La quiltra

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Leer la saga Dos amigas de Elena Ferrante no es solo leer una historia de amistad. Es leer una anatomía. Una disección lenta y dolorosa de lo que significa crecer siendo mujer en un mundo que define, limita y vigila. 

Ilustración que asemeja la saga: Dos amigas, Elena Ferrante.

Yo leí La amiga estupenda hace aproximadamente ocho años. En ese momento no tenía amigas. Estaba concentrada en terminar mis estudios y, aunque conversaba ocasionalmente con otras mujeres, no tenía un vínculo que pudiera llamar amistad. Sin embargo, apenas vi el título supe que debía leerlo. La amistad entre mujeres siempre me ha parecido un territorio inagotable para explorar.  

La amiga estupenda: el origen de la tensión

En esta primera entrega conocemos el Nápoles de la posguerra: un barrio marginal, violento, asfixiante, donde el destino parece estar escrito de antemano. La Italia de los años cincuenta, marcada por la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial, por la pobreza estructural del sur y por una cultura profundamente patriarcal, no ofrece demasiadas salidas para las niñas que crecen allí.  

Ferrante describe ese entorno con una precisión casi hipnótica. Yo quedé enamorada de ese Nápoles marginado, de sus patios polvorientos, de sus códigos brutales, de sus jerarquías invisibles. Ese escenario no es fondo: es ADN. Moldea a Lila y a Lenù desde la infancia. 

La amistad nace desde el antagonismo. Son distintas en cuerpo, estética, carácter y forma de pensar. Lila es brillante, indómita, aparentemente indiferente a las reglas del barrio. Lenù, en cambio, desea encajar, obedecer, avanzar dentro de las normas. Lo que Lenù persigue con esfuerzo, Lila parece obtenerlo sin intención. 

Desde niñas, la validación funciona de forma desigual. Lenù quiere ser como Lila. Lila, en apariencia, no necesita ser nadie más. La niñez y la adolescencia se tiñen de cariño, envidia, admiración y competencia. Y cuando el primer libro termina, tenemos a una Lila que parece dominar el barrio, y a una Lenù que vive en su sombra, oscilando entre la felicidad por su amiga y la insatisfacción por sí misma. 

Un mal nombre: el matrimonio como jaula 

En Un mal nombre, la Italia de los años sesenta entra en plena transformación económica e industrial. El llamado «milagro italiano» promete movilidad social, pero para las mujeres la promesa sigue teniendo un límite: matrimonio, maternidad, silencio. 

Lenù intenta despegar. Explora su adolescencia, su erotismo, su formación intelectual. Empieza, lentamente, a aceptarse. Estudia, destaca, avanza. Pero nada parece ser suficiente frente a la intensidad de Lila. 

Lila, por su parte, vive atrapada en un matrimonio violento. La maternidad no la redime; la agota. Lo que en el primer libro parecía triunfo, aquí se revela como cárcel. La violencia doméstica y la frustración se vuelven evidentes.  

Por ello, es que aquí la rivalidad cambia de tono. Lenù quiere demostrar que su vida también vale. Lila lo sabe. Y comienza a desplegar una lucidez devastadora: siempre ha sabido que puede ser mejor. Que el dinero y la posición social no compensan la pérdida de autonomía. El momento en que Lila rompe su novela en la fábrica de embutidos es uno de los más dolorosos de toda la saga. Cuando ya hemos empatizado profundamente con ambas, ese gesto es derrota pura. Es la destrucción simbólica de una voz que podría haber sido y que parece darse por vencida, aceptando el destino al que, quizás, ella misma se empujó.

Las deudas del cuerpo: el éxito que asfixia

En Las deudas del cuerpo, la década del setenta irrumpe con cambios políticos, feminismos emergentes y tensiones sociales. Pero las estructuras íntimas siguen pesando. 

El título es perfecto. Este libro es eso: las deudas del cuerpo. 

Lenù comienza a obtener aquello que Lila obtuvo antes: un marido, hijos, una vida que se ajusta al ideal social. Paralelamente, avanza en su carrera literaria, pero el éxito no se sostiene como ella esperaba. La vida que siempre quiso empieza a asfixiarla. Y no puede decirlo. Verbalizar esa asfixia sería reconocer un fracaso frente a Lila. 

Lo más estremecedor es que Lila entiende perfectamente lo que está ocurriendo. Porque ella ya lo vivió. Incluso le aconseja que no se case. Pero Lenù no escucha. Interpreta ese consejo como envidia. Mientras tanto, Lila aparece más madura, más fuerte, más consciente. Está cansada de entregar su cuerpo y su energía a los hombres. Dice que, de haber podido evitar el embarazo, lo habría hecho. Que la maternidad arruinó su vida. Que ya no encuentra motivo de tener sexo, simplemente no puede hacerlo, no siente la ganas. El deseo sexual le fue arrebatado por los hombres que la atravesaron. 

Ahí la saga alcanza una claridad brutal: lo que la sociedad y los hombres nos quitan. Y lo que, empujadas por esa misma estructura, terminamos quitándonos entre nosotras. 

El escenario como destino 

Lo que más me conmueve de esta saga no es solo la brillantez narrativa de Ferrante. Es el modo en que el escenario histórico —el Nápoles pobre de posguerra, el auge industrial de los sesenta, la convulsión política de los setenta— se incrusta en la identidad de ambas. 

Lila y Lenù compiten por estándares sociales impuestos: casarse, tener hijos, ascender, envejecer con dignidad. Buscan ser superiores la una a la otra en esos términos. Pero esos términos les quedan pequeños. Sin embargo, cegadas por la rivalidad y por el mandato social, corren hacia ese mismo modelo que termina asfixiándolas. 

La saga plantea una pregunta incómoda: 
¿La rivalidad entre mujeres es inherente a nosotras? ¿O es el resultado de una estructura que nos hace competir por el reconocimiento masculino y social? 

La amistad entre mujeres, tal como la muestra Ferrante, es compleja: amor mezclado con envidia, apoyo atravesado por resentimiento, felicidad contaminada por comparación. Pero también es el vínculo más profundo que ambas tienen. El único que persiste. 

Me falta leer la cuarta entrega. Quizá ahí encuentre una respuesta más clara. O quizá no haya respuesta, porque la pregunta es demasiado grande. Y tal vez eso sea lo más honesto de esta saga: no resolver la tensión, sino mostrarnos con crudeza cómo crecemos, nos equivocamos, competimos, amamos y sobrevivimos dentro de estructuras que no elegimos. 

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