La brecha es una novela breve, pero su efecto es profundo. Es de esos libros que, al terminar, dejan una pregunta incómoda flotando: ¿por qué Mercedes Valdivieso no ocupa un lugar más sólido y visible en la historia narrativa de nuestro país? Su escritura es lúcida, valiente y sorprendentemente vigente. Leerla hoy no se siente como un ejercicio de rescate, sino como un acto de reconocimiento tardío.
Uno de los gestos más potentes de la novela es que su protagonista no tenga nombre. Nada en esa decisión parece casual. Desde la frase que abre el libro —esa que sitúa a la protagonista como «cualquier mujer de nuestra generación»— se instala la idea de una identidad abierta, desplazable, colectiva. Ella no es una excepción: podría ser cualquiera. Y justamente por eso, es todas. La falta de nombre no la borra; la multiplica.
La protagonista podría ser una mujer de su tiempo, pero también del nuestro. Sus conflictos, sus dudas, su incomodidad con los roles asignados, dialogan con una experiencia femenina que no ha perdido actualidad. Hay en la novela pasajes profundamente significativos, no por su grandilocuencia, sino por su precisión: escenas pequeñas que muestran el crecimiento interno de una mujer que empieza a comprender su lugar en el mundo y, sobre todo, su derecho a salir de él.
Es particularmente conmovedor observar el proceso de acceso a la independencia. No como una ruptura heroica, sino como una toma de conciencia paulatina, a veces dolorosa, a veces silenciosa. La protagonista piensa, duda, se observa. Su mirada es honesta y reflexiva, no solo respecto de la condición de la mujer, sino también respecto de las personas —todas— insertas en una sociedad organizada en torno a la producción y el consumo.
En ese sentido, La brecha no se limita a una lectura de género. Hacia el final de la novela, Valdivieso amplía el foco y expone algo aún más inquietante: hombres y mujeres, sin distinción, estamos sometidos y arrastrados por un sistema que impone ritmos, deseos y expectativas. El sometimiento no es únicamente patriarcal; es estructural. Y esa observación, hecha con sutileza y sin dogmatismo, le da a la novela una profundidad política notable.
Es importante decirlo con claridad: La brecha es una novela feminista, pero no en un sentido estridente ni panfletario. No hay agresividad discursiva ni consignas explícitas. Hay, en cambio, reflexión, inteligencia y sensibilidad. Una valentía silenciosa que, considerando la época en que fue escrita, resulta aún más admirable. Valdivieso no grita: piensa. Y en esa calma hay una fuerza extraordinaria.
Breve, precisa, honesta y profundamente actual, es una novela que merece ser leída —y releída— con atención. No solo como parte de una tradición literaria que fue injustamente relegada, sino como un texto que sigue dialogando con nuestras preguntas más urgentes. Absolutamente recomendable.
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