La quiltra

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Enero se sintió como un mes de alta intensidad emocional. No comenzó con la liviandad que suele prometer el verano, sino con una sacudida. Desde la primera semana, la intervención de Estados Unidos en Venezuela abrió en mí una grieta difícil de mirar sin contradicciones.

Por un lado, me cuesta no pensar que era una intervención necesaria. Maduro arrasó con su propio país y provocó un desastre humano que se expandió por toda la región. La migración forzada, el exilio, la imposibilidad de volver. Los venezolanos llevan años pidiendo ayuda, pidiendo una salida, pidiendo volver a casa. Y cuando un pueblo insiste tanto en eso, se vuelve imposible no escuchar. 

Pero, al mismo tiempo, sé —porque la historia insiste en recordárnoslo— que Estados Unidos no actúa sin intereses claros. Los recursos naturales siempre están ahí, como una sombra evidente. El narcotráfico, en este caso, parece la excusa perfecta. Hay muchas opiniones legítimas sobre democracia, soberanía y derecho de Estado, pero también hay una urgencia humana que no se puede seguir postergando. Si esta intervención permite que los venezolanos vuelvan a su país, aunque el costo futuro para Venezuela sea alto en términos comerciales y políticos, la pregunta incómoda queda abierta: ¿cuánto más podía esperar un pueblo agotado? 

Pasados los primeros días de este 2026, y más cerca, ardía el sur de mi país, Chile. Los incendios volvieron a arrasar territorios, casas, bosques, vidas. Se me aflige el corazón al ver la devastación, y se me llena de decepción el alma al escuchar la liviandad con que algunos rostros televisivos abordan la tragedia. Discusiones sobre si la Gala de Viña debe o no suspenderse, o reflexiones en voz alta sobre “comer más modesto” como gesto de conciencia, me resultan profundamente fuera de lugar. 

Foto de Lírquen, Chile, devastada por el incendio de enero de 2025. Fuente: EMOL.

No se trata de quién ayuda más ni de quién hace el gesto más visible. Se trata de prioridades. De respeto. De entender que, frente a ciertas tragedias, lo mínimo es guardar una forma de luto. Ese luto puede ser interno, silencioso, íntimo; o externo, visible, público. Da lo mismo. Lo esencial es no trivializar el dolor de quienes lo están perdiendo todo. 

En lo personal, mi enero se sintió como una cinta en pausa. Mis veranos suelen ser así: simples, sin excentricidades, sostenidos por el silencio y por pequeñas frases que vienen a llenar espacios tristes o vacíos. He gozado, como tantos otros años, de piscina, vino, ajedrez, lectura, tabaco y siestas largas. Una vida simple, pero suficiente y rica en valor. 

También ha sido un mes de lecturas preciosas. He leído sobre mujeres y sobre las personas que habitaron esta tierra antes de la llegada de mis antepasados europeos.Más bien, he leído sobre aquellos a quienes mis antepasados les quitaron la tierra para hacerla suya, para que hoy yo pueda decir —con cierta incomodidad— que es mía. Esas lecturas me han conectado con una historia más amplia, más dolorosa, pero necesaria. Mujeres de la historia de Chile me han acompañado en tardes calurosas y noches de desvelo, como presencias silenciosas que no se van, al contrario, se quedan en mi.

Y en medio de todo eso, decidí iniciar este nuevo proyecto. No sé —y quizá nunca se sepa del todo— hacia dónde me llevará ni a cuántas personas llegará. Pero sí sé algo con certeza, porque lo siento en las entrañas: me tiene entusiasmada. Y en tiempos de tanta intensidad, de tanta contradicción y desgaste, sentir entusiasmo es, en sí mismo, un acto de resistencia. 

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