Rony no sabe si ponerse la camisa de lino celeste o la blanca. En su cabecita, en
sus pensamientos dentro de su linda cabecita cubierta de un pelo castaño claro, suena, más que nunca, la canción de Los Tres.
¿Quién es la que viene allí?
Tan bonita y tan gentil
¿Quién es la que viene hacia mí?
La conoce por su polola, Leonor, que ahora está duchándose en la habitación suite del Hotel Roma, en Florencia, Italia. Es su tercer viaje juntos, llevan poco más de un año, y si bien, puede ser poco tiempo para algunos, para Rony, es más que suficiente para proponer su promesa de vida. Se decide por la camisa de lino blanco. Le grita a Leonor que él se va a adelantar al restaurante para conseguir mesa. Leonor le responde con una «¡ya!», y sigue enjuagándose el pelo color chocolate.
La plaza de Florencia, llamada Piazza di Santa Maria Novella, está atochada de gente. Es pleno verano europeo y conseguir una mesa se vuelve atroz. Camina en línea recta hasta llegar al restaurante Il Santa Maria Ristorante (no hablemos de la falta de creatividad del dueño de este establecimiento). Entra apurado y busca a quién debiese parecer un administrador; necesita comunicar con urgencia, su urgencia de conseguir una mesa. En la mano lleva las rosas rojas que encargó en el hotel y que le pasaron en la recepción apenas lo vieron salir del ascensor. Después de unas miradas de halcón buscando a su presa, divisa a la persona correcta para unirse a su misión.
– Scusa. I need a table, for me and my future fiancée.
El italiano se enternece. Le palmea la espalda, le dice unas palabras de celebración en su idioma natal y que Rony apenas entiende, porque más preocupado está de que el calor sofocante no lo haga sudar, y de que no le suden las manos, la frente, y el corazón. El italiano lo lleva a una mesa de la terraza que aún está sin retirar. Rony le pide, de nuevo en inglés, que le guarde las flores en agua, que desea entregarlas junto al anillo, que él le va a avisar.
Rony se sienta con vista en dirección al Hotel, para ver de lejos a su polola cuando venga caminando en medio de la gente.
Esa es mi nena, nena
Dulce y buena, nadie
La puede igualar
La ve caminar a lo lejos. Con su pelo ondeado medio húmedo, sus lentes oscuros, su labios rojos y su vestido griego. Siente que podría morir ahí mismo, pero de amor. Leonor le da un beso sensual y se sienta al otro lado de la mesa. Saca su cajetilla de metal donde guarda los cigarros, enciende uno y le pregunta a Rony si ya ha pedido algo. Se muere por un Limoncello. Rony le responde que el local está de bote a bote, todavía nadie se ha acerdado a ofrecerles algo. Leonor le responde que va a entrar a pedir los tragos para apurar la cosa. Rony no alcanza a dar la negativa cuando ella ya está camino hacia el interior del restaurante. El pobre Rony siente que se le aflojan las piernas. Tiene dudas de la respuesta. Es que llevan tan poquito. Eso le dijo su mamá cuando él le comunicó la noticia, mientras tomaban un café, por ahí, por esa calle arrogante, de esos barrios altos, un poco snob, llamada Alonso de Córdoba.
– Pero estoy enamorado, mamá.
– ¿Y ella está enamorada, hijo?
Esa es la cuestión. ¿Está enamorada Leonor? Se aman. Así al menos, lo siente él. Pero una cosa es amar, y otra es estar enamorado. Hace falta estar enamorado para casarse y hacer que funcione, contra viento y marea. Hay que estar enamorado para ceder, para aprender a pasar por alto las pequeñas cosas que dañan, que fisuran, poco a poco, una relación. Pero abandonemos a Rony, a Ronyncito, por un rato. Dejémoslo solo, no digamos que tranquilo. Tampoco es un pobre diablo. Quizás Leonor está enamorada.
Leonor se apoya en la barra y en un italiano perfecto, pide un Limoncello y un Amaretto.
– Tesoro…
Dos meses antes de conocer a Rony, Leonor vivía, por primera vez, un viaje a las Europas completamente sola. La decisión fue tomada, y luego posible, gracias a un par de factores que no podemos obviar. 1: Leonor tenía muchas vacaciones acumuladas en su trabajo. 2: Leonor había salido trasquilada de una relación, precisamente, con un compañero de trabajo, y estaba algo devastada, humillada y deshilachada. 3: Tenía ganas del invierno europeo y viajar preocupándose solo de ella. Estos tres factores la condujeron por toda la costa francesa con las hilachas al viento, con su corazón a pecho abierto y sus heridas a carne viva. Los vinos franchutes le hidrataron el corazón, cariños de una noche sirvieron como crema cicatrizante para sus heridas y hubo caminatas solitarias cuyos vientos le fueron quitando las hilachas de su alma. Esto, hasta que decidió visitar Florencia y el resto del norte de Italia.
Cuando llegó, la recibió una lluvia y un frío que calaba en los huesos. Corriendo con su mochila (porque literalmente se fue mochilear) llegó a un hotel bien parecido a una residencial universitaria de mala muerte del Centro de Santiago. No le importó, dejó sus cosas, sacó su pasaporte y documentos, porque igualmente, hay que tener precaución, y se fue a buscar un restaurante para comer. En la búsqueda caminó sin rumbo, dejándose llevar bajo la lluvia hasta que los rugidos de su estómago le señalaron que era hora de parar la falsa peregrinación e ir por comida. Entró a un local (así le diríamos en Chile). Le abrió la puerta un hombre al que ella no prestó atención y de forma mentirosa, le preguntó si es que tenían Cappuccino. Leonor, estás en Italia, ¡claro que hay Cappuccino! El hombre le dice que sí, y ella, un poco como caballo de feria, pasó rápido a una mesa.
El hombre se acercó y empezó a ordenar la mesa que ya estaba ordenada. Botó la vela, que Leonor, amablemente, recogió inclinando medio cuerpo sin pararse de la silla. Aquí ocurrió la chispa. Sí, al estilo muy norteamericano, que es un poco una ofensa entendiendo que el escenario son las tierras europeas, pero es un detalle que no debemos dejar que eche a perder esta historia. Continuemos. Leonor se dio cuenta que el hombre, mide, al ojo, un metro y noventa centímetros, rubio, con los ojos marrones, de cuerpo musculado. Él pidió disculpas por botar la vela y disculpándose, botó la copa de vino, que por suerte estaba vacía. Leonor pidió una pizza y un agua mineral con gas (claramente se olvidó del Cappuccino). Al terminar, pidió la cuenta y se paró a pagar en efectivo. Mientras busca los billetes para el cambio, el italiano le preguntó cuántos días pensaba quedarse en Florencia. Leonor le dijo que se iba mañana.
– Florencia es para estar tres días como mínimo.
Hablaba un español con exquisito acento italiano. Leonor guardó silencio, recibió el dinero y cuando se disponía a irse, el italiano le preguntó si había probado el Limoncello. Le respondió que no, y él, esmerado, fue a la cocina por un vaso de degustación. Leonor le preguntó si se lo podía tomar afuera mientras fumaba. Cuando entró a agradecerle y a despedirse, el italiano le dijo: te invito a una copa de vino. Leonor aceptó. Pasearon esa noche por Florencia bajo la lluvia. Para los mal pensados, o los apresurados, esa noche no hubo sexo. Sí hubo al tercer día y los siguientes siete días. Y cuando llegó la fecha del pasaje de regreso a Chile, Pietro quiso saber si volverían a verse. Leonor no supo qué decir.
¿Cómo confirmarle? Aún tenía el corazón roto. Aún pensaba en el chico -y decimos chico porque cuando Leonor conoció a Pietro supo la diferencia entre un hombre y un chico-, de su trabajo. Nunca se pidieron el número. Menos, el Instagram. Estaban a la antigua, sin solicitudes de amistad, sin stalkeo, sin likes ni mensajes de inbox.
– Que sea lo que Dios quiera.
Y con un beso apasionado, pegada a su pecho, su olor, su masculinidad, Leonor se despidió de Pietro en el Aeropuerto Fiumicino de Roma, ya no con el corazón tan herido, pero sí apretado, sin aire, con un latido acongojado, sintiendo en el estómago algo parecido al enamoramiento y al terror de no volver a sentirlo jamás. ¿Y Pietro? Muchas mujeres pasaron por sus sábanas, pero poco le importaban. Había que seguir a como fuera. Tenía un restaurante propio que abrir.
Volvamos al presente. Leonor se queda un momento petrificada. Pietro sale de la barra y la saluda con un abrazo. Ese perfume de jazmín, mezclado con cigarro, inolvidable. Ella, envuelta en ese cuerpo protector.
– Volviste.
Leonor se siente como una gata enjaulada.
– Sí. Estoy de viaje con mi novio.
Da media vuelta e indica con el dedo el lugar donde está Rony. Pietro se da cuenta de todo, y en un dos por tres, se dice a sí mismo «esto no va a suceder». Le dice a Leonor que vaya a sentarse, que él va a hacer llegar pronto los tragos a la mesa, que se despreocupe. Leonor lo encuentra raro. Vuelve donde Rony, tratando de ocultar la turbación, y le toma la mano, intentando aferrarse a algo, no sabe a qué. A los pocos minutos llega un joven con ambos tragos.
– Escucha, Estefano. La mesa de esa chica, te demoras en atenderla. Y las flores, no existen. ¿Está claro?
De ahí en adelante, el pobre Rony, una y otra vez, levanta la mano para hacer el
pedido. Pero nadie lo toma en cuenta. Se hacen los locos, los que no entienden el
idioma, y cuando Leonor les habla en italiano, le responden amablemente que ya regresan, pero nunca lo hacen. Leonor empieza a darse cuenta a qué huele esto y se levanta a buscar a Pietro, disimulando el enojo y la calentura de sexo que lleva en el cuerpo.
– Me encantaría comer algunos de estos platos, si alguien aquí tuviera disposición para atendernos.
Pietro toma el mantel que tiene en el hombro (todo esto muy de chef de película) y lo deja en una mesa. Le sonríe. Leonor le devuelve la sonrisa.
– Quiero una pizza para dos, y espero no tarde más de quince minutos.
– No te la voy a dar.
Se va enojada y tremendamente excitada. Vuelve a Rony con las mejillas ardiendo y le dice que les van a traer la pizza. Pasan otros treinta minutos y nada. Rony se levanta. No se pueden ir así nomás. Sus flores, tiene que llevarse las flores, y por último, hacer la propuesta ahí, en la calle, o al medio de la plaza, ya no lo sabe bien. Leonor no hace el esfuerzo de frenarlo. Enciende el séptimo cigarro, entregada, con la guata revuelta, la cabeza confundida, y el lívido alto.
Rony, enojado por la situación, busca desesperado a Pietro. Lo ve atendiendo una mesa. Se acerca a paso rápido, le toca el hombro, Pietro gira, lo mira, y sigue atendiendo la mesa. Rony insiste, Pietro, con cara de perro con malas pulgas, le dice en italiano que está ocupado.
– ¿Qué dijiste, hueón? They haven’t served us yet. Where are the flowers?
– Qui parliamo solo italiano.
Y dejándolo con la palabra en la boca se va a la cocina. Rony empieza a buscar las flores por todo el restaurante, decidido a encontrarlas e irse de ahí.
– ¿Tutto bene, tesoro?
Pietro se sienta y empiezan a discutir. La cosa va más o menos por aquí: que tú no quisiste que nos pasáramos el número, pero tú tampoco insististe. Y claro, tú lo dejaste en las manos de Dios, mira que católica te pusiste. Bueno, soy una mujer de fe, después de todo. Y resulta que ahora te veo aquí, en mi res-ta-u-rante con un imbécil. ¿Tú crees que voy a dejar que le des el sí en mí restaurante? ¿De qué me
estás hablando?
Llega Rony con las flores en la mano. Pietro, a sus anchas, no se levanta de la silla, y con gesto de descaro, enciende un cigarro.
– Mi amor, nos vamos.
Pietro bufa, se para, le quita las flores y las tira a un basurero con gesto de deshacerse de la cosa más inmunda del mundo. Rony va directo a buscar pelea. Leonor se levanta antes que inicie cualquier combate. Pietro infla el pecho y dice, en un español, ahora perfecto: Dile, tesoro. Dile que no puedes casarte con él.
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