Cuando leí la tapa trasera de Carne de perra, nunca imaginé hasta dónde avanzaría la relación entre la protagonista y su torturador. Pensé —como se espera— en un relato dominado por el miedo, el terror y la violencia explícita. Y eso está ahí. Pero el verdadero giro del libro no ocurre en el cuerpo, sino en el deseo.
La novela avanza desde el horror hacia un territorio mucho más incómodo: el lugar donde la víctima no solo sobrevive, sino que empieza a querer complacer. El miedo muta en una forma torcida de afecto; la violencia se confunde con intimidad. Ella acepta —y a ratos parece desear— ser «la princesa del príncipe», como él define la relación, como si el lenguaje mismo fuera un pacto secreto que justifica lo injustificable. Esa deriva es, a mi juicio, uno de los movimientos más inteligentes y perturbadores de la escritora: no romantiza la violencia, pero sí se atreve a mostrar su poder de seducción.
En ese sentido, el mayor sufrimiento de la protagonista no proviene únicamente de las torturas que padeció. El verdadero quiebre ocurre cuando él la abandona. Cuando, sin explicaciones, la sube a un avión y la expulsa de lo que, para ella, se había convertido en una misión vital. No es la liberación lo que la salva, sino lo que la deja vacía. El dolor nace del despojo del sentido, de haber sido arrancada del único lugar donde su existencia —por perversa que fuera— parecía tener un propósito.
Hay pasajes que se sienten más débiles. La visita a la familia, por ejemplo, aparece breve y algo deslavada, como si estuviera ahí más para cumplir una función narrativa que para profundizar realmente en la protagonista. Aun así, ese episodio cumple un rol: mostrar el contraste entre la vida «normal» que debería habitar y la imposibilidad de volver a ella. La familia no es refugio, es evidencia de una distancia irreparable.
Hacia el final, sin embargo, la novela parece contenerse demasiado. El retorno de la crueldad hacia el torturador —ese gesto que podría haber sido devastador, catártico— carece de la fuerza dramática que uno espera. El trámite de la venganza y el cierre de su vida se sienten apresurados, como si la narración se negara a habitar plenamente ese momento. El libro termina y deja una sensación extraña: no de cierre, sino de viento, de algo que se escapa entre las manos.
Carne de perra incomoda porque obliga a mirar donde no queremos: en la zona gris entre víctima y victimario, en el deseo que nace bajo el sometimiento, en la pérdida que duele más que la violencia. No es una novela perfecta, pero sí una que se atreve a formular preguntas difíciles. Y quizás por eso, incluso con sus vacíos, permanece. Como una herida que no termina de cerrar.
Deja un comentario