que Tomás lo hacía para impresionar a Clemente.

Ahora, también hay que decir que Ciertos Chicos no es solo eso. Me refiero que no es solo Tomás y Clemente. Es volver a Mala onda, desde la perspectiva de ese Chile que pretende normalidad en medio de una dictadura. Ese Clemente que no lograr comprenderlo, que es una pieza desencajda en un rompecabezas largo, delgado y oprimido. El énfasis en ese sentir suyo que es: «en este país no se puede confiar en nadie». Me marcó, porque me hace sentido, porque así se siente un poco hasta hoy.

Por qué siempre vuelvo a Fuguet 

Siempre me encariño con los personajes masculinos de Fuguet. Siempre los defiendo cuando mis amigas los despedazan. Siempre encuentro en ellos algo blando, algo vulnerable, algo incómodo en medio de masculinidades rígidas. Fuguet complejiza al hombre. Lo vuelve sentimentalista, inseguro, perdido, contradictorio. No lo exculpa. Pero lo humaniza, lo muestra víctima de un contexto y le quita la ropa, la pose y lo deja desnudo.

Y yo esa dificultad de ser hombre la veo en mi papá. En mis hermanos. En Vicente. En tantos. 

O quizás —como dicen mis amigas— simplemente me gustan los tóxicos narcisistas. 

Pero no creo que sea eso. Creo que me conmueve la fragilidad escondida detrás de la pose. Creo que Fuguet escribe hombres que no saben quererse bien, ni querer bien, pero que lo intentan como pueden. Y eso, para mí, es profundamente humano.  

Deja un comentario