La quiltra

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Yo sé muchas cosas. No lo digo para jactarme. De hecho, creo que el saber no tiene que estar unido con el hablar. Por dios, la gente que sabe mucho y habla mucho, me parece, sinceramente, odiosa.

Hace unas semanas fui al Museo Nacional de Bellas Artes, que celebra sus 145 años con exposiciones de sus obras más importantes. Fui porque se iba a realizar un recorrido gratuito y «exclusivo» (se supone que habían cupos limitados y con inscripción previa), en conjunto con Santiago en 100 palabras. Regio, dije yo, y se me ocurrió inscribir a toda mi familia. Un poquito de cultura, me dije, no nos hace mal.

Hacia un calor terrible que fue capeado por la curiosidad y asombro de mis padres y hermano por lo bonito del Parque Forestal (en sus mentes esperaban indigentes, pasto seco y asaltadores), que, tampoco es que todo eso no ocurra, pero mi madre, que amo, por cierto, me dijo: «esto podría ser un parque de Barcelona». Mi mamá nunca había visitado Parque Forestal, tampoco mi hermano, y en cuanto a mi papá, solo cuando era muy chiquito e iba a verse los dientes en una consulta de algún edificio aledaño. Por lo tanto, estaban asombrados.

Estuvimos unos minutos sentados en una banca, comentando lo curioso de que la gente paseara a sus perros sin correa. En nuestras mentes trogloditas, la gente de Santiago no tiene perros, es todo cemento. Y Santiago Centro tampoco vive un sábado. En fin, prejuicios de quienes vivimos en la burbuja de las fueras de la capital.

Llegaba la hora del recorrido, y déjenme contar algunas cosas. Éramos, literal, las únicas personas vestidas formales, y me refiero a que no eramos personas vestidas al estilo de «Barrio Bellas Artes», ¿me explico? Por más que lo intentamos no pudimos dejar de parecer turistas en nuestro propio país, y no pudimos estar más fuera de lugar con nuestros pantalones blancos y camisas de lino, que más parecímos una familia lista para ir a comer en Montecarlo, que de paseo en el Museo Nacional de Bellas Artes. Lo que quiero decir, gente, es que nuestra falta de cultura se notaba al ojo.

Las dos jóvenes mujeres que dieron el recorrido eran un sol, aunque claro, mis papás quisieron quedarse con aquella que se veía «más normal», versus la que proyectaba un Gobierno de Boric. Mi papá estuvo atento los primeros quince minutos cuando la charla se basó en la edificación, pero cuando pasamos a las obras, desertó de cualquier interés. Mi mamá proyectaba la tipica niñita de básica que está roja por el calor y desesperada por irse, su cara decía: «yapo, cuando seguimos el recorrido». Y si la imaginan con voz de niña poco aplicada en el colegio, les juro que da ternura. Mi hermano, por su parte, trató de concetrarse, pero se dio cuenta que es de poca concetración y no pudo retener toda la información educativa que recibió. Al fin, luego de veinte minutos en el Hall Central, fuimos a ver las exposiciones.

Para ese entonces, les cuento, ya teníamos poca paciencia con las sabelotodas. Aunque, para qué les voy a mentir, esta poca paciencia tenía todo que ver con nuestro escaso, por no decir nulo, conocimiento sobre artistas, mitos griegos y cuánta cosa más.

La sabelotodas

Habían tres mujeres que parecían haber nacido y vivido todos los años de su vida en el Museo Nacional de Bellas Artes. Adivininaban todo, respondían a todo y añadían más información de la necesaria a todo lo que la guía nos decía. Llegó a ser tan molesta, para mí y mi familia, claro está, que mi papá en una dijo: «hasta cuándo habla esta sabelotodo». Le tuve que pegar un codaso como reto y advertencia porque cuando estamos en Santiago, solemos olvidar que hablamos fuerte y que las personas pueden escuchar.

Finalmente, mi hermano se sacó algunas fotos de cuadros que no comprendió, para subirlas a Instagram. Mis papás se espacaron del recorrido porque lo encontraron aburrido y pasearon por su cuenta. Yo me tomé más tiempo y me encantó la sala con las obras de Matta. Debo admitir, que me alejé lo máximo que pude de las sabelotodas.

Al regreso, mi padre despotricaba de que se notaba a la legua que los funcionarios eran zurdos, que estaban mal vestidos y que saldrían volando apenas asumiera el nuevo gobierno. Mi mamá se ponía roja, pero esta vez de risa. Yo iba con lentes oscuros para capear la verguenza de quienes podrían escuchar y mi hermano celebraba el discurso. Tomamos café en una exquisita cafetería a la salida del estacionamiento que nos hizo reínos de nuestros propios chascarros en el Museo, como por ejemplo, el de mi papá diciendo que el techo es de acrílico, cuando claramente es de vidrio, por la simple razón de que en 1901 no existía ese material, sino hasta 1928, según Google.

No contentos, cruzamos el río hacia Bellavista para comer unas pizzas baratas en el Patio Bellavista, y finalizar con un Pisco Sour en otro local. Llegamos a nuestra casa agotados, con anécdotas y convencidos de que Santiago no es para nosotros, pero que, porfiados como hemos sido siempre, seguiremos aprovechando cada panorama gratuito que, además, nos de estatus socio-cultural. Una familia típica chilena, aspiracional, clase media.

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