La quiltra

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La semana pasada, aprovechando que el pelao de mi jefe estaba en un evento corporativo, decidí darme una vuelta por el centro de Santiago. Para que no quede duda alguna sobre mi responsabilidad laboral, debo aclarar que no tenía nada pendiente: por ese día, todas mis tareas estaban al día. Con la conciencia tranquila, armé un recorrido sencillo pero significativo: Odisea LibrosCafé Odisea, el Cerro Santa Lucía, la Biblioteca Nacional de Chile, el nuevo Cory del Teatro Municipal de Santiago y la Iglesia San Francisco

Odisea Libros 

Apenas me bajé del Metro en estación Baquedano, tuve que preguntar por la salida más cercana. Esa estación siempre me ha parecido enorme; cada vez que paso por ahí me hace sentir pequeña. Con la ayuda de un carabinero muy amable, logré encaminarme hacia la Alameda y, en pocos minutos, llegar a Odisea Libros y Café Odisea. 

El edificio que alberga ambos espacios es, simplemente, precioso. Por eso me sorprendió un poco que el interior de la librería fuera más bien moderno. El pasadizo que conecta con la cafetería funciona como un quiebre temporal: Café Odisea dialoga mucho más con la estética histórica del exterior, como si se negara a soltar esa memoria. 

No compré ningún libro —no siempre una entra a una librería para salir con algo bajo el brazo—, pero sí me tomé un café helado exquisito. La atención fue amable, cercana. Era temprano para comer. Me fui conforme, con la sensación de haber descubierto un lugar al que dan ganas de volver con una buena excusa. 

Cerro Santa Lucía y Biblioteca Nacional 

No me gusta llamarlo Santa Lucía. No. En mi fiel respeto por los pueblos originarios de Chile, siempre lo nombro Cerro Huelén

Tenía ganas de subirlo otra vez, así que aproveché la instancia. En uno de los costados del cerro entré a una Feria Mapuche, instalada en un espacio que se asemeja a una cueva. Compré maqui para la salud de mi papá. No supe bien cómo sentirme respecto al lugar: entiendo que probablemente fue pensado como atractivo turístico, pero, a nivel personal, no me parece del todo acertado. Hay algo ahí que incomoda, aunque no logro nombrarlo del todo. 

En la Biblioteca Nacional hice un recorrido breve por las exposiciones disponibles y luego entré a la cafetería interior. Me encantó: jugo de naranja recién exprimido y un queque de zanahoria sin azúcar que devoré en segundos. El espacio está tan bien logrado que, sentada ahí, me sentí por un momento como si estuviera en un banco de Las chicas del cable. Un pequeño lujo en medio del día. 

Cory en el Teatro Municipal de Santiago 

Vi la publicación en Instagram y pensé: ya, tengo que ir. Aunque debo admitir que no iba con intención de comer nada. Cory suele demorarse en atender y no es raro esperar veinte minutos por un jugo de pulpa en un local vacío. También puede ser impaciencia de mi parte y aprovecho de contar que sus tortas sin azúcar son relamente exquisitas y una excelente opción para disfrutar sin culpas.

Aun así, el espacio me pareció muy bien logrado. Antes, en ese lugar, había un stand de Nescafé que colapsaba en los entretiempos de las funciones, y un café en vaso de cartón nunca me ha parecido adecuado para el Teatro Municipal. Este nuevo Cory se siente más digno, más acorde al entorno. Tiene algo de La chica del Crillón: es bonito, muy estético para redes sociales, y visualmente, está a la altura del edificio que lo contiene. 

Iglesia San Francisco 

Como buena católica, terminé mi recorrido en la Iglesia San Francisco. Nunca deja de impresionarme. Entré, agradecí y me quedé un rato en silencio. Ese silencio, tan escaso en la ciudad, sigue siendo uno de los grandes regalos de ese lugar. 

Fue mi última parada: tenía que volver a casa para conectarme a una reunión. Santiago siempre me gusta, aunque siempre me agota. El comercio ambulante sigue muy presente, vi más personas en situación de calle que otras veces y la sensación de inseguridad no se va. Aun así, caminarlo, mirarlo con atención, entrar a sus espacios de pausa, sigue siendo una forma —quizá modesta— de reconciliarme con la ciudad. 

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