La quiltra

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Leer sobre la Quintrala es, inevitablemente, enfrentarse a una disputa. No solo histórica, sino simbólica: quién narra su cuerpo, quién explica su deseo, quién decide si fue monstruo, mujer libre o amenaza. Las novelas que he leído sobre Catalina de los Ríos y Lisperguer no buscan cerrar esa pregunta; la abren. Y en esa apertura aparece algo mucho más interesante que la leyenda: una mujer atravesada por el choque brutal entre lo indígena y lo europeo, entre lo sagrado y lo inquisitorial, entre el cuerpo, el deseo y el castigo.

La quintrala en Santiago

Tres nombres para Catalina Catrala: adolescencia, sangre y tierra 

El primer libro de la trilogía,Tres nombres para Catalina Catrala, se distancia inmediatamente de la Quintrala espectral y mítica que solemos conocer. Aquí Catalina aparece joven, en formación, rodeada de su familia y de un Chile colonial que, al mismo tiempo que la construye, la desarma. Su desarrollo espiritual, intelectual y femenino no ocurre en el vacío: está tensionado por un contexto histórico que no tolera la ambigüedad ni la diferencia. 

La novela tiene un erotismo elegante y persuasivo. No busca provocar, sino explicar. El libertinaje de Catalina se inscribe en su mitad indígena: el sexo como acto natural, como expresión de la Pachamama, como experiencia sagrada y no vergonzante. El autor parece insistir —al igual que lo hizo Benjamín Vicuña Mackenna, aunque desde un lugar radicalmente opuesto— en que la sangre indígena es clave para entender a Catalina. Pero aquí esa sangre no es degradación ni barbarie: es herencia, saber ancestral, potencia vital. 

Mientras Vicuña Mackenna mira lo indígena desde el clasismo y el desprecio, esta novela lo reivindica. Por eso el libro es educativo, reparador y profundamente respetuoso. Catalina no es una anomalía moral: es el resultado de una cultura que fue violentada. 

Tres nombres para Catalina, la doña de Campofrío: el baile entre dos mundos 

El segundo tomo profundiza ese conflicto. Si el primero es más sensual y formativo, este es más ritual, más político. La novela se interna con fuerza en la cosmovisión indígena: maleficios, ceremonias, sabiduría, vínculos con la tierra y una espiritualidad que choca frontalmente con el orden europeo impuesto. 

Aquí se vuelve central el dilema de Catalina: ¿cómo convivir en un mundo cristiano, rígido y punitivo, cuando existe otro —el indígena— que es sagrado y vivo? La pregunta no es solo cultural, es existencial. Y por eso la novela sigue siendo feminista: Catalina no se rebela de forma explícita contra la Iglesia, pero se mueve con inteligencia dentro de ese corsé para preservar su libertad. Pero igualmente, sigue sintiéndose fuera de lugar. 

La relación con el padre adquiere una profundidad conmovedora. El tira y afloja entre ambos se resignifica cuando comprendemos que él deseaba un hijo varón, y que Catalina carga con ese mandato mientras construye su identidad femenina. En ese tránsito, las figuras de las dos abuelas son fundamentales: son guía, memoria y sostén. Mujeres que enseñan a resistir sin exponerse al fuego de la Inquisición. 

Toda la novela es un baile tenso entre dos mundos: el primitivo, vivo y ancestral; y el reino de Chile, cristalizado, carcelario, europeo hasta la negación de la tierra que pisa. 

El Inquisidor: cuando la voz es silenciada 

El tercer libro rompe la estructura anterior. El Inquisidor no está narrado desde Catalina. Su nombre aparece como una presencia omnipresente, casi como una herejía encarnada, un objeto de aborrecimiento para la Iglesia. Solo al final, en un breve capítulo, su voz reaparece —y lo hace con una emoción devastadora. 

Se extraña a la Quintrala. Y esa ausencia no es un error: es parte del gesto narrativo. Catalina ya no puede hablar; ahora es hablada y juzgada. El conflicto entre las creencias indígenas y la doctrina cristiana alcanza aquí su máxima violencia. La novela muestra con crudeza cómo el dominio español no solo sometió cuerpos, sino que aniquiló lo mágico de esta tierra. 

Leer los pasajes donde el inquisidor desprecia al pueblo indígena provoca una reacción visceral. Mi corazón se contraía. Mi intelecto se enfurecía. Mi respeto por los pueblos originarios se afirmaba con más fuerza. Y apareció una incomodidad personal, difícil de eludir: el conflicto de ser una mujer blanca, descendiente de europeos, que desea tener sangre mapuche en las venas. Rechazo mis rasgos. Desconfío de mi herencia. Abrazo Latinoamérica como identidad política y emocional. Reivindico ser chilena desde esta tierra herida. 

Terminé la trilogía agradecida. Con ganas de leer más. Con la certeza de que la Quintrala no es solo un personaje histórico, sino un campo de disputa simbólica que aún no se cierra.  

Calificación de la trilogía: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️

Maldita yo entre las mujeres: la Quintrala como sueño y linaje femenino 

La novela de Mercedes Valdivieso se mueve en otra dimensión. Es breve, poética, onírica. Se parece más a un estado que a un relato. Como Pedro Páramo, desarma el tiempo: no sabemos si estamos ante la Quintrala niña, adolescente, adulta o anciana. Todo ocurre a la vez. 

La escritura es también profundamente feminista, pero no desde la denuncia explícita, sino desde la exploración del cuerpo femenino como territorio esclavizado. Hay una incomprensión radical de lo masculino: Catalina no logra entenderlo, no quiere hacerlo. Su mundo está tejido por mujeres —madre, abuela, antepasadas— que aparecen como una genealogía viva, un linaje que atraviesa el tiempo. 

Muchas veces no es claro si lo que leemos es un sueño, un ritual, un recuerdo o una experiencia presente. Y eso es precisamente el punto. Este no es un libro que deba entenderse, sino sentirse. Valdivieso escribe a la Quintrala como un cuerpo omnipresente, indomable, conectado con lo indígena y con lo sagrado femenino. 

No hay linealidad, no hay explicación, no hay absolución. Hay voz. Y eso, en una historia que tantas veces intentó silenciarla, es quizás el gesto más radical.

Extracto de la novela: Maldito yo entre todas las mujeres, de Mercedes Valdivieso.

Calificación del libro: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️

 

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